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domingo, 3 de noviembre de 2013

EL SUBJETIVISMO EN EL ARTE
Me gustaría hablar en las líneas que siguen sobre arte. No me atrevo a ofrecer una opinión sobre qué sea el arte, y menos aún a definirlo en cuatro palabras vacías. Siempre seré reacio a las definiciones cortas que, a mi parecer, realizan la misma función que la religión para algunos; apagar la duda con interpretaciones reduccionistas que no amplían el conocimiento sino que lo simplifican. Muchos han intentado, con mayor o menor fortuna, decir algo honesto sobre el arte, y verdaderamente algunas teorías son muy acercadas a resolver el misterio, pero aun éstas últimas son insuficientes. Al fin y al cabo el arte es una de esas cosas cuyo desvelo de su incógnita, cuya comprensión minuciosa de todo su significado, sería fatal para la humanidad. ¿Cómo nos sentiríamos si, de repente, comprendiéramos a la perfección qué es el arte y cuáles son sus entresijos, si viéramos en claro y no simbólicamente qué quiso decirnos Da Vinci con su Gioconda o Miguel Ángel con su Moisés? Sería tan fatal como descubrir el porqué de la filosofía o la belleza de la historia. Sinceramente prefiero que esos misterios permanezcan velados o como mucho se muestren simbólicamente.
Moisés (1509), de Miguel Ángel. Iglesia de San Pietro in Vincoli (Roma).
Sin pretender, por tanto, ofrecer una versión dogmática o simplificadora del arte, sí que abordaré un aspecto que me es muy sugerente: el tremendo subjetivismo que hay en toda manifestación artística. Creo que todo estudio estético sobre el concepto de arte debería tener en cuenta este hecho; no es posible el arte, o al menos el buen arte, sin que haya un sujeto que vierta sus impresiones, sus sentimientos, y por tanto que subjetivice la obra que produce. En los últimos días he tenido ocasión de pensar en esto por varios contactos con distintos campos de dicho fenómeno. Empecemos por el cine, por ejemplo. La vida de Brian, del grupo de comediantes Monty Python, ofrece una determinada versión de Jesús de Nazaret. Y no es ni más ni menos válida que cualquier otra, sino que es una interpretación subjetiva de un determinado sujeto. Si entendemos a Brian como un correlato de Jesús (algunas voces dicen que no pusieron al mismo Jesús como protagonista para esquivar la censura o la crítica), estos comediantes ven en el insigne Mesías no un guía dogmático y pescador de hombres, como nos muestran los evangelios, sino un libertario que animaba a las gentes, precisamente, a evitar cualquier dogmatismo, cualquier sectarismo o cualquier cosa que socave el subjetivismo inherente de cada persona. Me llamó mucho la atención, especialmente, la escena en la que los súbitos seguidores de Brian, brillantes caricaturas de los movimientos de masas y el gregarismo, se agolpan ante la casa del judío (hijo de un romano) y le ruegan a gritos que salga. Cuando al final lo consiguen, Brian les lanza un lúcido discurso a favor del libre pensamiento y en contra de toda heteronomía moral, pero cuando parece que sus “seguidores” lo han comprendido y van a pensar por sí mismos, los pobres ignorantes le dicen que sí, que se han dado cuenta y que a partir de ese momento serán librepensadores y autónomos. Pero, ¿cómo se es librepensador?, le pregunta a coro la marabunta de gente.
Volvamos al Moisés que antes comentábamos. En un famoso texto[1], Freud intenta psicoanalizar la escultura de Miguel Ángel. Para el afortunado que se haya deleitado con la contemplación de esta obra, compartirá conmigo la fuerza que inspira, la cantidad de cosas latentes que discurren por las profundidades del duro mármol. Hay muchas cosas que hacen de esta obra una fuente fructífera para variados acercamientos. La figura que representa, el bíblico líder del judaísmo, pasa por ser quien trajo el monoteísmo al mundo: una nueva versión de la realidad, una vida basada en la promesa de un Estado próspero, y que el cristianismo convirtió en una promesa por la vida eterna. En fin, sería desconsiderado no valorar lo que dicho personaje ha significado en la historia occidental. Pero lo que aquí nos interesa es analizar lo que hace Freud, que en el fondo es, al igual que los Monty Python con Jesús, una personal e intransferible interpretación de Moisés. Freud, el hombre Freud (como diría Unamuno), desde su fuerza subjetiva, que no era poca, aborda lúcidamente la cuestión y nos ofrece a un Moisés en calma después de la tempestad. A esta conclusión llega después de un largo recorrido por todos los análisis formales de varios especialistas de arte, y de un análisis personal de la posición de las tablas de la ley, de sus manos y de su relación con la frondosa barba. Al parecer, Moisés, después de haber recibido el mensaje divino y bajar del monte del Sinaí, queda consternado al toparse con los judíos adorando al becerro de oro. Ante tal apostasía y transgresión de las normas divinas, Moisés hace un movimiento brusco y descuida las tablas que tenía en el brazo derecho. Así se explica la posición de la mano con la barba y la de la pierna izquierda en claro ademán de levantarse. Veámoslo en palabras el mismo Freud:
