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sábado, 19 de octubre de 2013

UNA REIVINDICACIÓN DE LA FILOSOFÍA
EL “PARAÍSO PERDIDO” Y EL CONSUELO DE LA FILOSOFÍA
La cultura occidental actual es de un marcado sesgo humanista, concretamente del humanismo renacentista (XV-XVI)[1], afirmación que luego justificaremos. Antes de caracterizarlo generalmente, conviene que tracemos una definición (conscientes de lo insatisfactorias y poco consistentes que son las definiciones)[2]: podría decirse como movimiento cultural perteneciente al período del Renacimiento europeo, originado en Italia, que influyó enormemente en todos los ámbitos del saber, la política y la sociedad seculares, y que se basa en un ideal de hombre erudito (capaz de dominar la fortuna), y en una vuelta consciente a la cultura grecorromana de la Antigüedad.
Todos los rasgos que a continuación vamos a exponer, casi nominalmente, tienen un objetivo o trasfondo común, ya comentado en la definición y que verdaderamente fue la aspiración de toda la clase erudita que, realmente, fue la que cargó con el humanismo a sus espaldas (hasta el punto de perjudicarlo, como veremos). Quizás el excesivo temor a la muerte, motivado por el teocentrismo medieval, por el cual Dios era el juez de todos los hombres, sea una causa plausible de esas ansias de dominar la fortuna, de convertir el azar en explicación y el futuro en predicción[3]. Pero, sea como sea, lo primero que apuntamos como rasgo fundamental es el predominio de la vida activa. Todo ser humano se crea para actuar y se va haciendo conforme su actuación, entendiendo actuación en el sentido más inmediato y biográfico del término. Nuestro ser, para decirlo con Ortega, no es sino lo que hace, y por ello la buena actuación nos llevará a ser buenos hombres, buenos humanistas. La virtud moral no se queda en lo unilateral del conocimiento teórico o la praxis impremeditada. Se trata de esa deliberación reflexiva, prudencial, que realza al ser humano y a ese absurdo “hombre de letras” lo convierte en un “hombre”[4] en el pleno sentido de la palabra.
La nostalgia por la cultura grecorromana es un tópico distintivo del humanismo, que consideraba esta época como irrenunciable para ese modelo de hombre. Cualquier intento de sintetizar en unas palabras lo que significaron Grecia y Roma sería temerario e injusto, por lo que nos quedamos con la visión del hombre como ser autónomo y de cuya potencia vital emana la visión del mundo. Esto conlleva una visión decadentista de la época anterior (a la renacentista), es decir, de la Edad Media, a la que consideraban como un auténtico retroceso intelectual, sobre todo por esa súbita subordinación de la razón a la fe, la heteronomía moral a instancias de Dios, el triunfo del monoteísmo cristiano intolerante y represivo, el eclipse de la filosofía y de la ciencia por la teología, etc. Muchos pueden pensar, a raíz de esta mención de la religión, que el culto a la divinidad era algo tan sagrado y practicado en Grecia o Roma (hasta que se oficializa el Cristianismo en la época imperial) como en el Medievo. Es cierto, la religión griega era algo presente y recurrente en todos los aspectos de la vida, pero a favor del mundo clásico se puede aludir perfectamente a una deficiencia marcada de las ciencias naturales con respecto a las medievales. Los antiguos necesitaban justificar los procesos naturales y sus propias incontrolables pasiones de alguna manera, y atribuían poderes sobrenaturales a diversos dioses, tan “humanos”, incoherentes y veleidosos como los propios hombres, que constituían una explicación mítica que satisfacía ese asombro ante la vida. Ya no se trata de un ente todopoderoso, como el medieval, causa y juez de todas las cosas, sino más bien de justificaciones provisionales que iban surgiendo.
No es de extrañar que los humanistas quisieran recuperar la historiografía, ciencia que nos permite saber de dónde venimos y con ello hacer dos cosas: evitar las negligencias del pasado y elaborar una comprensión histórica (que quizás sea la única aceptable) del hombre.
