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martes, 29 de octubre de 2013

LAIA Y SU MUNDO

Y todas estas figuras descansaban, corrían, se creaban, flotaban, se reunían, y encima de todas ellas se mantenía continuamente algo débil, sin sustancia, pero a la vez existente, como un cristal fino o como hielo, como una piel transparente, una cáscara, un recipiente, un molde o una máscara de agua; y esa máscara sonreía, se trataba del rostro sonriente de Siddharta, el que Govinda rozaba con sus labios en aquel momento.
Herman Hesse, Siddharta.

PUEBLO Y HASTÍO
 Quizás aquello que con más fuerza anclaba a Laia a levantarse cada día con un mínimo de esperanza era conocer la identidad de su padre. Ya había intentado infinidad de veces sacar algo en claro de las difusas palabras de su madre, pero tales conatos habían sido vanos. Su relación comenzaba a ser complicada. Y no tanto por las mediocres notas que cada trimestre llevaba Laia del instituto, como por el mutuo desprecio que se intuía en lo más íntimo de sus almas:
-          El día en que conozca cuáles son mis verdaderas raíces tal vez tenga fuerzas para estudiar – decía Laia a su madre en un tono entre el respeto fingido y la desesperación.
-          Te he dicho mil veces que no eres hija de nadie.
Ante estas crípticas respuestas Laia sentía como su ser desfallecía. Desde que la inocente mirada de la mocedad había trocado en una pubertad consciente y de justificada rebeldía, su corazón gravitaba intranquilo por el mundo, y sus pensamientos vibraban de rabia al no comprender, por un lado, quién era ese ser enigmático con el epígrafe de “padre”, y por otro, la actitud sin sentido de su madre. Ambas mujeres, golpeadas por la inescrutable tragedia del destino, alcanzaban su más íntima (que no cómplice) relación sentadas, una enfrente de la otra, en unas sillas metálicas de una cocina grasienta y gris. Sus miradas, más de aversión que de comprensión, se cruzaban esporádicamente al tanteo de las preguntas y respuestas casi mecánicas. La madre siempre había sido taciturna y de sombrío carácter, lo cual era confirmado exteriormente por un físico escuálido, blanco como la nieve y con unos ojos que parecían no haber dejado nunca de llorar. El cariño que pudiera sentir hacia su hija tenía el fútil límite de la responsabilidad familiar, no siendo capaz de albergar hacia Laia otro sentimiento que no fuera el rencor o la impotencia. Aunque muchas veces se exhortaba a sí misma a evitarlo, se inclinaba a pensar que era una carga, un fallo de ese destino ¿azaroso? del que se considerada vil víctima. La vida doméstica de estas dos mujeres, en una casa aburrida de una ciudad sin importancia, es fácilmente calificable de tediosamente rutinaria. Pero no una rutina de la perseverancia o el progreso. Una rutina de la repetición, de la obligada cortesía, del deber y el remordimiento. Un eterno retorno del mismo aburrimiento de la vida, de la misma falta de asombro, aunque advertido de formas variadas y con sensaciones imperceptibles.
En la mirada de Laia se apreciaba fácilmente el rostro del desconocimiento, de la interrogación. La belleza física que pudiera tener veíase ensombrecida por una actitud melancólica, que expresaba la fuerza sin producto, el amor sin la cosa amada. El anonimato de su padre era algo que difícilmente podía llevar con holgura un talante como el suyo. Los pocos amigos que la habían visto sonreír en algún arranque de alegría o en alguna noche de ebriedad, podían dar cuenta del dulce brillo de sus ojos y de la esbelta figura en que se convertía su cuerpo cuando alzaba la cabeza y despega su oscura mirada del suelo. Aunque posteriormente se lamentara de su especial atractivo, sus tímidas observaciones ante los espejos le brindaban instantáneos momentos de satisfacción. A veces Laia pensaba que su destino y su carácter eran inapelables, y que aunque algún día conociera a su padre, no conseguiría borrar esa vital aflicción que la sacudía desde que alcanzó su conciencia. Verdad es que el azar es innegable. No obstante, el destino suele ser una incomprensible síntesis entre azar y voluntad. Inútil es intentar que todo se reduzca a voluntad, al igual que resulta estúpido pretender dejar nuestro ser en manos de las circunstancias.
En este juego de azar y voluntad se vio Laia encadenada un lento día de verano, uno de esos días que parecen iguales a todos los demás, con un sol de amarillo penetrante y un sopor que endurece los pensamientos. Caminaba por una calle ancha y de casitas bajas. Las tejas sonrosadas, las paredes rasgadas por el paso del tiempo,  las aceras irregulares y siempre sucias, eran cosas que ofrecían una imagen bastante genérica de un pueblo sin importancia y de gentes rencorosas y oscuras. A uno y a otro lado se escuchaban los susurros imperceptibles de esos habitantes gregarios y simplistas, que no ven en su pueblo otra cosa que un pequeño reducto donde ocurre todo lo ocurrente y donde se piensa todo lo pensable. Raro es que se acepte lo diferente, la heterodoxia, en tan inmovilistas aglomeraciones urbanas. Esto lo comprendía con bastante claridad Laia, más por experiencia personal que por lucidez intelectual. Siempre había notado que ella no debía haber nacido en ese pueblo tosco donde lo que se paga es la fama y no el éxito personal. Ella era una desterrada, quizás de alguna época remota. Le gustaría haber nacido en pleno siglo XIX, cuando la originalidad del cambio era elogiada y los hombres podían ganarse a sus mujeres con buenos poemas de amor.
Tales pensamientos albergaba Laia cuando fue llamada por una voz familiar. Era su amiga. Su más sincera amiga, en la que volcaba el amor carente en su madre y a la que solía acudir en sus momentos de desesperación. Se juntaron rápidamente y se dieron un abrazo con inevitable excitación. Hacía semanas que no se veían, desde que terminó el instituto. La amiga venía con una insólita sonrisa en la boca, de lo cual Laia se percató, y antes que ésta expresara su sorpresa aquella le contó la buena noticia. Había un festival de rock en Madrid. La amiga había podido conseguir dos entradas gracias a un familiar que trabajaba en la organización. A pesar de que ni mucho menos era un plan deseable para Laia, no pudo menos de aceptar la invitación. Para sus adentros pensaba, mientras fingía verdadera emoción, que estar unos días alejada de su madre, de la pesada rutina, no podía sentarle demasiado mal. La amiga se alegró ingenuamente. Laia sonrió más por la felicidad de su amiga que por el dichoso festival. Así que intercambiaron besos y abrazos, empujadas a la alegría por distintos motivos, acordaron preparar el viaje lo más rápido posible y, por supuesto, intentar escapar de la rutina local que incluso la amiga percibía.
El viaje no costó de preparar. Lo más duro que hubo de sufrir Laia fue la displicente mirada de su madre, que más por incomodar a su hija que por preocupación maternal, puso varias objeciones estúpidas a su partida.
-          Ve con mucho cuidado. Hay gente peligrosa por esos lugares en días de fiesta –dijo su madre.
-          Claro, mamá.
El día anterior a la marcha de Laia, ésta le preguntó a su madre si había acudido a algún festival semejante. Para su sorpresa, no recibió las típicas muecas de indiferencia o de cansancio. Su madre pareció atender más de lo normal a la pregunta. Estaban en la cocina grasienta, oscurecida por la plenitud de la noche. Tan sólo una tenue bombilla colgaba del techo e iluminaba el centro de la estancia, donde estaban las dos mujeres. Las paredes, blancas y de teselas rotas en su mayoría, restaban en misteriosa penumbra. El destino, esta vez, se puso de parte de la situación, configurándose en expresión más o menos fiel de lo que se sentía sobre esa mesa de trágico metal, atormentada de platos recién usados y algún figurín innecesario. La mirada de Laia era de expresiva duda. La de su madre era de un color agrio. Ambas no se entendían. La madre dijo que sí que había acudido a algún que otro festival:
-          Sí, una vez fui a Barcelona, pero no me gustó la experiencia.
Ahí terminó la conversación.
Durante la noche se puso en marcha la preparación del viaje. La madre, como cabría esperar, puso poco empeño en ayudar a Laia con tanto trajín, idas y venidas de una habitación a otra. Ropa gruesa, un poco de dinero y un libro de aventuras componían lo esencial en la maleta de Laia. En sus manos arrastraba con violencia los trastos, mientras su mirada reflejaba los más inescrutables sentimientos. La desesperación, el olvido, la dignidad, la amistad, la familia, la autocomplacencia truncada… eran cosas complejas de conjugar entre gritos de angustia de una madre que ahora fingía la típica actitud de quien pierde a su hija de vista durante una semana. Laia intentó no hacer demasiado caso. Su madre la seguía de un lado a otro; de tal grado era la emoción que todo aquello le producía. Al día siguiente se levantaron temprano, con la fría brisa de la mañana rozando las paredes de la casa. El frío se le metió a Laia hasta los huesos. Saltó de la cama y fue a desayunar rápidamente. Su madre ya estaba allí. Un beso forzado, gestos de cortesía, alguna lágrima fugaz. Pero sobre todo la sensación, en la mente de la madre, de algo que se repetía. En su hija se vio a sí misma muchos años atrás, abandonando una casa sucia de un pueblo absurdo. Apretó muy fuerte la mano de Laia, como intentado que se quedara. Esto sólo acrecentó el apresuramiento de quien busca la excusa de abandonar la rutina mediante un duelo al destino. Al fin y al cabo es lo que se suele hacer. Retamos al destino con cada decisión, ya sea banal o de verdadera transcendencia. La voluntad de Laia era esa; un reto lleno de furia.