Si no me engaño mucho, ha de sernos permitido ahora cosechar el fruto de nuestros esfuerzos. Hemos visto a cuántos de los que han contemplado detenidamente la estatua y meditado sobre la impresión que en ellos despertaba se les ha impuesto la interpretación de que Moisés aparecía representado en ella bajo los efectos de la visión de la apostasía de su pueblo. Pero esta interpretación hubo de ser abandonada, pues tenía su continuación en la expectativa de que Moisés había de alzarse en el instante inmediato, quebrar las tablas y llevar a cabo la obra de la venganza, lo cual contradecía el destino de la estatua como elemento del sepulcro de Julio II, junto con otras cinco, u otras tres figuras sedentes. Ahora podemos ya recoger esta interpretación antes abandonada, pues nuestro Moisés no se alzará ya airado ni arrojará lejos de sí las tablas. Lo que en él vemos no es la introducción a una acción violenta, sino el residuo de un movimiento ya ejecutado […].[2]

Es decir, Moisés supo controlar su ira en favor de la preservación de la Ley, y de esta manera su mirada de furia contenida, de fuego interior, es símbolo del “Moisés” particular de Freud. Aquí reside, por otra parte, el psicoanálisis, fuera consciente el escultor o no de las implicaciones que tiene la peculiar postura del cuerpo y las tablas. ¿Sería concebible el Moisés sin la brillante capacidad de su autor, sin sus circunstancias especiales, que le hacen ser quien es y esculpir la obra que esculpe? Y del mismo modo, ¿no es una obra de arte la interpretación, subjetiva a su vez, que hace Freud del Moisés? Así, tenemos a un sujeto enigmático, aparecido en el Éxodo, a otro sujeto que especula sobre el primero en forma de imagen, y a otro que interpreta al especulador. ¿No se ve ahora la grandeza del Arte, que de los enigmas produce genialidades, y de los hechos históricos elabora concepciones de la vida y el ser humano? ¿No se ve, por otra parte, cómo ni en el Éxodo, ni en el Moisés de Miguel Ángel, ni en el ensayo de Freud, prevalece ningún prejuicio objetivo sobre el Arte, y sin embargo, pocos dudarían de lo genuinamente artístico de las tres obras?
No me explico, pues, cómo ha habido teóricos tan osados para intentar apresar al Arte, reprimir lo que tiene de imprevisible en un sistema de preceptos, ya sean estilísticos, de contenido o de cualquier otro tipo. ¿Y por qué es imprevisible el Arte? Porque lo hace el hombre. ¿Y por qué es imprevisible el hombre? En la vida misma tenéis la respuesta.
Para acabar, atendamos a otras palabras de Freud, para representarnos mejor el calibre de su interpretación y lo que ésta significa en el imaginario mosaico, que en mi opinión es, al menos, digno de notarse, puesto que introduce un nuevo rasgo en la misión de Moisés; la represión de lo pasional en virtud de la norma, de la Ley judía:
Más importante que la infidelidad para con el texto sagrado es quizá la transformación introducida por Miguel Angel, según nuestra interpretación, en el carácter de Moisés. Según el testimonio de la tradición. Moisés era un hombre iracundo y sujeto a bruscas explosiones de cólera […] Pero Miguel Angel ha puesto en el sepulcro de Julio II otro Moisés, superior al histórico o tradicional. Ha elaborado el tema de las tablas quebradas y no hace que las quiebre la cólera de Moisés, sino, por el contrario, que el temor de que las tablas se quiebren apacigue tal cólera o, cuando menos, la inhiba en el camino hacia la acción. Con ello ha integrado algo nuevo y sobrehumano en la figura de Moisés, y la enorrne masa corporal y la prodigiosa musculatura de la estatua son tan sólo un medio somático de expresión del más alto rendimiento psíquico posible a un hombre, del vencimiento de las propias pasiones en beneficio de una misión a la que se ha consagrado.[3]





[1] El texto se titula “El Moisés de Miguel Ángel”. FREUD, Sigmund. En Obras Completas, Amorrortu, Buenos Aires: 1981.
[2] Ibídem, pág. 10.
[3] Ibídem, pág. 12.