Otro tipo de conciencia que se intentaba difundir era la filológica, como elemento imprescindible para la correcta transmisión del saber, y como exégesis para releer las Escrituras y revisar sus posibles sentidos sesgados o manipulados por la Iglesia. Dominó el latín más que el griego, aunque anhelaban un latín sin la degradación que había sufrido durante la Edad Media y el escolasticismo.
Más que un movimiento intelectual, se trataba de proponer una nueva forma de afrontar la existencia, basada en la erudición y en una moral de caballeros, que por supuesto incluía el dominio de las armas y la caballería. Véase la figura de nuestro gran poeta Garcilaso de la Vega.
Señalemos otro rasgo importante, y que quizá algún ministro pudiera estudiar con detenimiento; el proceso pedagógico llevado a cabo por los humanistas. Creían que su ideal de interdisciplinariedad (lo que parece haber desaparecido por completo de las mal llamadas universidades actuales, donde no es precisamente la universitas de conocimiento lo que abunda), de rigor científico y honestidad moral libre de prejuicios económicos, se podía enseñar, y daban a estos estudios los studia humanitatis, locución apodada por Cicerón tiempo atrás. Lo que reluce aquí, y lo que proponían los malogrados humanistas es un intelectualismo moral, de herencia socrático-platónica, por el cual la ética es un conjunto de convenciones deseables y transferibles. No obstante, el magno proyecto humanístico se perjudicó a sí mismo por sus propias ambiciones, y un exceso de elitismo acabó por completo con la idea de que las masas tomaran parte de las cuestiones filosóficas suscitadas, del progreso científico o de la normativización de las lenguas.
Hubo muchos filósofos y científicos que reaccionaron contra el teocentrismo medieval y que intentaron superar el idealismo platónico de Agustín de Hipona o el aristotelismo de Tomás de Aquino. Un célebre representante de la filosofía renacentista es el mártir Giordano Bruno. El italiano dio un paso decisivo para comprender un antropocentrismo basado en la inmanencia de un alma universal. La transcendencia de Dios es negada por el simple hecho de que, como ocurre en el monismo bruniano, potencia activa (forma o alma universal) ha de ser una misma cosa con la pasiva (materia), su relación es interna y por tanto es imposible la existencia de un Dios transcendente.
La creencia de los filósofos no recaía en un Dios alejado y omnipotente, como pudiera parecer por la tosca propagación que ha tenido el cristianismo a nivel social. Ese Dios en que creían se asociaba a algo mucho más humano, mucho más nuestro. Esta peculiaridad del género humano no es otra que la voluntad, constante y eterna, de saber, de aprehender un mundo que (como sugirió Campanella) es una degradación del “yo”. Dios representa esas ansias de eternidad que están presentes en cada individuo. Este “estar” de esa voluntad de saber, es un “todo” desplegado por la humanidad como potencia activa (forma) de nuestra alma. Y esto es una misma cosa con la potencia pasiva que existe en cada humano de modo distinto.
Podemos incluso ir más allá, para ver hasta qué punto los humanistas achacaban al Medievo esa parálisis intelectual. En el ámbito de la teoría del conocimiento, por ejemplo, sus denuncias están justificadas. El éxtasis místico medieval consistía en una fusión del alma con Dios, hecho que saciaba esa hambre de conocimiento y, por tanto, reducía sus aspiraciones. Por el contrario el proceso que propone Bruno es muy diferente, ya que pone ese descubrimiento de Dios o del alma universal en último término, después de un proceso epistemológico que arenga al conocimiento a querer conocer más.
Pero toda esta larga introducción tiene un propósito, y es justificar la tesis de que nuestra civilización, a día de hoy, en pleno siglo XXI, es de marcado carácter humanista. Y eso que, aunque pueda resultar paradójico, las humanidades ya no tiene el predominio que podríamos suponer a partir de la denominación “humanismo”. No obstante, nuestra cultura tiene el mismo afán, persigue el mismo objetivo que el humanismo, a saber; someter la fortuna bajo la fuerza del hombre virtuoso.