LA PROFANACIÓN
Laia y Clara (que así se llamaba su amiga) cogieron un viejo tren de cercanías en dirección a Madrid. El viaje fue tan corto que no les dio tiempo ni a conciliar ese dulce sueño que conceden los trenes, con el mundo pasando a través de una ventana. Tan sólo intercambiaron algunas palabras de falsa emoción, en el caso de Laia, y de real excitación, en el de su amiga. Después de varias paradas el tren se detuvo en la estación. La joven pareja se adentró en la capital en busca de los campamentos donde se celebraba el festival. Despliegue de urbanidad, miradas impersonales por las calles, semáforos interminables, altos edificios; todo ello causó, más a Laia que a Clara, la natural impresión de quien procede del campo y la serenidad rural. Laia sufrió su primera desilusión. Donde pensaba encontrar esa alternativa a la aburrida rutina de su pueblo, sólo encontró sombras y más sombras de gente extraña y de un espacio tumultuoso. Pronto empezó a intuir que lo que se le antojaba una expectativa de cambio, lo era efectivamente, pero cambio hacia lo indeseado, hacia el peligro de lo desconocido. En ese mismo instante el recuerdo de su pueblo, de su casa y de su madre, no le repelían con tanta fuerza. Más bien, en tímidas ocasiones que hipócritamente quería esquivar, se veía tentada a añorar su procedencia, como lugar donde el amparo y la protección, aunque grotescos, estaban asegurados.
No tardaron demasiado en llegar a los campamentos. Un vasto descampado de tierra y arena, repleto de innumerables tiendas de campaña donde Laia entreveía, sin tener la intención de participar en ellos, los placeres de la juventud; lo místico de la ebriedad y lo fugaz de la voluptuosidad. Entretanto, Clara miraba con naturalidad a su alrededor. No le  resultaba a Laia difícil ver en ella y su amiga dos modelos diferentes de actitud ante la vida. Por un lado, la reflexión, a veces excesiva, de sí misma, que rompía todas las fruiciones a base de un deliberado análisis previo. Por otro, el vivir desenfadado de Clara, de una superficialidad que en pocas ocasiones llegaba a molestar a Laia, pero que tenía la misteriosa ventaja de componer un disfrute continuo, inalterable y monótono de la vida. Difícil es descubrir otro modo de vida que difiera de estos dos. Y más difícil todavía discernir entre cuál sea mejor, o cuál más adecuado, si se prefiere la expresión. El primero limita bastante el instante, hasta, en sus extremos, hacerlo desaparecer. Anhela lo eterno y siempre se hunde en un mar inconmensurable de pensamientos sobre el pasado y el futuro. Tiene la ventaja de su hondo espiritualismo, de su deleite en el arte y la filosofía. El segundo es intrépido, atrevido, frívolo y muy sugerente, inevitable para el común de los mortales. Sus defectos, que acaso son muchos, no son siquiera intuidos por quienes los padecen, puesto que no son capaces éstos de salir de su irreflexivo caparazón. Quizás la vida consista en una elección constante entre dichos dos modelos.
Llegó la noche. Las chicas estaban ya instaladas; anclada su tienda a la dura tierra y toscamente organizados los bultos en su interior. Mientras cenaban se regocijaban con el primer concierto, el más esperado, de su banda favorita. Laia asentía a todos los aspavientos de Clara, admirando sinceramente su alegría:
-          ¡Nos pondremos en primera fila! ¿Te parece, Laia? – decía con vehemencia su amiga.
A todo ello contestaba lacónicamente Laia:
-          Claro. Sí.
No obstante, algo se despertó en Laia ante cierto comentario de Clara. Algún resorte de su inconsciente, algún pensamiento olvidado se rebeló súbitamente después de que su amiga dijera:
-          ¡A ver si encontramos a algunos chicos con quienes emborracharnos y pasar la noche!
Laia no entendió, o no quiso entender, lo de “pasar la noche”. Pero en su fuero interno ya rumiaba los más hondos pensamientos. ¿Qué pretendía Clara esa noche? ¿Cómo se había tomado ese viaje? Ella sólo quería abandonar esa burda, insoportable rutina de su pueblo. Nada más. Nunca le había gustado beber, ni excederse en banalidades los días de fiesta, ni mucho menos tener relaciones, cualesquiera tipo que fueran, con los hombres. Parecíanle éstos los seres más miserables y estúpidos de la tierra; no saben escuchar, suelen ser histriónicos y miran con indiferencia el arte o la belleza interior. Ante la ambigüedad de las palabras de Clara, Laia decidió hacer caso omiso del comentario. No obstante, después de oír el siguiente comentario supo exactamente cuáles eran las lascivas intenciones de su amiga, y ya empezó a enrojecérsele la cara y notársele el nerviosismo de una joven neófita en estos temas que discurren entre la sensualidad y la lujuria:
-          Estoy segura de que te quedaras con el más guapo. Siempre te llevas las miradas de todos los hombres, ¡no sé cómo te lo arreglas!
Laia notaba cómo le temblaban las piernas y un sudor imperceptible bajaba por su frente. Su amiga la estaba poniendo muy nerviosa con sus atolondradas palabras. Tímidamente, y sin quererlo, se recordó a ella misma mirándose en el espejo de su baño. Recordó cómo se quitaba la ropa muy poco a poco, disfrutando de cada prenda que caía vergonzosa al suelo y dejaba al desnudo alguna parte de su cuerpo. Al final, éste quedaba níveo y límpido ante el cristal ennegrecido de su casa, y en ese vidrio añoso y mugriento se reflejaba la figura más bella de todas las que habitan la tierra; esbelta, de estatura mediana y de una ternura y docilidad que inspiraban más compasión que éxtasis sexual. O al menos así se lo parecía a Laia. Nunca había tomado su cuerpo como lo tomaban los demás; hombres y mujeres. En lugar de recrearse en su belleza indiscutible, era precisamente esta característica la que la hacía recatarse y tener miedo a que la profanaran, a envilecer su valiosa alma con el contacto masculino o con la ostentación premeditada.
Todo esto pasó por su mente en unos pocos segundos, durante los cuales permaneció absorta y toda la tienda se sumió en una larga sombra. Al cabo de sus evocaciones, se vio a su amiga casi encima de ella, tomándola de la espalda en un gesto amistoso. Laia, arrepintiéndose después, la apartó agriamente. Clara enmudeció y se hizo atrás; sabía del carácter especial de Laia, pero aquello le pareció un poco excesivo. Pronto Laia le pidió disculpas y le dijo que se había mareado un poco por el calor, a lo que Clara asintió afablemente.
-          Bueno, pues salgamos de aquí, que yo también estoy harta de este calor.
El escenario era una amplia carpa colocada en el centro del descampado. Nada más salir de sus tiendas, las dos amigas vieron los alrededores de la carpa abarrotados de jóvenes, los más de ellos colmados en la más exagerada embriaguez. Saltaban, gritaban, cantaban las canciones que después escucharían en directo, y se movían de aquí para allá provocando un alboroto que a Laia le pareció lo más parecido al infierno. Algunas parejas se besaban apasionadamente, echados en cualquier punto del recinto, se tocaban mutuamente y se lamían la piel entre golpes de sangría y caladas de hachís. Laia estaba al borde del colapso. Su amiga lo notó. Pero no pudo atenderla; tan ensimismada estaba en ese mismo espectáculo que a su amiga le había resultado horrendo.