sábado, 19 de octubre de 2013

UNA REIVINDICACIÓN DE LA FILOSOFÍA
EL “PARAÍSO PERDIDO” Y EL CONSUELO DE LA FILOSOFÍA
La cultura occidental actual es de un marcado sesgo humanista, concretamente del humanismo renacentista (XV-XVI)[1], afirmación que luego justificaremos. Antes de caracterizarlo generalmente, conviene que tracemos una definición (conscientes de lo insatisfactorias y poco consistentes que son las definiciones)[2]: podría decirse como movimiento cultural perteneciente al período del Renacimiento europeo, originado en Italia, que influyó enormemente en todos los ámbitos del saber, la política y la sociedad seculares, y que se basa en un ideal de hombre erudito (capaz de dominar la fortuna), y en una vuelta consciente a la cultura grecorromana de la Antigüedad.
Todos los rasgos que a continuación vamos a exponer, casi nominalmente, tienen un objetivo o trasfondo común, ya comentado en la definición y que verdaderamente fue la aspiración de toda la clase erudita que, realmente, fue la que cargó con el humanismo a sus espaldas (hasta el punto de perjudicarlo, como veremos). Quizás el excesivo temor a la muerte, motivado por el teocentrismo medieval, por el cual Dios era el juez de todos los hombres, sea una causa plausible de esas ansias de dominar la fortuna, de convertir el azar en explicación y el futuro en predicción[3]. Pero, sea como sea, lo primero que apuntamos como rasgo fundamental es el predominio de la vida activa. Todo ser humano se crea para actuar y se va haciendo conforme su actuación, entendiendo actuación en el sentido más inmediato y biográfico del término. Nuestro ser, para decirlo con Ortega, no es sino lo que hace, y por ello la buena actuación nos llevará a ser buenos hombres, buenos humanistas. La virtud moral no se queda en lo unilateral del conocimiento teórico o la praxis impremeditada. Se trata de esa deliberación reflexiva, prudencial, que realza al ser humano y a ese absurdo “hombre de letras” lo convierte en un “hombre”[4] en el pleno sentido de la palabra.
La nostalgia por la cultura grecorromana es un tópico distintivo del humanismo, que consideraba esta época como irrenunciable para ese modelo de hombre. Cualquier intento de sintetizar en unas palabras lo que significaron Grecia y Roma sería temerario e injusto, por lo que nos quedamos con la visión del hombre como ser autónomo y de cuya potencia vital emana la visión del mundo. Esto conlleva una visión decadentista de la época anterior (a la renacentista), es decir, de la Edad Media, a la que consideraban como un auténtico retroceso intelectual, sobre todo por esa súbita subordinación de la razón a la fe, la heteronomía moral a instancias de Dios, el triunfo del monoteísmo cristiano intolerante y represivo, el eclipse de la filosofía y de la ciencia por la teología, etc. Muchos pueden pensar, a raíz de esta mención de la religión, que el culto a la divinidad era algo tan sagrado y practicado en Grecia o Roma (hasta que se oficializa el Cristianismo en la época imperial) como en el Medievo. Es cierto, la religión griega era algo presente y recurrente en todos los aspectos de la vida, pero a favor del mundo clásico se puede aludir perfectamente a una deficiencia marcada de las ciencias naturales con respecto a las medievales. Los antiguos necesitaban justificar los procesos naturales y sus propias incontrolables pasiones de alguna manera, y atribuían poderes sobrenaturales a diversos dioses, tan “humanos”, incoherentes y veleidosos como los propios hombres, que constituían una explicación mítica que satisfacía ese asombro ante la vida. Ya no se trata de un ente todopoderoso, como el medieval, causa y juez de todas las cosas, sino más bien de justificaciones provisionales que iban surgiendo.
No es de extrañar que los humanistas quisieran recuperar la historiografía, ciencia que nos permite saber de dónde venimos y con ello hacer dos cosas: evitar las negligencias del pasado y elaborar una comprensión histórica (que quizás sea la única aceptable) del hombre.
Otro tipo de conciencia que se intentaba difundir era la filológica, como elemento imprescindible para la correcta transmisión del saber, y como exégesis para releer las Escrituras y revisar sus posibles sentidos sesgados o manipulados por la Iglesia. Dominó el latín más que el griego, aunque anhelaban un latín sin la degradación que había sufrido durante la Edad Media y el escolasticismo.
Más que un movimiento intelectual, se trataba de proponer una nueva forma de afrontar la existencia, basada en la erudición y en una moral de caballeros, que por supuesto incluía el dominio de las armas y la caballería. Véase la figura de nuestro gran poeta Garcilaso de la Vega.
Señalemos otro rasgo importante, y que quizá algún ministro pudiera estudiar con detenimiento; el proceso pedagógico llevado a cabo por los humanistas. Creían que su ideal de interdisciplinariedad (lo que parece haber desaparecido por completo de las mal llamadas universidades actuales, donde no es precisamente la universitas de conocimiento lo que abunda), de rigor científico y honestidad moral libre de prejuicios económicos, se podía enseñar, y daban a estos estudios los studia humanitatis, locución apodada por Cicerón tiempo atrás. Lo que reluce aquí, y lo que proponían los malogrados humanistas es un intelectualismo moral, de herencia socrático-platónica, por el cual la ética es un conjunto de convenciones deseables y transferibles. No obstante, el magno proyecto humanístico se perjudicó a sí mismo por sus propias ambiciones, y un exceso de elitismo acabó por completo con la idea de que las masas tomaran parte de las cuestiones filosóficas suscitadas, del progreso científico o de la normativización de las lenguas.