Evidentemente, no es esto todo. Podemos ver otros restos del renacimiento, y para ello viajemos de nuevo al siglo XV, en plena emergencia de la ciencia moderna. A pesar de las discrepancias que la siguiente afirmación ha causado, se percibe en dicha época, por primera vez en la historia, una unidad entre humanidades y ciencias. Muchos pensadores defienden lo contrario, que es en dicho siglo cuando, por un progreso y alcance técnico y científico apabullante, las ciencias adquieren autonomía frente a las humanidades. Pero esto podemos desecharlo sólo con acudir a la actitud (y en muchos casos declaración explícita) de muchos científicos. Newton es un ejemplo, pero quizá el más paradigmático sea Galileo, quien se autodenominaba filósofo. En el fondo se trata de ser coherentes con el saber y con toda filosofía; la Verdad es múltiple y necesita de múltiples métodos. Me parece absurdo hacer una separación entre ciencias y humanidades, lastrando así las aspiraciones del conocimiento exhaustivo de la realidad. Y lo mismo me parece con respecto a la filosofía en concreto, a la que en un acto de simplismo se relega muchas veces al campo de las “letras”, como si los filósofos fueran meros novelistas o poetas. El filósofo afronta la realidad como totalidad, como asunción de lo complejo de ésta y con el coraje que significa encararla en toda su amplitud. Para el amor a las letras ya existe otra disciplina, honorable por supuesto; la filología.
Así es como, generalizando tal vez demasiado, nos encontramos con una escisión injusta entre letras y ciencias. Cierto es que, metidos ineluctablemente en esta dicotomía, las ciencias tienen evidente predominio. En primer lugar, aparte de las estadísticas o la consideración peyorativa de las letras frente a las ciencias, es evidente que la legitimación social, política y económica recae en las segundas. La población ve en el saber científico un instrumento eficiente para ese fin al que aludíamos, el de dominar el destino. Además el sistema capitalista, basado intrínsecamente en el progreso material, tiene a las ciencias como punto de apoyo para, por ejemplo, extraer más productos naturales o servir a un consumo acelerado e inconsciente. Si a esto añadimos que los políticos se aferran a esa idea de progreso para justificar cualquier acción, por muy antipopulista que sea, no es de extrañar que sean las ciencias quienes tengan un valor más alto en la mentalidad de la población.
 No vamos a discutir aquí la evidente capacidad de la ciencia para construir, evitar catástrofes, curar enfermedades… en fin, su eficiencia práctica que la ha convertido en una de las cimas de la mente humana. Pero es que aquí se produce una confusión que nos hace volver la vista atrás. En el origen del humanismo no se consideraba la dominación de la fortuna como la seguridad de la supervivencia o la mejora de la vida a nivel material o de riquezas. Esta dominación llevaba implícita un aspecto mucho más humano y moral; la difícil tarea de la autonomía  de conocer el verdadero valor del hombre, que trasciende a posesiones o progreso industrial. Esto es, realmente, una afirmación de la vida más radical que cualquier otra. Se trata de decir sí al arte, a la música, a la poesía, al pensamiento libre, que son actividades que expresan con sinceridad el desarrollo del hombre, su dionisíaco vagar por la historia.
Hay más cosas que han cambiado desde el renacimiento, y es la nostalgia por una época pasada, la conciencia filológica (poca gente estudia inglés por amor a Shakespeare o a Keats, y toda reivindicación filológica actual es más por una situación de agravio o vestida con una reivindicación cultural, como por ejemplo el problema del catalán) y por supuesto la filosófica, virtudes éstas a las que les imagino un funesto destino. Lo mismo ocurre con la historia, la cual puede atraer a mucha gente como modelo de lo que se debe o no se debe hacer, o como experimento para descubrir otras culturas, pero nunca como valor intrínseco, como ver al hombre a través de su historia.