El primer concierto acabó, y Laia se complació de por fin poder dejar de ser empujada y mojada con la bebida de los demás. Más de uno, entre los arrebatos de la música y el alcohol, le había proferido algunas palabras que ella no pudo oír muy bien. Estaba casi completamente mojada, y entre la fina camisa se advertía cada ondulación de su cuerpo. Ella se volvió a recordar en el baño, y ante el horror de la profanación despidió con descortesía a sus repentinos pretendientes. Todo esto lo iba recordando mientras salía acompañada de Clara. Laia notaba las miradas de los hombres que la acechaban con codicia, y moría de vergüenza y desesperación. Clara, al contrario, con todos conversaba e intercambiaba cómplices palabras que posiblemente hubieran encendido a Laia. Uno de los hombres que se acercaron las invitó a su tienda. Laia miró a su amiga en tono de súplica, pero ésta había bebido demasiado. No se daba cuenta del azoramiento de su amiga, y estaba demasiado excitada para decir que no. Al final accedieron, y conforme se acercaban a su nueva tienda, que muy probablemente lo fuera para toda la noche, Laia se maldijo una y otra vez por no haber dejado a su amiga sola y haberse ido a dormir.
Una vez en la tienda de esos extraños, las dos amigas fueron invitadas a beber. Clara accedió al instante. A Laia le costó más, pero al final acabó bastante borracha. Los cuatro entablaron conversación con facilidad. Pronto quedó claro que la cosa iba de parejas; Laia, como cabía esperar, se quedó con el más atractivo. Un joven rubio de mirada inteligente y conversación amena, que a Laia sorprendió gratamente. No obstante, la idea de la profanación volvía una y otra vez a su mente, tanto que repetidas veces hacía muecas de turbación que extrañaban mucho a su acompañante. La conversación no tardó en enardecerse. Hasta ese punto en que las miradas son llamas de fuego y el tacto es puro éxtasis. Laia, más que el chico, estaba encendida de pasión, y disfrutaba lujuriosamente del hecho de que su cuerpo incorregible se envileciera a cada roce con su amante. Sin casi darse cuenta, y seguramente con algún somnífero que el chico camufló en una pastilla de LSD, Laia se vio en un coche saliendo de Madrid. Todo se oscureció desde entonces. Cada acontecimiento sucesivo eran aciagas sombras en el imaginario perturbado de Laia.
Un coche siniestro vagando por las ensombrecidas callejuelas de Madrid. Convenía alejarse de las multitudes que en esos momentos abarrotaban los pubs o completaban los macro-botellones. Dentro, en los asientos traseros, Laia seguía sumergida en profundo sueño. Oscuridad; es la palabra más próxima a lo que sintiera Laia pasado un tiempo después de esa trágica noche. Todo fue oscuro; la tienda donde se embriagó y donde la drogaron, los pensamientos que su mente rondaba en la tienda, la actitud de su amante, los fantasmas de la profanación… luego el coche (casi fúnebre) del que sólo tuvo percepción al bajarse y verse sumergida en un piso bajo de una calle inhóspita. Fue un momento de su vida en que se quebró el esquema diario de su existencia. Laia había leído antes del viaje una novela de Hesse, Demian, que le dejó una imborrable sensación. Como Sinclair sentía durante los primeros años de su niñez, Laia topábase de repente con el mundo de las tinieblas, de lo corrupto, de los espectros demoníacos. Su experiencia en el pueblo, que había compuesto el retrato de su vida, era el paradigma de la luz, del orden, de la claridad de acción y pensamiento. Aunque turbada psicológicamente, en el pueblo todo era previsible, todo era diáfano. Incluso los momentos de rencor familiar, que pudieran considerarse oscuros, pertenecientes al otro mundo, Laia los percibía con templanza por lo que tenían de previsibles i rutinarios. En el pueblo hasta lo imprevisible entraba dentro de las posibilidades. Era un entorno vital conocido incluso en sus extravagancias. Todo respondía a un mismo círculo dramático, donde cada tarde era igual, sino a la anterior, sí a la de días pasados, y el día y la noche, en su eterno enfrentamiento, no eran símbolos más que de la vigilia o el sueño. En el pueblo todo volvía; las fiestas, los amores, las disputas, el trabajo doméstico, una tarde de amistades… todo se repetía y daba a la vida un regusto agrio y de imperceptible sinsentido. Laia intuía faliblemente, por la escasa información que su madre le daba, que su padre habría abandonado a su familia al momento de nacer ella. Este hecho, a priori excepcional e irrepetible, no era para Laia sino un ingrediente más que dilataba el eterno, tedioso y camaleónico círculo de la vida. Aunque pareciera imposible la repetición de ese abandono, de esa traición familiar, Laia estaba misteriosamente convencida de lo vulgar del acontecimiento. En algún recodo inasible de su alma tenía la convicción de que ello volvería a ocurrir en el futuro, si es que no había ocurrido infinitas veces ya.
-          ¡Vaya cuerpo! Estos son los que se pagan bien. Buen trabajo, chicos.
A estas palabras, pronunciadas por una voz que acusaba sometimiento y crueldad, contestó otra muy familiar al oído de Laia:
-          Ha caído, jefe. Ha sido de las más fáciles en los últimos meses.
Laia iba comprendiendo poco a poco, al tiempo que sus ojos se acostumbraban a una sala húmeda, iluminada por la tímida luz de un quinqué colocado en una mesita. La luz anaranjada de la lámpara reflejaba el humo de su agresor, sentado en una esquina, fumando serenamente. Era un espacio rectangular de piedras irregulares y antiguas, quizás un refugio de la Guerra Civil. Había tres hombres; el conocido por Laia, su acompañante y el jefe. Laia tenía la boca tapada con un pañuelo, y permanecía maniatada a una silla, como si su cuerpo frágil pudiera ofrecer alguna opción de fuga. Ella no quería aceptar lo que ocurría, pero no tuvo más remedio que hacerlo para poder atender a ese agazapado “jefe”, que ahora salía de las sombras y se dirigía a ella:
-          Vaya… una belleza exótica.
El estado mental de Laia sólo admitía el silencio. El acosador, de barba negra y viril, ya le acechaba la cara y le hablaba al oído. Toda ella era impotencia y voluntaria negación de una realidad que ya tenía literalmente en su propia carne.
-          Si eres tan estrecha con los clientes habremos de adoptar medidas­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­ – dijo con voz seca y convencida.
Los otros dos, como ajenos a esa realidad que Laia aún no era capaz de aceptar, fumaban y reían jovialmente. Sin inmutarse. Con la actitud de quien está acostumbrado a usurpar cuerpos. Con la mísera sonrisa de quien vende lo más íntimo del hombre, el clímax de su amor recíproco. Al final Laia hubo de hablar, más por instinto que por decisión. Y de su boca sólo podía salir lo que su imaginación inventaba, lo que su reflexión admitía:
-          Vendéis lo que une por lo que separa. Vendéis lo que satisface por lo que aborrece el alma. Dais lo que es por sí mismo, lo que embellece el mundo y lo alegra, a cambio de aquello que es para algo, que a más número más envilece; el sexo es mío, reste para vosotros todo el dinero que podáis sacar de mi cuerpo.