Hubo muchos filósofos y científicos que reaccionaron contra el teocentrismo medieval y que intentaron superar el idealismo platónico de Agustín de Hipona o el aristotelismo de Tomás de Aquino. Un célebre representante de la filosofía renacentista es el mártir Giordano Bruno. El italiano dio un paso decisivo para comprender un antropocentrismo basado en la inmanencia de un alma universal. La transcendencia de Dios es negada por el simple hecho de que, como ocurre en el monismo bruniano, potencia activa (forma o alma universal) ha de ser una misma cosa con la pasiva (materia), su relación es interna y por tanto es imposible la existencia de un Dios transcendente.
La creencia de los filósofos no recaía en un Dios alejado y omnipotente, como pudiera parecer por la tosca propagación que ha tenido el cristianismo a nivel social. Ese Dios en que creían se asociaba a algo mucho más humano, mucho más nuestro. Esta peculiaridad del género humano no es otra que la voluntad, constante y eterna, de saber, de aprehender un mundo que (como sugirió Campanella) es una degradación del “yo”. Dios representa esas ansias de eternidad que están presentes en cada individuo. Este “estar” de esa voluntad de saber, es un “todo” desplegado por la humanidad como potencia activa (forma) de nuestra alma. Y esto es una misma cosa con la potencia pasiva que existe en cada humano de modo distinto.
Podemos incluso ir más allá, para ver hasta qué punto los humanistas achacaban al Medievo esa parálisis intelectual. En el ámbito de la teoría del conocimiento, por ejemplo, sus denuncias están justificadas. El éxtasis místico medieval consistía en una fusión del alma con Dios, hecho que saciaba esa hambre de conocimiento y, por tanto, reducía sus aspiraciones. Por el contrario el proceso que propone Bruno es muy diferente, ya que pone ese descubrimiento de Dios o del alma universal en último término, después de un proceso epistemológico que arenga al conocimiento a querer conocer más.
Pero toda esta larga introducción tiene un propósito, y es justificar la tesis de que nuestra civilización, a día de hoy, en pleno siglo XXI, es de marcado carácter humanista. Y eso que, aunque pueda resultar paradójico, las humanidades ya no tiene el predominio que podríamos suponer a partir de la denominación “humanismo”. No obstante, nuestra cultura tiene el mismo afán, persigue el mismo objetivo que el humanismo, a saber; someter la fortuna bajo la fuerza del hombre virtuoso.
Evidentemente, no es esto todo. Podemos ver otros restos del renacimiento, y para ello viajemos de nuevo al siglo XV, en plena emergencia de la ciencia moderna. A pesar de las discrepancias que la siguiente afirmación ha causado, se percibe en dicha época, por primera vez en la historia, una unidad entre humanidades y ciencias. Muchos pensadores defienden lo contrario, que es en dicho siglo cuando, por un progreso y alcance técnico y científico apabullante, las ciencias adquieren autonomía frente a las humanidades. Pero esto podemos desecharlo sólo con acudir a la actitud (y en muchos casos declaración explícita) de muchos científicos. Newton es un ejemplo, pero quizá el más paradigmático sea Galileo, quien se autodenominaba filósofo. En el fondo se trata de ser coherentes con el saber y con toda filosofía; la Verdad es múltiple y necesita de múltiples métodos. Me parece absurdo hacer una separación entre ciencias y humanidades, lastrando así las aspiraciones del conocimiento exhaustivo de la realidad. Y lo mismo me parece con respecto a la filosofía en concreto, a la que en un acto de simplismo se relega muchas veces al campo de las “letras”, como si los filósofos fueran meros novelistas o poetas. El filósofo afronta la realidad como totalidad, como asunción de lo complejo de ésta y con el coraje que significa encararla en toda su amplitud. Para el amor a las letras ya existe otra disciplina, honorable por supuesto; la filología.
Así es como, generalizando tal vez demasiado, nos encontramos con una escisión injusta entre letras y ciencias. Cierto es que, metidos ineluctablemente en esta dicotomía, las ciencias tienen evidente predominio. En primer lugar, aparte de las estadísticas o la consideración peyorativa de las letras frente a las ciencias, es evidente que la legitimación social, política y económica recae en las segundas. La población ve en el saber científico un instrumento eficiente para ese fin al que aludíamos, el de dominar el destino. Además el sistema capitalista, basado intrínsecamente en el progreso material, tiene a las ciencias como punto de apoyo para, por ejemplo, extraer más productos naturales o servir a un consumo acelerado e inconsciente. Si a esto añadimos que los políticos se aferran a esa idea de progreso para justificar cualquier acción, por muy antipopulista que sea, no es de extrañar que sean las ciencias quienes tengan un valor más alto en la mentalidad de la población.