El caso de la filosofía nos lleva a una más honda reflexión, ya que no hay nada más opuesto a la cultura o pensamiento actual de las “masas” que la filosofía. La cultura consumista que nos rodea, los fugaces medios de des-información, la globalización económica… son un conglomerado de elementos que hacen de la vigente una cultura de lo instantáneo. Las noticias interesan durante un período de tiempo (el que dura de la cocina al ordenador o poco más), luego son obsoletas. Lo imagen, lo chocante, lo inmediato, es lo que triunfa hoy. Todo ello ha causado que dejen de preocuparnos ciertos temas más perennes, que exigen un mínimo de detenimiento, y en estos temas es la filosofía el saber por excelencia. La meditación, la lectura sosegada, ya no son atractivos, hasta el punto de que, como se ha demostrado empíricamente, ya no somos capaces de atender durante más de 10 minutos a una disquisición abstracta.
La paradoja a la que antes aludíamos se acrecenta aún más cuando observamos la colonización progresiva de las ciencias sobre las humanidades. La especialización es el síntoma más claro, o la adopción del método científico por parte de aquéllas.
Después de este análisis con respecto al humanismo y sus vestigios, nos vemos obligados a perfilar de una vez la conclusión de este escrito, que a fin de cuentas no constituye sino una reivindicación de la filosofía como fenómeno posible y deseable hoy en día. La justificación de esto la hemos de buscar observando el contexto social e histórico en que se formula la cuestión, es decir, en esa época apodada “post-modernidad”, uno de cuyos atributos más importantes es el preciado individualismo. Y no sólo gusta de nobleza, sino que es el tesoro más alabado de nuestra sociedad. Si de las humanidades hacemos una concreción, y ponemos nuestros ojos en lo estrictamente filosófico, descubrimos que la mejor forma de preservar ese individualismo, incluso de hacerlo más personal e invulnerable, es ese “amor por la sabiduría”. Porque la filosofía comparte es carácter accesorio del ser humano, y por ello mismo puede ayudar a fortalecerlo. Más aún, la filosofía se nos presenta como diamante en bruto, como valor en sí mismo, porque como todos dicen (y se autocomplacen de hacerlo) la filosofía es inútil, no tiene utilidad. Si presuponemos la utilidad de las ciencias para el progreso, nos queda que éstas son un medio, mientras que la filosofía es un fin. Ahora se plantea la pregunta ¿qué es progreso? Y ante la confusión y sinsentido a que puede llegar una premeditada respuesta autocomplaciente, yo respondo: el progreso tampoco es un fin en sí mismo, porque nunca se satisface, ya que todo progreso aspira a algo más. ¿Qué mejor alago para la filosofía, que se reserva para sí el privilegio de ser un fin para el hombre, ayudando a hacerlo más reflexivo y menos arbitrario?






[1] Diferenciamos éste del latino, promulgado por Cicerón en la Roma clásica, del cristiano, del marxista o del transhumanista.
[2] Creo que para comprender con rigurosidad los conceptos, ya sea el concepto de “historia”, “nación”, “libertad”, lo más adecuado es hacer un análisis histórico del mismo, porque éste nos dará su origen, su evolución y su papel en las distintas culturas. Es ésta, evidentemente, una postura deliberadamente historicista del hombre y de la filosofía. Téngase en cuenta que la definición no hace justicia a lo que son las cosas; las cosas se mueven, cambian, adoptan distintas apariencias conservando su esencia, y la única forma de explicar esto es mediante la descripción realista de ese proceso, mediante verbos, que es la proverbial palabra del movimiento. Las definiciones abundan en adjetivos, pero estos son más ilusorios que realistas. Es lo que hace, como dice Escohotado, cualquier reduccionista o idealista para defender sus tesis.
[3] Esta idea, y algunas otras posteriores como la pervivencia humanista en nuestros ideas y los consiguientes argumentos, están extraídos del trabajo de V. Sanfélix, “¿Cabe la filosofía en una cultura humanista”? En J.I. Galparsoro &X. Insausti (Edts), Pensar la filosofía hoy. Madrid. Plaza y Valdés. 2010.