EL RUISEÑOR ESQUIVO
Cuando Clara despertó en su tienda y no vio a nadie a su lado se alegró. Ello significaba que la noche había sido afortunada para Laia y que en poco tiempo volvería triunfante por la dura tierra de los campamentos. Pero conforme pasaban las horas y su amiga no volvía, Clara no pudo menos que preocuparse y llamarla; sonó el típico contestador. Eran cerca de las tres de la tarde. No era propio de Laia tal retraso, si es que lo era su repentino escarceo con aquel extraño.
Un tímido arrepentimiento asomó al pensamiento de Clara. Tal vez no eran necesarias aquellas pastillas de ácido, que en su caso la activaron peculiarmente, pero en el de Laia la sumieron en un sueño insólito. Se revolvió el cerebro intentando recordar, pero sólo percibía difusas imágenes de cuerpos danzantes, desdibujados en un retrato dionisíaco de sexo y plenitud. Para ella la experiencia fue de lo más espiritual; se vio a sí misma en un edén de luz y animales grotescos aquí y allá. Por todos lados salía el agua a borbotones y se mezclaba con luces multicolor. Un dragón se le acercaba para morderle, pero al intentar esquivarle se convertía en un suave cachorro de cara lasciva que le lamía todo el cuerpo. A veces un abismo se abría bajo sus pies, pero enigmáticos demonios pertrechaban alguna red para salvarla. Muy al fondo de estos falibles recuerdos, intuía algo un poco atroz, aunque sólo en apariencia; dos de esos demonios se esforzaban en cazar un ruiseñor. Él volaba y se apartaba, pero al tiempo se hacía el interesante hasta caer rendido en las manos de sus raptores. Creía que lo envenenaron de algún modo. El resto todo era vitalidad y degradada naturaleza; montes claros que de repente se sumergían en un mar verdísimo, aves que se metamorfoseaban en indecibles seres, plantas que se convertían en castillos de fuego… sólo ese ruiseñor enclaustrado rompía aquella belleza caótica, por lo que tenía de opresión o sometimiento. Los demonios engañaron al ruiseñor y eso a Clara no le gustó, aunque en aquel momento su mente sólo podía deleitarse con aquel mundo fantástico de colores que nunca había visto, y con emociones que ni siquiera había rozado.
El calor colapsaba la mente de Clara, que sudaba inquieta en esa tienda de plástico bañada por el sol. No era capaz de extraer ningún dato verídico de esos recuerdos tan placenteros. Aquel ruiseñor se le antojaba anecdótico; un punto excepcional de un paraíso ingente.
Salió de la tienda y se paseó por todo el recinto. Fue a la improvisada recepción, donde la atendieron de una forma tan indiferente que llegó a indignar su simplista visión que tenía del concierto y de la sociedad en general. Salió de la zona de tiendas y se alejó un poco. El rumor de coches y viandantes despistados le absorbió la mente y casi se desmaya en plena calle. Preguntó en bares, en pubs que pudiera haber visitado Laia… pero pronto descubrió lo vano de sus intenciones. Tirado en el suelo, quemándose bajo el sol, encontró el móvil de su amiga.
Estaba a punto de explotar. El calor era insufrible. A lo lejos, en las tiendas, se percibía el juvenil griterío que acompañó a todos esos días. Las multitudes se agolpaban para conseguir un buen sitio. Por lo demás, el mismo retrato de siempre; parejas besándose por los rincones, otras no tan recatadas, borrachos cantando cánticos indescifrables, grupos espontáneamente arremolinados sobre un poco de hierba, y el humo que se revuelve tácito por el éter. En alguna esquina algún exceso canta su agonía dramática. Estaba a punto de comenzar otro de los conciertos. Clara vaciló conscientemente. Aún le quedaba un poco de hierba. Decidió hacerse el último y, luego, buscar a Laia.
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En el pueblo, como siempre, permanecía latente el rumor de lo cotidiano. El ambiente, el olor, los sonidos de las casas viejas que traquetean en la noche, los pájaros que anuncian el alba, la lluvia que golpea los cristales, todo se arremolina mansamente sobre un sentimiento de fatiga que va latiendo y emergiendo, en perpetua fuga de quien lo intuye. Otra vez la casa sin nombre de un pueblo intrascendente. Y la cocina grasienta de sabor metálico. Un hecho altera la cotidianidad. Algo trastoca la burda percepción de la madre de Laia; la ausencia de su hija. Sentada sobre la misma silla de siempre, piensa en su hija y en los últimos acontecimientos; el viaje a Madrid, las discusiones previas, el padre omnisciente, pero invisible, de Laia. Piensa en su martirio diario, en su justificada ansia por conocer a quien, aunque a la fuerza, la trajo al mundo. Ahora comprendía que debía afrontar la violación rasgando lo que había tenido de tabú.
Miró por la ventana. Observó trastornada la tarde aparentemente típica, con ese color agrio de las tardes, y ese sabor grisáceo de las calles y los coches. El patio parecía diferente, como ajeno a la actualidad, como remoto. Algo había de cambiar. A su vuelta, le diría a Laia que su venida al mundo era indeseada, y que por ello le tenía una especie de rencor incesante.
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Después de ese pequeño discurso, un tanto premeditado, Laia se quedó mirando fijamente a la pared oscurecida. Los agresores parecieron afectarse, pero al momento volvieron en sí y entablaron una mirada cómplice. El jefe se hizo a un lado. Los otros dos desataron a Laia, que volvía a temblar, y empezaron a desnudarla.
Otra vez la profanación nubló la mente de Laia. Tirada y obstaculizada en una cama sucia, observaba cómo su cuerpo, esta vez de forma menos cómplice, era usurpado. Sintió cada prenda que caía al suelo, cada pedazo de ropa que rozaba su piel y se alejaba inexorable, y las manos, frías, maquinales, de quienes ya sonreían con crueldad, sabiendo que ya tenían un cuerpo más para su vil empresa. Porque eso es lo que tenían, nada más y nada menos; el cuerpo precioso de Laia. Su mente no la tenían. Ni la tendrían. Laia se hizo extremadamente fuerte de repente, ya no temblaba. Mientras la penetraban con excitación, su alma pudo originar un pensamiento terrible: “Todo lo que sucede, sucede por algo. Yo no sería yo sin este hecho, hasta el punto de que es inimaginable, en estos instantes, pensar un “yo” sin la realidad de la violación. Inútil es oponernos a la realidad. Hemos de estar a la altura de la realidad”.
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Mientras, Clara adormecía golpeada por su particular viaje de maría. Ni podía imaginar, obviamente, el destino atroz de Laia. Aquella, realmente, no conocía a su amiga. Sólo conocía una máscara, con buenas maneras, pero al fin y al cabo una máscara. Clara nunca penetraría en el mundo de Laia. Y ello no implica que su amistad no fuera sincera o sentida. Era sincera, y era sentida. Pero Laia había llegado, gracias en parte a las circunstancias de su vida, como el plantearse diariamente quién era su padre y el porqué de la actitud de su madre, a un estado de consciencia, de auto-consciencia, demasiado profundo para Clara. Dígase “profundo”, mejor que “elevado”, porque la grandeza intelectual no está en la perfección de conocimientos o en la abundancia de ellos, sino en el nivel de conocimiento que tengamos de nuestro ser.
Su ser, Laia, aspiraba al menos a entreverlo entre espesas y conceptuosas tinieblas.
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El turno de los dos violadores acabó. Ahora era el líder, el proxeneta más buscado del país, quien se acercaba a saborear su nueva adquisición. Laia permanecía tumbada, toda nívea sobre el viejo colchón ajado por el tiempo, como la flor de loto que emerge del pantano. Su cuerpo, ingenuo de los pensamientos (más intuitivos que certeros) de su mente, se notaba un tanto trémulo por la tempestad recientemente sufrida. La estancia, como ajena al tiempo y sus estrepitosas veleidades, seguía con su tono anaranjado y su sabor casi mortífero. En el ambiente se respiraba crueldad, asco, sexualidad pervertida… y en los rostros de los violadores estaba la fuente de todo ese aroma. Laia miró a su raptor y captó una agria mueca de satisfacción.
De pronto, cuando se acercaba a las temblorosas piernas de Laia, un halo de oscuridad cubrió su semblante. Su piel palideció tanto que Laia pudo darse cuenta a pesar de la poca luz que había. El hombre se apartó violentamente y cayó al suelo. Su mente no pudo soportar la visión, que le retrotraía a muchísimos años atrás y le ensombrecía, aún más si cabe, su dilatado historial criminal.
Laia tenía un lunar en el muslo derecho, cerca de la ingle, en el preciso lugar en el que lo tenía su madre. Ésta pudo haber quedado como una víctima más, despreciable y anecdótica, del ingente número que componía la suma de crueldades del padre de su hija. Pero su caso fue excepcional; el proxeneta la violó después de tantearla varias veces sin éxito, y su imagen, la imagen de la única persona a la que había amado, aunque fuera por unas semanas, se le quedó latente en el corazón. Sólo hizo falta esa repetición, ese trágico lunar, para abrir el resorte que escondía su recuerdo.
Ante la posibilidad de haber violado a su hija, Antonio Suárez no pudo soportar la excitación de la escena y mandó que la soltaran. No dijo nada, ni a sus acólitos ni por supuesto a Laia, a su hija, que una vez en libertad comprendió el valor de esa intuición que tuvo en plena violación.
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La banda de proxenetas se disolvió por falta de una cabeza imperante. Suárez salió del país e intentó olvidar, vanamente, su anterior vida. El recuerdo persistente, las atrocidades, el lunar… eran imágenes demasiado potentes, y que convivieron con él hasta que decidió colgarse en una casa de campo en las llanuras de Texas.
Laia denunció el caso, y gracias a ese refugio de las afueras de Madrid la policía pudo capturar a algunos integrantes de la banda. Clara acogió con infantil actitud lo sucedido; no dejó de llorar en una semana, y se martirizaba casi maquinalmente en presencia de Laia. Ésta no le dio muchas vueltas a lo que pudo o no pudo hacer su amiga. Se tomó la violación con un estoicismo a veces exasperante para la comprensión de Clara.
A su llegada al pueblo, la madre de Laia estuvo a punto, varias veces, de decir la verdad a su hija. Pero no lo hizo. Tal vez el miedo al cambio influyó. Estaban las dos demasiado acostumbradas a esa vida de rencor ensombrecida por el enigma del padre. Así, de forma tan fría y silenciosa, se restituyó la vida de estas personas. Clara continuó desarrollando su carácter de rebaño, de inconsciencia, de simplicidad… siguió fumando hierba sin saber qué fumaba ni para qué, siguió yendo a conciertos donde tomaba esas pastillas que los vendedores llamaban ácido, y que ella aceptaba con la más simple de las autocomplacencias, siguió, en fin, viendo en Laia ese cuerpo perfecto que ella nunca tendría y esa mente un poco extraña que a veces la sorprendía.
Laia se refugió en su mundo como una tortuga lo hace con su caparazón, más segura que nunca de sus ideas. No sabía cuál era la realidad, pero, de todos modos, pensaba que la realidad era lo que ocurría y que nada más era la realidad. Pasado un tiempo descubrió a Nietzsche y empezó a leer sus libros con furor. Allí leyó cosas antes intuidas, y que ahora se le presentaban con la convicción de que no era la única en el mundo que había albergado tan intempestivos pensamientos.