 No vamos a discutir aquí la evidente capacidad de la ciencia para construir, evitar catástrofes, curar enfermedades… en fin, su eficiencia práctica que la ha convertido en una de las cimas de la mente humana. Pero es que aquí se produce una confusión que nos hace volver la vista atrás. En el origen del humanismo no se consideraba la dominación de la fortuna como la seguridad de la supervivencia o la mejora de la vida a nivel material o de riquezas. Esta dominación llevaba implícita un aspecto mucho más humano y moral; la difícil tarea de la autonomía  de conocer el verdadero valor del hombre, que trasciende a posesiones o progreso industrial. Esto es, realmente, una afirmación de la vida más radical que cualquier otra. Se trata de decir sí al arte, a la música, a la poesía, al pensamiento libre, que son actividades que expresan con sinceridad el desarrollo del hombre, su dionisíaco vagar por la historia.
Hay más cosas que han cambiado desde el renacimiento, y es la nostalgia por una época pasada, la conciencia filológica (poca gente estudia inglés por amor a Shakespeare o a Keats, y toda reivindicación filológica actual es más por una situación de agravio o vestida con una reivindicación cultural, como por ejemplo el problema del catalán) y por supuesto la filosófica, virtudes éstas a las que les imagino un funesto destino. Lo mismo ocurre con la historia, la cual puede atraer a mucha gente como modelo de lo que se debe o no se debe hacer, o como experimento para descubrir otras culturas, pero nunca como valor intrínseco, como ver al hombre a través de su historia.
El caso de la filosofía nos lleva a una más honda reflexión, ya que no hay nada más opuesto a la cultura o pensamiento actual de las “masas” que la filosofía. La cultura consumista que nos rodea, los fugaces medios de des-información, la globalización económica… son un conglomerado de elementos que hacen de la vigente una cultura de lo instantáneo. Las noticias interesan durante un período de tiempo (el que dura de la cocina al ordenador o poco más), luego son obsoletas. Lo imagen, lo chocante, lo inmediato, es lo que triunfa hoy. Todo ello ha causado que dejen de preocuparnos ciertos temas más perennes, que exigen un mínimo de detenimiento, y en estos temas es la filosofía el saber por excelencia. La meditación, la lectura sosegada, ya no son atractivos, hasta el punto de que, como se ha demostrado empíricamente, ya no somos capaces de atender durante más de 10 minutos a una disquisición abstracta.
La paradoja a la que antes aludíamos se acrecenta aún más cuando observamos la colonización progresiva de las ciencias sobre las humanidades. La especialización es el síntoma más claro, o la adopción del método científico por parte de aquéllas.
Después de este análisis con respecto al humanismo y sus vestigios, nos vemos obligados a perfilar de una vez la conclusión de este escrito, que a fin de cuentas no constituye sino una reivindicación de la filosofía como fenómeno posible y deseable hoy en día. La justificación de esto la hemos de buscar observando el contexto social e histórico en que se formula la cuestión, es decir, en esa época apodada “post-modernidad”, uno de cuyos atributos más importantes es el preciado individualismo. Y no sólo gusta de nobleza, sino que es el tesoro más alabado de nuestra sociedad. Si de las humanidades hacemos una concreción, y ponemos nuestros ojos en lo estrictamente filosófico, descubrimos que la mejor forma de preservar ese individualismo, incluso de hacerlo más personal e invulnerable, es ese “amor por la sabiduría”. Porque la filosofía comparte es carácter accesorio del ser humano, y por ello mismo puede ayudar a fortalecerlo. Más aún, la filosofía se nos presenta como diamante en bruto, como valor en sí mismo, porque como todos dicen (y se autocomplacen de hacerlo) la filosofía es inútil, no tiene utilidad. Si presuponemos la utilidad de las ciencias para el progreso, nos queda que éstas son un medio, mientras que la filosofía es un fin. Ahora se plantea la pregunta ¿qué es progreso? Y ante la confusión y sinsentido a que puede llegar una premeditada respuesta autocomplaciente, yo respondo: el progreso tampoco es un fin en sí mismo, porque nunca se satisface, ya que todo progreso aspira a algo más. ¿Qué mejor alago para la filosofía, que se reserva para sí el privilegio de ser un fin para el hombre, ayudando a hacerlo más reflexivo y menos arbitrario?






[1] Diferenciamos éste del latino, promulgado por Cicerón en la Roma clásica, del cristiano, del marxista o del transhumanista.