[4] “Hombre” deriva etimológicamente, aunque no tenga la misma raíz, de la palabra griega άνθρωπος, que significa “individuo del género humano”. Los latinos, con los cuales sí compartimos la raíz, la tradujeron por homo sin perjuicio del significado. Por tanto, quedan fuera de lugar reivindicaciones feministas ante un uso, no sólo válido, sino justificado históricamente, del lenguaje.

lunes, 29 de abril de 2013


SOBRE LA RELIGIÓN
Y los que digan que esto no les preocupa nada, o mienten o son unos estúpidos, unas almas de corcho, unos desgraciados que no viven, porque vivir es anhelar la vida eternaMIGUEL DE UNAMUNO.

En esta disertación me propongo hablar de ese término tan difuso, debatido y problemático, que es nada y más y nada menos que la “religión”. Y voy a hacerlo desde una doble perspectiva. Primero ensayaré mi humilde visión sobre el tema. Luego haré una reivindicación a nivel social y político.

Siempre es difícil hablar de conceptos tan omnímodos. No sólo la historia del concepto “religión” se extiende hasta cotas que ahora mismo mi mente no alcanza, sino que su dimensión moral y abarcadora de tantas connotaciones sociales, políticas o filosóficas dificulta un trato limpio con el término. Afrontando este duro reto, y no sin cierta libertad premeditada, voy a exponer unos ligeros trazos de mi opinión al respecto.
Entiendo la religión como una dimensión moral. Pero no una dimensión cualquiera. Como su propio nombre indica, la religión nos hace estar “re-ligados” a algo, nos hace estar indisolublemente anclados a algo. A lo que nos re-liga es a nuestra transcendencia. Por el mero hecho (que no es baladí, ni mucho menos) de saberse existir, el hombre acepta la existencia de un hado, inaprensible a priori, que no puede aprehender, que le excede. Dudo mucho que haya una sola persona que no haya cavilado nunca su existir, preguntándose y consternándose acerca de la existencia de un ente que haya podido, si no crear, al menos subyacer a todo “ser” humano. Nótese que lo que estoy utilizando aquí por “transcendencia” es mucho más sencillo que lo postulado tradicionalmente en la escuela filosófica. Giordano Bruno negó la transcendencia divina, pero no me refiero a la transcendencia o inmanencia de un Dios (tema muy sugerente a tratar). Me refiero con transcendencia a algo cotidiano, casi trivial; al mundanal hecho de que todos nos preguntamos alguna vez, unos más lúcidamente que otros, por un “porqué” radical, una causa primera; algo que nos transciende.
Pues bien, la religión cumple ese ámbito reflexivo del ser humano. El cristianismo nos vincula a un Dios omnipotente y providencialista, y lo hace afirmando nuestra condición de “pecadores”. La discusión reside en el nivel de humanización de ese Dios. Sin duda, la idea de un alma universal que se despliega por todas las almas individuales, y que no es ella sin ellas, y que nos conforma hasta el punto de que somos más suyos que nuestros, no parece descabellada. Al contrario, me parece muy oportuna y elegante. Ahora sí que cabe resurgir a Bruno de sus cenizas; como ya he dicho, su idea de la inmanencia divina es de lo mejor que ha producido el Cristianismo (obviando ahora a San Agustín). No menciono el Judaísmo ni la religión musulmana, que en este sentido monoteísta y transcendente son similares al Cristianismo. Allá en el oriente no es menos destacable el Budismo, doctrina mucho más naturalista, aunque comparte con el Cristianismo ese carácter transcendente.