Una tarde, mientras leía el Zaratustra arrinconada en el balcón, alzó un momento los ojos y vio a su madre tumbada en el sofá. Al fondo, la cocina, siempre grasienta, siempre gris. Y en torno, la casa, la casa de siempre con su aire, su aroma, su tacto, su algo inefable. Bajo el balcón, hileras de casas viejas y típicas, y las nubes un poco cargadas de inminente lluvia, y la gente que pasa con paraguas y saludan y sonríen trágicamente. Lo mismo, siempre lo mismo; el mundo, el pueblo, Laia.

viernes, 30 de agosto de 2013

LA MUERTE
Caliente esperas
la dulce hora en que la tierra
de tus huesos haga vil techo.
Tus huesos, bañándose lento
en frío fuego
te queman y te enfrían el sentimiento.
La andrajosa piel que los cubre
presto se confundirá
con frío polvo,
pero nadie habrá que la llore
ni que la saque de su cementerio.

Caliente esperas
la fría hora en que los muertos
te habrán sus almas ya eternas.
Mientras tu alma
te come por dentro
te sorbe la sangre
y te aplasta los huesos.
Mientras la realidad
te narra su cuento
te roba los sueños
y te canta los versos.

Caliente esperas
la hora en que en el áspero mármol
se grave tu nombre, la fecha y la ciudad;
el nombre que nunca tuviste
la ciudad que nunca habitaste
la fecha que siempre anhelaste.

domingo, 4 de agosto de 2013

PEQUEÑAS CONFESIONES
Hace tiempo que un pensamiento ha ido llenando poco a poco mis venas hasta hacerse aflorar a la superficie de mi teclado. Desde que me di a leer libros he tenido la tendencia a pensar que en ellos está todo; toda la sabiduría, todo el bien, el mal, todas las cosas que fueron, que son o serán. Pero, realmente, si somos sensatos, admitiremos que los libros no son sino algo que ocurre en algún lugar, y ese lugar es la vida. La vida es mucho más apasionante que los libros. Los libros te envuelven, pero la vida “es”. La vida la eres tú. La vida tiene una fuerza incontrolable, es un afluente de energía que ni ciencia ni filosofía podrán nunca dilucidar. Qué amasijo tan incomprensible de imágenes, de sentimientos, de ideas, de sonidos, de voluntades individuales o colectivas, de vivencias intransferibles.
La vida de cada uno es la mejor novela que se pueda escribir. Ni Cien años de soledad, ni El Quijote, ni Crimen y castigo, ni Tirant lo blanc pueden compararse en vitalidad, en realidad, en espíritu, a la vida. Por ello, dejemos que pase nuestra vida y observemos su pasar. Cualquier cosa que ocurra forma parte de la vida y por tanto no debe preocuparnos demasiado; lo justo para comprender que eso era irreversible y que no cabe atormentarse. Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar, dice el poeta. Posiblemente no haya leído jamás tanta verdad en tan pocas palabras. La mayoría de los lectores se queda en la belleza de éstas, en su sonar machadiano dulce y embriagador, pero estos versos contienen lo más hondo y lo más filosófico de la vida; que ésta es un sinsentido de cosas que, ni fueron, ni serán, sino que van siendo, que son. La vida es un instante, el instante en el que estamos y en el que escribo éstas líneas. El pasado, el futuro… ¿qué son sino utilísimas elucubraciones mentales?
Quizá sea éste el primer escrito que elaboro con más voluntad de introspección personal que por exponer algunas ideas (si es que podemos diferenciar ambas cosas, lo cual, como siempre, pongo en tela de mi escéptico juicio). Esto que escribo podría ser una página de mi nunca escrito diario personal. Y la verdad es que en eso se ha convertido mi vida en esta mitad larga de verano que llevamos. Esta vez voy a ser optimista. Lo siento, querido y respetado Schopenhauer, has sido mi predilección durante mucho tiempo. Pero a estas alturas necesito, deliberadamente, olvidarme de ti. Quizás porque sé que si me planteo tus doctrinas acabaré cayendo, y no me apetece. Voy a inventar mi “yo” optimista. Y esto no es ni una traición ni nada que se le acerque. Siempre sostendré que el ser humano no tiene identidad, o en el caso de tenerla es su constante cambio. Ergo, un cambio repentino de ser no es inmoral (otra palabra que me pincha los oídos y me absorbe el cerebro cada vez que la pienso… ¿qué es lo inmoral?) para mí.
Lo nuestro es pasar, lo mío, más bien, es pasar. Un pasar arduo, pesado, a veces insufrible. Pero al fin y al cabo un pasar más. Como el de todos los demás. Tan auténtico, tan incorregible, tan triunfante como el de todos los demás. Cuando la tristeza o el tedio te golpean es muy útil alejarte y ser un observador de ti mismo. Entonces me vienen a la cabeza esas palabras de Borges que he escuchado en alguna entrevista suya; ¿qué importa lo que pueda ocurrirle a este humilde chico de un pueblo de montaña, perdido en la inmensidad del tiempo y del espacio? ¿a quién le importa? Saludar a la vida, preguntarle cómo está, es algo que me complace muy a menudo. Así este verano, como toda mi vida, es un continuo discurrir de cosas, que ni han pasado ni pasarán, de cosas que pasan, simplemente. Hoy leo, mañana escucho música, al otro salgo a respirar el urbano aire de mi Castalla, al otro me envuelvo en divina embriaguez… y así va sucediendo mi vida y mi yo que ni se consume ni se nutre porque no existe.
A veces me vienen a la cabeza momentos de antaño. Situaciones ya ocurridas y que fueron muy placenteras para mí. Un olor peculiar, una melodía, un dejavu repentino que me recuerda el eterno retorno de Nietzsche, la sonrisa de algún amigo que incomprensiblemente despierta a la mía. Hace poco terminamos un campamento musical en plena montaña, apartados del mundo y de la ciudad. Más allá del encanto que por supuesto tiene siempre este denominado “Carrascal”, que ya ha cicatrizado en las almas de todos los nosotros, por su obvio componente musical, he visto allá en estos cinco días algo que siempre había puesto en entredicho y de lo que muchas personas se atreven a dudar; la fraternidad humana. En ese albergue viejo y montaraz, en el que no faltan leyendas misteriosas sobre los antiguos maristas que lo utilizaban, varias decenas de personas hemos convivido con honestidad, con alegría y con respeto. En cada despertar, en cada desayuno ambientado en el sopor matutino, en cada mirada de pura risa, yo, irresistiblemente, veía el sinsentido que es el hombre y lo inútil que es intentar acertar a describir con una palabra que es eso que ocurre cuando miras a otra persona y ríes si ella ríe, o te aturdes si ella llora. Son esos momentos en que te olvidas de lo que fue y de lo que será, y buscas con anhelo el ser del otro, para fundirte en amor recíproco.
Esto ocurre más veces de las que nos creemos, y tal vez los momentos de malestar o de miseria humana sean más llamativos por su excepcionalidad. Son éstos los momentos en que alguien falta a la virtud de la tolerancia, en que no se acepta la diferencia y la dignidad del otro queda rebajada injustamente. Hay que reivindicar la diversidad de opinión, de pensamiento y de acción. El respeto por el otro es lo único que nos puede salvar de la vileza humana y todas sus consecuencias.

Lo nuestro es pasar. Gracias, Machado, por brindarnos tanta sabiduría en unos centímetros de papel. Dejemos que todo quede, o que todo huya, pero alabemos el pasar y todo lo que ello contiene; el amor y el incomprensible fruto de la vida.