[2] Creo que para comprender con rigurosidad los conceptos, ya sea el concepto de “historia”, “nación”, “libertad”, lo más adecuado es hacer un análisis histórico del mismo, porque éste nos dará su origen, su evolución y su papel en las distintas culturas. Es ésta, evidentemente, una postura deliberadamente historicista del hombre y de la filosofía. Téngase en cuenta que la definición no hace justicia a lo que son las cosas; las cosas se mueven, cambian, adoptan distintas apariencias conservando su esencia, y la única forma de explicar esto es mediante la descripción realista de ese proceso, mediante verbos, que es la proverbial palabra del movimiento. Las definiciones abundan en adjetivos, pero estos son más ilusorios que realistas. Es lo que hace, como dice Escohotado, cualquier reduccionista o idealista para defender sus tesis.
[3] Esta idea, y algunas otras posteriores como la pervivencia humanista en nuestros ideas y los consiguientes argumentos, están extraídos del trabajo de V. Sanfélix, “¿Cabe la filosofía en una cultura humanista”? En J.I. Galparsoro &X. Insausti (Edts), Pensar la filosofía hoy. Madrid. Plaza y Valdés. 2010.
[4] “Hombre” deriva etimológicamente, aunque no tenga la misma raíz, de la palabra griega άνθρωπος, que significa “individuo del género humano”. Los latinos, con los cuales sí compartimos la raíz, la tradujeron por homo sin perjuicio del significado. Por tanto, quedan fuera de lugar reivindicaciones feministas ante un uso, no sólo válido, sino justificado históricamente, del lenguaje.

lunes, 24 de junio de 2013

LA EXPRESIÓN LITERARIA Y EL FIN DEL MUNDO
La “cólera”. Es esta la primera palabra de la literatura universal. Estoy persuadido de que durante los miles de versos que restaban a la Ilíada, Homero (o quien la escribiera) no pensó ni un solo segundo en explicarse. Simplemente quería expresarse. Resulta curioso que con esa simple expresión se estableciera el inicio, la base, el fondo, el suelo del gigantesco edificio en que se ha convertido nuestra cultura occidental. La lectura es creación y re-creación. Complementariamente, la escritura es expresión, precedida naturalmente de creación. El escritor no ha de intentar explicarse, su trabajo, sus deudas y sus dones han de limitarse a su pura expresión. Sobran, pues, las perogrulladas o las explicaciones palmarias. Y esto es aplicable tanto al prosista como al poeta, incluso al ensayista. Los grandes escritores se han explicado poco, porque con sus palabras bastaba. Véase, si no, la obra de Nietzsche o la de cualquier buen poeta.
Expuestas estas latas premisas, voy a intentar transmitir un pensamiento que, de golpe y sin esperarlo, se ha cernido sobre mis divagaciones. Voy a intentar, con mejor o peor fortuna, “expresarlo”. Además, lo voy a hacer con la esperanza de que estas palabras no queden escuetas ni prolijas, de que lo que pueda expresar se acerque en el mayor grado posible a lo que quiero expresar.
Tumbado sobre la cama, me adviene el nefasto pensamiento. Ya había pensado muchas veces en la terrible situación que significaría una ausencia universal de libros, de literatura, de filosofía… dejándome esto sumamente perplejo. Porque no tengo noticia de ningún modo de saber mejor qué es el hombre, qué es eso que se dice su “alma”, su personalidad, que la cultura literaria en su amplio concepto. ¿Qué ocurriría si todos fuésemos maquinas pre-fijadas, o no pre-fijadas, que vagáramos por la vida con el único objetivo de la supervivencia (que no es nimio), o de la explotación económica, por ejemplo? Esto equivale a interrogar: ¿qué pasaría si los seres humanos no aceptásemos la apuesta por el cambio? Porque, ¿qué es la literatura, si no una apasionada apuesta por el cambio? La invariabilidad de la opinión es lo que hace a las sociedades cerradas y, por ende, retrógradas. Y ese carácter estático del pensamiento se debe a una causa filosófica muy profunda; la creencia en la unidad del ser. La buena literatura es la que tiene conciencia de cambio, la que, por esto mismo, comprende mejor al hombre y a sus intrínsecas vicisitudes. El hombre es un ser que tiene por esencia, precisamente, el no tener esencia. Su sentido es el cambio, la “imprevisibilidad”. Sin este rasgo distintivo no existiría la Historia. Estamos hechos de historia, porque la historia narra el cambio social y los hombres son esencialmente cambio.
Aventuremos ahora una paradoja, pudiéndola calificar de apocalíptica en su más leve vituperio. Imaginemos que llega un día en que, por un designio inaccesible de los hados, o por una decisión consciente de los hombres, se decreta la extinción de la raza humana. El mundo, con sus populosas poblaciones, con sus culturas esparcidas de polo a polo, con su naturaleza gloriosa y cantada por los poetas, con los incontables misterios que acoge el planeta tierra. Lo primero que se nos ocurre es trazar una hercúlea elegía para llorar todo lo perdido, para denunciar la sordidez que asolaría nuestro hábitat común, en fin, para dejar una merecida huella sobre el género humano.