Lo que yo deseo es una mayor amplitud de miras con la religión, es decir, no limitar su ámbito al carácter divino o litúrgico, palabras demasiado cargadas de tradición peyorativa. Todos somos, en cierto sentido, religiosos. El hacer de ese desprecio a la religión un revulsivo social, o una virtud a nivel personal, me parece detestable. Una falta de pensamiento crítico. Moviéndome ahora en sensaciones personales, digo que detesto el típico ateo estúpido y engreído, tanto o más como el ministro que pretende hacer de la religión un adoctrinamiento social.
Hilando con esto último, es momento de hacer esa reivindicación antes referida. Más que una reivindicación, una denuncia. No son pocas las voces que piden un estado laico, una separación absoluta entre política y religión e incluso una disolución de las prácticas religiosas en lugares públicos. Secundando todas esas ideas, que acaso me satisfacen, quiero ir un poco más allá. Me propongo llegar al fondo de la cuestión.[1]
Toda religión propone una doctrina moral, encaminada a la vida de los individuos, con el fin de mejorarlas y hacerlas éticamente buenas. Esto creo que es indiscutible y basta de poca argumentación. Pero otra cosa que las religiones postulan es (y mucha gente lo olvida) una cosmogonía y una visión del mundo. El Cristianismo, por seguir con el mismo ejemplo, afirma que Dios es la causa primera y que lo que había antes de él es incuestionable puesto que él es lo primero y lo último. Además, de su providencia depende el resto de la humanidad de modo determinista. En una palabra, para los cristianos somos marionetas de Dios (caricaturizando un poco la cuestión) y nuestra conducta no responde a otras motivaciones que al dictamen divino. La historia es una redención del carácter pecador de todo lo humano, y el día del Juicio Final todo será devuelto al señorío y la totalidad de Dios, que lo es todo y en todo está. Esto que acabo de describir es una visión del mundo que abarca su origen, su decurso y su fin. Pero es “una” particular y, por supuesto, cuestionable. Hay muchísimas cosmologías. La ciencia la intenta desde un punto de vista puramente natural, mientras que las religiones lo hacen apelando a lo divino o sobrenatural.
El error en que incurren la mayoría de los Estados actuales es convertir esas cosmologías (el ejemplo más claro es la religión musulmana, en menor medida el Cristianismo), que son opcionales, en doctrinas inapelables para la educación. Los niños son seres sorprendidos constantemente con el mundo y sus misterios. Tienen una capacidad imaginativa sin límites y lo más importante; son flexibles en sus pensamientos. Conforme avanza la edad se hacen (nos hacemos) menos imaginativos y más dogmáticos. Pocas cosas hay tan miserables y crueles como negar a los niños esas inquietudes. Porque la religión cristiana (ahora concreto) es una teoría del cosmos, acabada y refrendada por dos mil años de historia, que solventa esas preguntas de los niños. No digo que el Cristianismo sea una mala propuesta (eso ni lo sé ni creo que sea importante), lo que denuncio es que se eche a perder esa fuente de imaginación que son los niños, adoctrinándolos de manera patética  con las Sagradas Escrituras. Eso ya tendrán tiempo de descubrirlo, cuando aclaren su pensamiento (si es que eso se puede aclarar) y tengan la capacidad de elegir qué les conviene más en su vida.
Por esta razón defiendo el estado laico. La educación es la creación de nuestro destino. Si la enfocamos con una pronta negación de lo que más nos inquieta, no nos queda más que dogmatismo y extremismos religiosos.




[1] Podría decirse que voy a tratar el tema de modo filosófico. Me gustaría dejar claro lo que entiendo por filosofía, porque creo que no hay término más ambiguo en el lenguaje castellano (si no en todo lenguaje existente). Lo que entiendo por filosofía es un saber radical. De forma rápida; cualquier tema puede tener distintos análisis, desde el más puramente científico, hasta un análisis histórico, psicológico, social o el que fuere. El análisis filosófico sería el que tiene una visión obligadamente heterodoxa sobre el tema, es decir, lo coge a oscuras. Cuando queremos filosofar, lo mejor es olvidarnos de todo lo que sabemos, porque posiblemente lo que sepamos sea muy poco o esté muy poco claro. Como diría Ortega, los saberes filosóficos, que son los fundamentales (con esto no digo ni mejores ni peores, sino eso mismo, fundamentales en tanto que causas radicales), están a la mano, y no hay que hacer excesivos esfuerzos de memoria para obtenerlos.