lunes, 24 de junio de 2013

LA EXPRESIÓN LITERARIA Y EL FIN DEL MUNDO
La “cólera”. Es esta la primera palabra de la literatura universal. Estoy persuadido de que durante los miles de versos que restaban a la Ilíada, Homero (o quien la escribiera) no pensó ni un solo segundo en explicarse. Simplemente quería expresarse. Resulta curioso que con esa simple expresión se estableciera el inicio, la base, el fondo, el suelo del gigantesco edificio en que se ha convertido nuestra cultura occidental. La lectura es creación y re-creación. Complementariamente, la escritura es expresión, precedida naturalmente de creación. El escritor no ha de intentar explicarse, su trabajo, sus deudas y sus dones han de limitarse a su pura expresión. Sobran, pues, las perogrulladas o las explicaciones palmarias. Y esto es aplicable tanto al prosista como al poeta, incluso al ensayista. Los grandes escritores se han explicado poco, porque con sus palabras bastaba. Véase, si no, la obra de Nietzsche o la de cualquier buen poeta.
Expuestas estas latas premisas, voy a intentar transmitir un pensamiento que, de golpe y sin esperarlo, se ha cernido sobre mis divagaciones. Voy a intentar, con mejor o peor fortuna, “expresarlo”. Además, lo voy a hacer con la esperanza de que estas palabras no queden escuetas ni prolijas, de que lo que pueda expresar se acerque en el mayor grado posible a lo que quiero expresar.
Tumbado sobre la cama, me adviene el nefasto pensamiento. Ya había pensado muchas veces en la terrible situación que significaría una ausencia universal de libros, de literatura, de filosofía… dejándome esto sumamente perplejo. Porque no tengo noticia de ningún modo de saber mejor qué es el hombre, qué es eso que se dice su “alma”, su personalidad, que la cultura literaria en su amplio concepto. ¿Qué ocurriría si todos fuésemos maquinas pre-fijadas, o no pre-fijadas, que vagáramos por la vida con el único objetivo de la supervivencia (que no es nimio), o de la explotación económica, por ejemplo? Esto equivale a interrogar: ¿qué pasaría si los seres humanos no aceptásemos la apuesta por el cambio? Porque, ¿qué es la literatura, si no una apasionada apuesta por el cambio? La invariabilidad de la opinión es lo que hace a las sociedades cerradas y, por ende, retrógradas. Y ese carácter estático del pensamiento se debe a una causa filosófica muy profunda; la creencia en la unidad del ser. La buena literatura es la que tiene conciencia de cambio, la que, por esto mismo, comprende mejor al hombre y a sus intrínsecas vicisitudes. El hombre es un ser que tiene por esencia, precisamente, el no tener esencia. Su sentido es el cambio, la “imprevisibilidad”. Sin este rasgo distintivo no existiría la Historia. Estamos hechos de historia, porque la historia narra el cambio social y los hombres son esencialmente cambio.
Aventuremos ahora una paradoja, pudiéndola calificar de apocalíptica en su más leve vituperio. Imaginemos que llega un día en que, por un designio inaccesible de los hados, o por una decisión consciente de los hombres, se decreta la extinción de la raza humana. El mundo, con sus populosas poblaciones, con sus culturas esparcidas de polo a polo, con su naturaleza gloriosa y cantada por los poetas, con los incontables misterios que acoge el planeta tierra. Lo primero que se nos ocurre es trazar una hercúlea elegía para llorar todo lo perdido, para denunciar la sordidez que asolaría nuestro hábitat común, en fin, para dejar una merecida huella sobre el género humano.
Reconozcamos que tal elucubración tiene su encanto. Uno puede llegar a estremecerse temiendo que algún día una comisión internacional o algo por el estilo decrete el fin de nuestros días. Pero, entre esta consternación (o estos sollozos para los más sensibles), hagamos un esfuerzo por pensar qué significaría realmente tal acontecimiento. No sé lo que diría un positivista al estilo Hobbes o Stuart Mill, posiblemente se complacerían pensando que el mundo, en tanto masa tangible formada por corteza, núcleo o fuerzas magnéticas, seguiría existiendo ajeno a la intervención humana. Pero presiento cuál sería la reacción de un idealista. Sencillamente, si desaparece el género humano, desaparece “necesariamente”, ipso facto, la Tierra. Y como la Tierra, el sol, todos los demás planetas, las estrellas, la Vía Láctea y el Universo todo. En efecto, si hacemos una laxa descripción del idealismo, podemos afirmar que postula una realidad desprendida de la imaginación del sujeto, de su “yo”. Así pues, todo es producto de su pensamiento, de sus “ideas”. Siempre me he atormentado por qué será ese “yo” del idealista, que al fin y al cabo lo es todo porque de él sale todo. Pero al igual que “yo” lo soy todo, “tú” también lo eres todo, y dos “todos” son difícilmente compaginables. Siempre nos queda la opción de confiar en que “tú” y tu “todo” sea el producto de mi imaginación, y “yo” y mi “todo” lo sea de la tuya.

Un universo que no existe, porque ya no existe quien lo piense. Esto es, en resumen, lo que nos queda. Qué drama. Con qué facilidad podría el mundo desaparecer y volver a ese nihil espantoso. Sea como fuere, propongo lo siguiente: ¿y si el mundo ha desaparecido ya, y sólo existe un “yo” ultra-perpetuo que piensa al “yo” que pensaba al mundo?

miércoles, 29 de mayo de 2013

REVELACIONES HOMÉRICAS
La soledad solía angustiarle al principio. Pero después se calmaba con uno de esos ejercicios, probablemente placebos, de los budistas. Cuando su alma ya estaba tranquila, y los latidos de su corazón se confundían con la brisa matutina, empezó a caminar grácilmente por el camino.
Se encontraba en un camino estrecho, por el que apenas cabían dos personas más a su lado. Pero en ese momento no hacían falta personas, no hacían falta otras perspectivas; era el momento de la meditación. El joven Abril caminaba a paso lento, no tanto por la oscuridad que infundía miedo a su alma, como por no molestar a sus cavilaciones, que se dispersaban por el mínimo esfuerzo físico. A la derecha una hilera incesante de acacias se mecía con dulce movimiento. Sin duda es el viento –pensó- quien avisa a las acacias para que no me sean hostiles. A izquierda el panorama era más abstruso; incontables zarzos intrincaban la pretendida homogeneidad de un bosque que rompía el tópico infantil de los bosques. Aquel bosque era diferente; no era una vasta prolongación de árboles similares, sino que tenía unas zonas más nobles, mientras que otras eran feas y no merecían la atención de unos ojos solitarios.
Consternado por esta falsa apariencia de los bosques, cogió una rosa atrevida que parecía rebelarse contra todas sus amigas. Suavemente se la acercó y su aroma lo infundió de un algo inexplicable. Solía pasarle eso mismo con otros placeres. No sabía porque existían. De hecho oler una rosa o escuchar a Beethoven no eran cosas necesarias para vivir, aunque, y esto llegaba a su cabeza con cada fruición inesperada, había ciertos momentos en los que sentía morir de desesperación si no conseguía diluir un deseo.
Abril llegó a la conclusión de que aquello era un verdadero bosque. Pero cuanto más pensaba en lo que le habían dicho en la escuela y en lo que había leído en libros y visto en películas, más se convencía de que en verdad el terreno que pisaba retaba seriamente a los otros bosques. Aquel bosque no era ni a lo sumo parecido a los otros bosques; era laberíntico, no se apreciaban búhos, y además se alternaban zonas áridas con otras infestadas de acacias. Abril dudó por un instante de que los otros bosques sí que cumplieran las características que comúnmente se le atribuyen al “bosque”. “Algún día habré de hacer un viaje al cielo platónico, porque esta duda existencial no me deja esclarecer mis pensamientos”. El mundo inteligible era bastante inalcanzable, por eso Abril sintió rabia al descubrir que lo habían engañado. No existía ningún bosque en ningún sitio, y mucho menos aún todas las cosas que se puedan derivar de la idea de bosque. Más bien el “bosque” es un lugar que responde a ciertas necesidades de los humanos. El problema reside en creer que verdaderamente existe un recinto poblado de hadas y brujos encantadores, donde podemos acudir para hacer un alto en nuestra vida y rendirnos ante la inefable sabiduría humana. Entiéndase por inefable la no-posibilidad de un conocimiento certero de la realidad. “No se puede intentar validar el conocimiento de una realidad que ha sido nombrada y explicada por nosotros mismos y nuestra subjetividad” pensaba Abril “a mi modo de ver es como si un jugador de apuestas pudiera modelar el destino y ajustarlo al resultado que él ha predicho”.
Abril sentíase un héroe y podía llegar a compararse en sus momentos de mayor lucidez y arrogancia con el valiente Odiseo, quien venció a la maldad con astucia y obtuvo reconocimiento perpetuo. “La moral de los hombres nunca dejará de ser heroica, porque en cada uno de nosotros viven cautivadas mil ansias de eternidad. No nos equivoquemos, y no pensemos que hayamos cambiado tanto desde esos tiempos griegos. Todos anhelamos en algún momento la eternidad, algunos incluso la anhelan constantemente. Todos queremos ser héroes, la diferencia es que algunos lo intentan a partir de lo ya hecho. Los filósofos nadan a contracorriente, y su voluntad de eternidad es tenaz, abigarrada y sangrienta, y consiste en negar lo eterno, la esencia, lo inmutable; todo eso creado para legitimar un conocimiento demasiado oscuro”.
Conforme iba avanzando se alejaba más del pueblo; símbolo perfecto del engaño cultural. Ciertamente, para Abril en su pueblo se concentraba la gran falacia de la humanidad, trazada por la humanidad misma y que ha tenido en pocos humanos sus únicos detractores. “Los filósofos son niños eternos que han podido ver un poco de luz en una oscuridad cegadora”. Abril tenía guardada en su alma una gran aflicción, motivada por su ira hacia el pueblo. Ello es por los prejuicios decimonónicos que se procesaban por sus calles y sus habitantes. Si alguien descubría que un ciudadano, y menos de quince años, había tomado rutas peligrosas por las montañas colindantes, el infractor quedaba cuanto menos en consideración de loco o miserable. Además podía pagar su imprudencia con los azotes de su madre o una semana de servicios a la comunidad. “Todos ellos están confundidos, y ven en la civilización un producto acabado y en expansión. No saben de verdades, o de mentiras, quienes como Zaratustra no se lanzaron a las vicisitudes de la naturaleza, ese ingrávido campo virgen en contradicciones, que no entiende del bien y del mal, y permite con complicidad que destruyamos nuestra mente contra las rocas”.
Todos estos pensamientos los iba anotando Abril en un trozo de papel que se arrugaba cuando lo sacaba con poca delicadeza de sus vaqueros. Por miedo a que la lluvia no empapara sus ideas calientes, recién salidas de su interior, se refugió bajo los pinos de ese bosque inexistente. Le sabría muy mal que la naturaleza, cómplice de su disidencia con la humanidad, diluyera con gotas homicidas ideas tan reaccionarias. Al terminar con caligrafía pulcra su escrito, lo dobló cuidadosamente y lo escondió bajo unas hojas secas, a fin de que la tierra y el aire pudieran leer con atención su juramento. Era un buen regalo para la naturaleza, que a buen seguro agradecerá que le recuerden su imprescindible papel en el mundo, un papel protagonista, sin duda.
Abril salió del bosque figurado y se dirigió al pueblo, también figurado. Entró en su casa figurada y saludó a su familia, más figurada aún si cabe. Abril amaba a sus padres y a sus hermanos, y por ello los saludó con aladas palabras y les dio abrazos a cada uno. No obstante era consciente de que sus familiares eran unas ovejas más del rebaño, y que con cada palabra, cada acto que realizaban, contribuían a hacer más grande la espiral de la “gran falacia”. Después de haber cenado rico alimento, subió a su cuarto y se acostó sin dilación; necesitaba meditar su meditación.
Al día siguiente despertó con energía y enfadado porque no recordaba sus sueños. Posiblemente era un castigo del destino o de Dios por haber faltado el respeto a la humanidad. Abril consideró el castigo un poco excesivo, porque los sueños le encantaban, y tendía a valorarlos más que a la propia vida.
Esta última consideración se hizo tangible y se materializó, curiosamente, en otro trozo de papel de índole distinta al que él escribió un día antes. Abril abrió el buzón y no encontró cartas de la luz o el agua, ni siquiera las habituales penalizaciones de la escuela por no acudir a clase. La carta no tenía remitente, ni sello, y tampoco parecía una carta. Era un papel ajado y amarillento, como si detrás de él hubiera pasado iracunda toda la historia del universo. Tenía como título La misiva del desamor.
En ella un narrador anónimo, casi etéreo, con un lenguaje ancestral y un poco retórico, se dedicaba a proferir insultos hirientes contra Abril. El discurso, a modo de perorata incendiaria, aludía a una falta de amor por parte de Abril para con la sabiduría antigua y científica, y en último término un desprecio infinito por la vida y el valor humano. Por ello se asignaba al acusado, como decía en la carta: una muerte lenta y dolorosa en el bosque más cercano al pueblo, donde el criminal aseguraba encontrar su paz interior y su disidencia con el resto de la humanidad.
A Abril no le pareció extraña aquella acusación, y se resignó después de unos segundos. Y no es que quisiera imitar a Sócrates, es que había perdido sus esperanzas con la vida. Había descubierto que el rebaño del mundo se dirigía con firme autoridad, y esa autoridad provenía desde el alma de cada individuo. No sabía quién lo acusaba, ni le importaba. Tampoco le importaba seguir viviendo, aunque tenía opción: lo único a lo que puede apelar el criminal es jurar que nunca más volverá a visitar el bosque, a salir del pueblo, por prevenir así una infección de su espíritu… la negativa a esta determinación será inexcusable y se procederá entonces a su muerte lenta y dolorosa…