Reconozcamos que tal elucubración tiene su encanto. Uno puede llegar a estremecerse temiendo que algún día una comisión internacional o algo por el estilo decrete el fin de nuestros días. Pero, entre esta consternación (o estos sollozos para los más sensibles), hagamos un esfuerzo por pensar qué significaría realmente tal acontecimiento. No sé lo que diría un positivista al estilo Hobbes o Stuart Mill, posiblemente se complacerían pensando que el mundo, en tanto masa tangible formada por corteza, núcleo o fuerzas magnéticas, seguiría existiendo ajeno a la intervención humana. Pero presiento cuál sería la reacción de un idealista. Sencillamente, si desaparece el género humano, desaparece “necesariamente”, ipso facto, la Tierra. Y como la Tierra, el sol, todos los demás planetas, las estrellas, la Vía Láctea y el Universo todo. En efecto, si hacemos una laxa descripción del idealismo, podemos afirmar que postula una realidad desprendida de la imaginación del sujeto, de su “yo”. Así pues, todo es producto de su pensamiento, de sus “ideas”. Siempre me he atormentado por qué será ese “yo” del idealista, que al fin y al cabo lo es todo porque de él sale todo. Pero al igual que “yo” lo soy todo, “tú” también lo eres todo, y dos “todos” son difícilmente compaginables. Siempre nos queda la opción de confiar en que “tú” y tu “todo” sea el producto de mi imaginación, y “yo” y mi “todo” lo sea de la tuya.

Un universo que no existe, porque ya no existe quien lo piense. Esto es, en resumen, lo que nos queda. Qué drama. Con qué facilidad podría el mundo desaparecer y volver a ese nihil espantoso. Sea como fuere, propongo lo siguiente: ¿y si el mundo ha desaparecido ya, y sólo existe un “yo” ultra-perpetuo que piensa al “yo” que pensaba al mundo?

lunes, 22 de abril de 2013


EN TORNO A JESÚS DE NAZARET
     El hecho de la existencia de Jesús de Nazaret, aún poniendo en tela de juicio tantos datos biográficos como se presten a debate, creo que es indudable.[1] Sobre la fiabilidad de las pruebas se podría hablar largamente, pero no es asunto que ahora nos incumba. Aceptando estas premisas, vamos a suponer, porque de hecho lo creemos (yo al menos lo creo), que Jesús de Nazaret existió. Al igual que supongo, dicho sea de paso, que Platón, Alejandro Magno, Carlos V o Schopenhauer existieron.
     Cuando se aborda el alambicado tema de “la búsqueda del Jesús histórico” se clama hasta llegar a la histeria una dosis imparcial de objetividad, un tratar el tema con el máximo rigor histórico. Esto, en el caso de Jesús, conlleva tratar su vida al margen de cualquier relación con la religión cristiana, porque se supone que ésta tiene una visión determinada y dogmática sobre su figura, y por ende todo cristiano la tendrá igualmente. Parecería una contradicción pedir objetividad, y al mismo tiempo observar el tema desde una postura dogmática. Yo creo que no es en absoluto contradictorio. ¿Cómo abordar la figura de Jesús sin tener en cuenta su aspecto religioso? De hecho si Jesús no hubiera pensado lo que pensó ni hubiera dicho lo que dijo, dudo que dos milenios después un servidor estuviera perdiendo el tiempo consternándose sobre su figura.
     Se tienen muchas reticencias con los evangelios canónicos porque su redacción implicó sin duda una visión subjetiva y por efecto teológica de la vida de Jesús. Mateo, Marcos, Lucas y Juan afirmaban con toda rotundidad que Jesús era el Hijo de Dios elegido y enviado para realizar la redención universal. Lo que ocurre es que esta hipótesis, la secundemos o no (dato que creo bastante baladí), es la que defendía el propio Jesús. Entre sus múltiples aforismos destacan sus sentencias sobre su origen divino, sobre su Padre todopoderoso. Es, dadas las circunstancias, necesario abordar el proceso del Jesús histórico desde esta base, que Jesús era el Hijo del Padre. Porque sin ello no se entiende nada. El comportamiento de Jesús no es nada sin este fundamento. Dicho esto, el ateo, el creyente, el agnóstico o el indeciso en estas lides divinas, todos han de hacer un esfuerzo intelectual e imaginar a un Jesús divino y redentor.