lunes, 22 de abril de 2013


EN TORNO A JESÚS DE NAZARET
     El hecho de la existencia de Jesús de Nazaret, aún poniendo en tela de juicio tantos datos biográficos como se presten a debate, creo que es indudable.[1] Sobre la fiabilidad de las pruebas se podría hablar largamente, pero no es asunto que ahora nos incumba. Aceptando estas premisas, vamos a suponer, porque de hecho lo creemos (yo al menos lo creo), que Jesús de Nazaret existió. Al igual que supongo, dicho sea de paso, que Platón, Alejandro Magno, Carlos V o Schopenhauer existieron.
     Cuando se aborda el alambicado tema de “la búsqueda del Jesús histórico” se clama hasta llegar a la histeria una dosis imparcial de objetividad, un tratar el tema con el máximo rigor histórico. Esto, en el caso de Jesús, conlleva tratar su vida al margen de cualquier relación con la religión cristiana, porque se supone que ésta tiene una visión determinada y dogmática sobre su figura, y por ende todo cristiano la tendrá igualmente. Parecería una contradicción pedir objetividad, y al mismo tiempo observar el tema desde una postura dogmática. Yo creo que no es en absoluto contradictorio. ¿Cómo abordar la figura de Jesús sin tener en cuenta su aspecto religioso? De hecho si Jesús no hubiera pensado lo que pensó ni hubiera dicho lo que dijo, dudo que dos milenios después un servidor estuviera perdiendo el tiempo consternándose sobre su figura.
     Se tienen muchas reticencias con los evangelios canónicos porque su redacción implicó sin duda una visión subjetiva y por efecto teológica de la vida de Jesús. Mateo, Marcos, Lucas y Juan afirmaban con toda rotundidad que Jesús era el Hijo de Dios elegido y enviado para realizar la redención universal. Lo que ocurre es que esta hipótesis, la secundemos o no (dato que creo bastante baladí), es la que defendía el propio Jesús. Entre sus múltiples aforismos destacan sus sentencias sobre su origen divino, sobre su Padre todopoderoso. Es, dadas las circunstancias, necesario abordar el proceso del Jesús histórico desde esta base, que Jesús era el Hijo del Padre. Porque sin ello no se entiende nada. El comportamiento de Jesús no es nada sin este fundamento. Dicho esto, el ateo, el creyente, el agnóstico o el indeciso en estas lides divinas, todos han de hacer un esfuerzo intelectual e imaginar a un Jesús divino y redentor.
     Y ahora que hemos hecho referencia a ello, no nos escondamos. Afrontemos el tema, morboso y apasionante, de la estrecha (o ancha) diferencia entre un ateo y un creyente. Lo primero que hemos de decir es que vamos a hacerlo des del punto de vista del cristianismo, para no complicar más aún la cuestión. Digamos que hay dos rasgos sobre la persona de Jesús que creo marcan esa diferencia; el que fuera de naturaleza divina y el que resucitara. Porque todo lo demás puede derivarse de estas dos afirmaciones. En consecuencia, el ateo, en sentido estricto de la palabra y en relación a Jesús, es el que no cree en ello. Haciendo un pequeño paréntesis, considero que aquí nos encontramos con el gran error del cristianismo, a saber: pretender elevar a dogma estos hechos que no superan el mero mito o la leyenda. El cristianismo tendría más fuerza de persuasión si presentara estos hechos como metáforas de un poder divino, pero no como hechos indudables. De hecho la religión griega asumía en cierta manera el marcado carácter mitológico de sus divinidades y sus relatos mágicos La divinidad es un sentimiento fervorosamente subjetivo del ser humano en tanto ser individual. La pretensión de hacer de la divinidad carne, de llevar a Dios al mundo, es tan osada como irreverente. Osada por ilógica. Irreverente por menospreciar al ser humano. Porque el ser humano ya tiene a su Dios dentro de él mismo. Dejemos que lo busque y lo alimente. Pero el cristianismo nos quiere vender un Dios ya hecho, acabado, con su ideología moral de abnegación y humillación hacia uno mismo.