Oteado así el futuro que le esperaba, Abril consideró que no tenía sentido una vida sin meditación, sin poder salir a pasear al bosque. De hecho no llegó a albergar otra decisión hasta que se vio una cuerda atada al cuello. Aunque se asustó momentáneamente, todo pasó muy rápido. Así, su vida se fue extinguiendo bajo la mirada atenta de los ciudadanos, de amigos y familiares que no entendían nada y sollozaban enérgicamente. Su vida terminó en la mejor situación en que podía hacerlo, en un bosque figurado de un pueblo figurado, penetrado por fulgurantes miradas de incomprensión figurada.

viernes, 3 de mayo de 2013


EL FOC DEL CONEIXEMENT
Feia dies que el meu cos demanava rebentar. Ara, amb la còmplice intimitat de la nit, i amb eixe nerviosisme metafísic que em dona el café, expulse un fulgor espiritual que roman latent, mut, preparat per una eixida acceptable a la realitat.
Cada dia que passa em sorprén més el fet que no em canse d’aquesta vida reflexiva en la qual el meu cos no ofereix treva a la tímida elucubració, a la més mínima disquisició mental. Gràcies a sobtats descobriments, ací i allà, les meues ànsies de coneixement s’han exaltat fins a límits que mai hauria imaginat, tant quantitativa com qualitativament. La filosofia, que m’ha atrapat fins a l’infinit i m’ha fet testimoni absolut del seu decurs històric, s’ha convertit en un recurs peremptori del meu procedir diari. Ningun moment escapa a l’anàlisi, més metafísic que científic, més genèric que particular. Però és durant els últims dies quan els meus ulls s’han obert més si cap, i han descobert, benvinguda notícia, que l’erudició no és alguna mena d’entelèquia llunyana a la qual no puc aspirar. Els meus desitjos humanistes, en el sentit totalitari del terme, han dilatat les seues fronteres i han destapat la font de la ciència, eixa noble disciplina que fins fa poc mirava amb dubitativa displicència. Però fins ací hem arribat. Ara és el moment clau. Ara entenc el que he de fer. Ara m’adone del meu destí. Ara més que mai tinc clar què he de fer quan m’alce i veig el cel nuvolat, a què agafar-me quan els dimonis del passat m’atorrollen el pensament. Vaig a lliurar una guerra a camp obert contra el coneixement, i en tal edificant batalla sentiré amb tràgica tendresa els misteris de l’amor i de l’entitat personal. Açò, a risc de semblar una promesa intel·lectual, ho catalogaré com un record dels meus inicis. Del meu iniciar dubitatiu en aquesta cursa vital. (Pare un moment. Ho he d’escriure, ho sent. No obstant trencar el caràcter sòbriament literari d’aquest escrit, considere legítim descriure el meu rostre, que mentre mira atent les tecles del portàtil no pot evitar unes tímides llàgrimes que li enterboleixen dèbilment la visió). Ara ja puc seguir. I ho faig a instàncies del meu cos, que no em demana gitar-se a descansar, sinó que m’exhorta a insistir, i a eixa insistència del meu interior m’aferre. Tal volta surta algun aforisme rescatable...
Crec que la vida necessita de poques coses, però una d’elles ha de ser quelcom que t’arrele a seguir sent, a no tirar-te per la finestra en un atac de frustració o a no tallar-te les venes. La vida pot ser molt absurda si no hi ha res que la porti avant; un desig infantil, un projecte més o menys seriós, una esperança inabastable, un deliri del subconscient... qualsevol cosa abans que declarar-nos titelles submises del destí. El destí és atzarós, però entre mil atzars sempre pot alçar-se, amb merescuda exaltació, una meravella de la nostra voluntat. I allò que tremola entre l’atzar ha de ser la nostra guia, per no caure en la misèria o en el tedi profund. El tedi sempre apareix. El que hem d’aprendre és a superar-lo ràpidament. Seria imprudent negar el tedi. De fet, el tedi possibilita l’alegria, i ens prepara per eixa vaga sensació de felicitat.
No sé què té la nit. Però en el seu romandre melancòlic persisteix un soroll amagat, una força misteriosa que veu en la foscor un pretext idoni per insinuar-se. És en la nit quan el que sols era pura paradoxa passa a ser convicció. És quan la ment adquireix una estranya nostàlgia plena de certeses esquives. Alguna mena de “daimon” especial té la nit. I en aquest divagar apologètic no pretenc desxifrar-lo. Això seria molt mesquí. Deixem que allò vetllat romanga tal. Perquè en la seua obscuritat està la glòria. La glòria de mostrar-se amb una capa sedosa, daurada, i a l’instant variar a funesta i repel·lent. No sé què té la nit, i en aquest divagar impremeditadament poètic la seva foscor m’empara els raonaments, els quals per la seua part imiten eixe tret d’obscuritat.
Tampoc sé amb certesa si realment tinc alguna cosa que dir. Però és eixa sensació de vaguetat atractiva, quasi màgica. És eixe apropar-se al no-res que t’ajuda a acceptar la infinita ignorància i a soltar paràgrafs com si fossin llances de foc.
Té aquest escrit més de poètic que d’assertiu. Sincerament, poc d’assertiu té. Tal volta els textos que menys coses diuen siguen els més substanciosos. Perquè deixen via lliure a la imaginació, a eixe navegar per les paraules en busca d’un doble sentit, o en busca d’un sentit absurd que ens òmpliga l’ànima de satisfacció. Poques coses he viscut tan emocionants com sentir omplir-se el cor d’un “no sé què” vital i potencial. Són eixos moments de lectura atenta en què el sentit de la vista resta obsolet per absorbir tanta energia. No hi és prou, en aquests moments, tocar les fulles amb els dits o sentir l’olor agre del paper. Necessites més. Vols entrar en cada paraula, vols ser una idea entre tantes que habiten a eixe objecte flexible amb llom prometedor. El misteri d’una frase deliberadament perduda entre les fulles del llibre. El colp sobtat d’una paraula que sembla haver estat en eixe lloc tota la vida. Sembla ser anterior a l’autor i al llibre. Sembla ser sospirada per algun monstre de l’eternitat.
Totes aquestes són coses que ens lliuren de l’atzar. De l’atzar, de vegades insofrible, de vegades diví, que ens assola sense poder evitar-ho. M’agradaria dir que he trobat eixe dissident rebel de l’atzar. L’he trobat i ara vaig a tractar-lo amb cura perquè no escape. Al cap i a la fi és allò que ens persuadix que la vida no passa de llarg. És allò que ens guarda moments inoblidables de soledat i voluntat.