     Y ahora que hemos hecho referencia a ello, no nos escondamos. Afrontemos el tema, morboso y apasionante, de la estrecha (o ancha) diferencia entre un ateo y un creyente. Lo primero que hemos de decir es que vamos a hacerlo des del punto de vista del cristianismo, para no complicar más aún la cuestión. Digamos que hay dos rasgos sobre la persona de Jesús que creo marcan esa diferencia; el que fuera de naturaleza divina y el que resucitara. Porque todo lo demás puede derivarse de estas dos afirmaciones. En consecuencia, el ateo, en sentido estricto de la palabra y en relación a Jesús, es el que no cree en ello. Haciendo un pequeño paréntesis, considero que aquí nos encontramos con el gran error del cristianismo, a saber: pretender elevar a dogma estos hechos que no superan el mero mito o la leyenda. El cristianismo tendría más fuerza de persuasión si presentara estos hechos como metáforas de un poder divino, pero no como hechos indudables. De hecho la religión griega asumía en cierta manera el marcado carácter mitológico de sus divinidades y sus relatos mágicos La divinidad es un sentimiento fervorosamente subjetivo del ser humano en tanto ser individual. La pretensión de hacer de la divinidad carne, de llevar a Dios al mundo, es tan osada como irreverente. Osada por ilógica. Irreverente por menospreciar al ser humano. Porque el ser humano ya tiene a su Dios dentro de él mismo. Dejemos que lo busque y lo alimente. Pero el cristianismo nos quiere vender un Dios ya hecho, acabado, con su ideología moral de abnegación y humillación hacia uno mismo.
     A pesar de todo esto, la figura de Jesús me parece de las más interesantes y enigmáticas del mundo antiguo. En el caso de que fueran ciertas todas las historias que se cuentan de él (los milagros, las curaciones mágicas, los exorcismos, su magna resurrección, su posible naturaleza divina o sus poderes sobrehumanos) nuestra admiración por el tema estaría justificada. Pero es que no es menos enigmática, en el caso de que su leyenda no fuera cierta, la causa de tanta profecía en nombre de Dios, de tantos oráculos que aseguraban la llegada de un Mesías, de tanto fervor que (según las Escrituras, destapó Jesús por Palestina). Incluso el rey Herodes Antipas quiso ir a conocer al que describían como el Elegido, el Ungido (Cristo) por Dios. A mí, personalmente, me inquieta hasta términos indecibles el porqué de todo este “mundo mágico” que se creó en torno a su figura. No estamos hablando de un profeta alocado que lanza una revelación y queda en el olvido. La tradición cristiana nos muestra gran cantidad de profetas que hablaron claro sobre sus supuestas revelaciones divinas. Por ejemplo, la famosa profecía que dice:
 He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo,
y le pondrán por nombre Emmanuel…
Y tú, Belén, tierra de Judá,
no eres, no, la menor entre los principales clanes de Judá;
porque de ti saldrá un caudillo
que apacentará a mi pueblo Israel.
Aquí el profeta anuncia tres cosas: que tendrá lugar una concepción inmaculada, que el lugar será Belén de Judea, y que el recién nacido será “alguien especial”. Luego, según nos narran los cuatro evangelios (con evidente y reseñable parcialidad, ya que los evangelistas tenía el único objeto de glorificar la figura de Jesús en tanto divina y enviada por Dios, por tanto no tenían una visión imparcial), Jesús nació por obra del Espíritu Santo en María, supuestamente en la aldea de Belén, y llegó a ser un líder espiritual para lo que en aquellos tiempos era una secta cristiana dentro del judaísmo. Aquí tenemos que lo dicho por un profeta, es secundado siglos después por unos evangelistas. Insisto, si todo lo sobrenatural que se nos cuenta no ocurrió y es una gran mentira, ¿qué motivación llevaría a esos evangelistas (y a muchos otros) a preocuparse por redactar unos escritos, indagando en numerosas fuentes y luchando por su pronta difusión? ¿Qué tendría el mensaje cristiano, que hizo, siglo tras siglo, a una proliferación incontable de creyentes amparar y difundir unas ideas racionalmente discutibles?
     Toda esta historia comienza en el Génesis, que según la tradición es un libro de inspiración divina. Después de milenios, el mensaje no se ha perdido. De hecho el mensaje ha creado la religión más seguida de la historia. Desde la Tierra Prometida a Abraham, en un relato donde se mezcla leyenda e historicidad, hasta hoy. Porque al final no se trata de ser o no creyente. Considero que el encanto de todo esto es meditar la causa de por qué el alma humana es capaz de seguir con tanto entusiasmo una doctrina revelada, y difundirla siglo tras siglo hasta hacerla universal.


[1] Aún así, no es ilícito adoptar la postura radicalmente escéptica de que todo lo ocurrido antes de un “ahora”, que por tanto uno no ha visto, puede no haber ocurrido, por tanto no existe nada sino un presente. Ésta es una postura divertida sobre el concepto de “historia”, pero ahora, poniéndonos un poco prácticos (que no serios), hemos de aceptar como real todos los acontecimientos históricos de que tengamos alguna prueba fehaciente.