     A pesar de todo esto, la figura de Jesús me parece de las más interesantes y enigmáticas del mundo antiguo. En el caso de que fueran ciertas todas las historias que se cuentan de él (los milagros, las curaciones mágicas, los exorcismos, su magna resurrección, su posible naturaleza divina o sus poderes sobrehumanos) nuestra admiración por el tema estaría justificada. Pero es que no es menos enigmática, en el caso de que su leyenda no fuera cierta, la causa de tanta profecía en nombre de Dios, de tantos oráculos que aseguraban la llegada de un Mesías, de tanto fervor que (según las Escrituras, destapó Jesús por Palestina). Incluso el rey Herodes Antipas quiso ir a conocer al que describían como el Elegido, el Ungido (Cristo) por Dios. A mí, personalmente, me inquieta hasta términos indecibles el porqué de todo este “mundo mágico” que se creó en torno a su figura. No estamos hablando de un profeta alocado que lanza una revelación y queda en el olvido. La tradición cristiana nos muestra gran cantidad de profetas que hablaron claro sobre sus supuestas revelaciones divinas. Por ejemplo, la famosa profecía que dice:
 He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo,
y le pondrán por nombre Emmanuel…
Y tú, Belén, tierra de Judá,
no eres, no, la menor entre los principales clanes de Judá;
porque de ti saldrá un caudillo
que apacentará a mi pueblo Israel.
Aquí el profeta anuncia tres cosas: que tendrá lugar una concepción inmaculada, que el lugar será Belén de Judea, y que el recién nacido será “alguien especial”. Luego, según nos narran los cuatro evangelios (con evidente y reseñable parcialidad, ya que los evangelistas tenía el único objeto de glorificar la figura de Jesús en tanto divina y enviada por Dios, por tanto no tenían una visión imparcial), Jesús nació por obra del Espíritu Santo en María, supuestamente en la aldea de Belén, y llegó a ser un líder espiritual para lo que en aquellos tiempos era una secta cristiana dentro del judaísmo. Aquí tenemos que lo dicho por un profeta, es secundado siglos después por unos evangelistas. Insisto, si todo lo sobrenatural que se nos cuenta no ocurrió y es una gran mentira, ¿qué motivación llevaría a esos evangelistas (y a muchos otros) a preocuparse por redactar unos escritos, indagando en numerosas fuentes y luchando por su pronta difusión? ¿Qué tendría el mensaje cristiano, que hizo, siglo tras siglo, a una proliferación incontable de creyentes amparar y difundir unas ideas racionalmente discutibles?
     Toda esta historia comienza en el Génesis, que según la tradición es un libro de inspiración divina. Después de milenios, el mensaje no se ha perdido. De hecho el mensaje ha creado la religión más seguida de la historia. Desde la Tierra Prometida a Abraham, en un relato donde se mezcla leyenda e historicidad, hasta hoy. Porque al final no se trata de ser o no creyente. Considero que el encanto de todo esto es meditar la causa de por qué el alma humana es capaz de seguir con tanto entusiasmo una doctrina revelada, y difundirla siglo tras siglo hasta hacerla universal.


[1] Aún así, no es ilícito adoptar la postura radicalmente escéptica de que todo lo ocurrido antes de un “ahora”, que por tanto uno no ha visto, puede no haber ocurrido, por tanto no existe nada sino un presente. Ésta es una postura divertida sobre el concepto de “historia”, pero ahora, poniéndonos un poco prácticos (que no serios), hemos de aceptar como real todos los acontecimientos históricos de que tengamos alguna prueba fehaciente.