miércoles, 17 de abril de 2013


LA GENERACIÓN DEL 98
En los albores del siglo XX muchos autores, movidos por una miscelánea imponderable de pretextos ideológicos y literarios, emprenden una escritura innovadora que trastoca el modelo de novela que se había desarrollado hasta entonces. Es la escritura de Baroja, Benavente, Valle-Inclán y otros muchos (no menos importantes por el hecho de no ser nombrados) prevalece una concepción literaria vital, filosófica y tremendamente subjetiva.
Un paradigma elemental lo conforman los libros de don Pío. En El árbol de la ciencia nos topamos de golpe, sin esperarlo, con un protagonista (Hurtado) atormentado y que busca desesperadamente una satisfacción vital, algo que le mueva a ser, a seguir viviendo. Al final el desgraciado decide suicidarse en medio de un huracán de sueños estéticos y barullos filosóficos. Es este un ejemplo perfecto, aunque esa búsqueda de la pasión mística por parte de Fernando Osorio en Camino de perfección no lo es menos. Estos libros que tratamos no responden a los cánones de la “novela clásica”, si es que esta denominación es legítima. En los textos de la Generación del 98 no seguimos una trama lineal, con personajes estereotipados cuyas vidas se entrelazan y conforman un argumento más o menos aceptable. Los dulces soñadores del 98 hacen un retrato de sí. Con el pretexto de una novela y de un personaje literario supuestamente ficticio trazan su rostro, lo exponen implícitamente para que el lector entienda qué es el hastío de la vida, el insoportable tedio de la existencia. Es una forma deliberada de dejar vía libre a la subjetividad del autor. Es más, los libros son la subjetividad del autor. No son un entorno aparte, son el autor. Con lo cual, la literatura acoge una revolución, creo, sin precedentes. Amparados en las ideas individualistas y terráqueas (el sentido de la tierra, del Superhombre en la tierra) de Nietzsche, cuya muerte adviene en pleno apogeo del estallido del 98.  La expresión artística cobra una dimensión tan personal que ya no se trata de denunciar una realidad injusta, de contar una historia separada de nuestra vida... el arte literario deja atrás el cumplimiento de un procedimiento objetivo de creación, se rebela contra esos principios ilustrados de objetividad. En pos de ello adviene el ser humano en su sentido trágico, en su decurso vital. El fervor religioso o la pasión amorosa importan más, por ser más inmediatos, que la injusticia social o la corrupción política.
Con esto último no se me debe malinterpretar. De hecho, una de los motivos más íntimos de los escritores a que nos referimos es esa pena por una España en decadencia. Una decadencia que encuentra su cenit en el desastre colonial del 98. La regeneración y la revisión política se convierten en necesidad acuciante. Lo que intento decir es, aludiendo ahora a esa irónica y un poco perversa frase de Hume (“No es extraño que me preocupe más mi dolor de muelas que la destrucción de la humanidad”), que la dimensión moral e individual del hombre, por su circunstancia (nada desdeñable) de hacer que el hombre “sea”, adopta la importancia que merece.
Los personajes que vagan errabundos por estas “novelas” (debe cogerse siempre este término con pinzas, incluso Unamuno decidió cambiar el nombre clásico y crear el suyo propio; las célebres Nivolas) resultan atractivos por muchas razones. Su vida casi ascética, su devoción contemplativa, cuando no religiosa, su afecto por el arte, por la filosofía, por la visión de la naturaleza, incluso por la ciencia. Son cosas que suenan anticuadas en la época en que nos movemos. Los constantes viajes, absurdos y sin objeto (considerando “objeto” como la consecución de un fin deliberado previamente, ya que la realización vital no es algo baladí, ni mucho menos), de Fernando Osorio o de Azorín (en esa patente autobiografía del prodigado en estos menesteres Antonio-Ruiz “Azorín”), nos transmiten con fascinante claridad los olores de un ambiente, el color de un ocaso o la textura del rocío matutino. Tienen la brillante capacidad de que nos identifiquemos con esa aciaga realidad que sufren los protagonistas.
Y entre todo este tumulto de desorientación vital, hastío, pasión amorosa reprimida... la filosofía subyace latente como la lava en la inminencia de una erupción. Una filosofía de fuerte carácter (en el fondo la filosofía no es más que una forma de afrontar la vida, y por ello el carácter que adopte ésta será el carácter de aquella), de corte pesimista, individualista y explícitamente shopenhaueriano. El título del libro de Azorín, La voluntad, no es sino un pequeño homenaje a ese inmortal filósofo alemán que dejo claro cuál era la condición primera del hombre, además de la causa primera de todas sus acciones; una voluntad (si es que este fenómeno admite nombre alguno) ciega y brutalmente animal, que nos incita a movernos con el único fin de nuestra supervivencia. Esto produce ese hombre nihilista, porque ciertamente no se encuentra valores, a no ser convencionales y absurdos, donde sólo existe el puro egoísmo (amparado en esas ansias de sobrevivir) y representación individual de una realidad. El mundo, además de nuestra voluntad, es la representación que de él tenemos. Representación tamizada por ese “velo de Maya”. El profundo “qué” del mundo nos está prohibido, más que prohibido, velado. Así que no cabe cualquier pretensión de universalidad, por no decir que los conatos cientificistas constituyen una auténtica insensatez. La ciencia, como diría Ortega, es una disciplina, una actividad que hacemos los hombres mientras vivimos. Es decir, precede un primario y vulgar “vivir” a toda acción del hombre, incluso a la noble tarea del filosofar. Es absurdo intentar explicar radicalmente el mundo a través de la ciencia. Lo que no le resta a ésta ni una pizca de su honorable condición. Pero dicha condición ha de ser necesariamente utilitaria y de análisis sosegado del mundo natural, lo que nos puede ser de mucha ayuda para saber más sobre esa nuestra “representación”, pero en ningún caso para llegar ni siquiera a ese “nóumeno” kantiano.
Con todo esto, tenemos en el 98 a unos protagonistas marcados inexorablemente por estas premisas filosóficas. El hecho de vivir se convierte en una satisfacción de necesidades primarias que fluctúan entre lo corporal y lo mental. Porque esa “voluntad” existente en todo ser vivo trasluce a golpes intempestivos. Se muestra sin prejuicios morales y se nos ofrece como un capricho divino. ¿Qué ha de hacer el pobre Osorio cuando, contemplando con atención un cuadro del Greco, siente esa pasión mística que le brota por la sangre? ¿No es ese un delirio de la voluntad? ¿No es eso algo que nace desde su más íntimo ser y que ha de ser necesariamente satisfecho? Porque la ética no es más que el deber con uno mismo. El deber puede ser una palabra horrorosa cuando se la pronuncia en sentido universal o social. Pero en este caso hablo de honestidad, de ser fiel a uno mismo. Y uno mismo es el conjunto de sus ideales. ¿Qué hay más lastimero que un ser humano hipócrita, sin autonomía moral y que tiene su actitud prefijada por una serie de repelentes preceptos morales? En este sentido los protagonistas del 98 son la excelencia. Esto ha sonado un poco ambiguo, porque con “protagonistas” puedo referirme a los escritores o a sus personajes. A estas alturas del texto mi querido lector ya habrá entendido que son lo mismo (ahora me viene a la cabeza, irremisiblemente esa audaz peripecia de Borges, por la cual el lector y el escritor se confunden. Todo lo escrito pudiera ser un desvarío o una noble ocurrencia de algún hado oscuro, escondido a los tiempos, y que se muestra en pequeñas dosis a través de las almas. Por ello, hablemos de ese lector/escritor). Esos perspicaces escritores/lectores/personajes no hacían otra cosa que escribirse al tiempo que escribían obras para el gran público. Ellos se escribían, dibujaban su rostro con tenues trazos negros. Eran honestos con su ser y esperaban con indiferencia ese motor que, al igual que llamamos vida, llamamos muerte.