viernes, 30 de agosto de 2013

LA MUERTE
Caliente esperas
la dulce hora en que la tierra
de tus huesos haga vil techo.
Tus huesos, bañándose lento
en frío fuego
te queman y te enfrían el sentimiento.
La andrajosa piel que los cubre
presto se confundirá
con frío polvo,
pero nadie habrá que la llore
ni que la saque de su cementerio.

Caliente esperas
la fría hora en que los muertos
te habrán sus almas ya eternas.
Mientras tu alma
te come por dentro
te sorbe la sangre
y te aplasta los huesos.
Mientras la realidad
te narra su cuento
te roba los sueños
y te canta los versos.

Caliente esperas
la hora en que en el áspero mármol
se grave tu nombre, la fecha y la ciudad;
el nombre que nunca tuviste
la ciudad que nunca habitaste
la fecha que siempre anhelaste.

domingo, 4 de agosto de 2013

PEQUEÑAS CONFESIONES
Hace tiempo que un pensamiento ha ido llenando poco a poco mis venas hasta hacerse aflorar a la superficie de mi teclado. Desde que me di a leer libros he tenido la tendencia a pensar que en ellos está todo; toda la sabiduría, todo el bien, el mal, todas las cosas que fueron, que son o serán. Pero, realmente, si somos sensatos, admitiremos que los libros no son sino algo que ocurre en algún lugar, y ese lugar es la vida. La vida es mucho más apasionante que los libros. Los libros te envuelven, pero la vida “es”. La vida la eres tú. La vida tiene una fuerza incontrolable, es un afluente de energía que ni ciencia ni filosofía podrán nunca dilucidar. Qué amasijo tan incomprensible de imágenes, de sentimientos, de ideas, de sonidos, de voluntades individuales o colectivas, de vivencias intransferibles.
La vida de cada uno es la mejor novela que se pueda escribir. Ni Cien años de soledad, ni El Quijote, ni Crimen y castigo, ni Tirant lo blanc pueden compararse en vitalidad, en realidad, en espíritu, a la vida. Por ello, dejemos que pase nuestra vida y observemos su pasar. Cualquier cosa que ocurra forma parte de la vida y por tanto no debe preocuparnos demasiado; lo justo para comprender que eso era irreversible y que no cabe atormentarse. Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar, dice el poeta. Posiblemente no haya leído jamás tanta verdad en tan pocas palabras. La mayoría de los lectores se queda en la belleza de éstas, en su sonar machadiano dulce y embriagador, pero estos versos contienen lo más hondo y lo más filosófico de la vida; que ésta es un sinsentido de cosas que, ni fueron, ni serán, sino que van siendo, que son. La vida es un instante, el instante en el que estamos y en el que escribo éstas líneas. El pasado, el futuro… ¿qué son sino utilísimas elucubraciones mentales?
Quizá sea éste el primer escrito que elaboro con más voluntad de introspección personal que por exponer algunas ideas (si es que podemos diferenciar ambas cosas, lo cual, como siempre, pongo en tela de mi escéptico juicio). Esto que escribo podría ser una página de mi nunca escrito diario personal. Y la verdad es que en eso se ha convertido mi vida en esta mitad larga de verano que llevamos. Esta vez voy a ser optimista. Lo siento, querido y respetado Schopenhauer, has sido mi predilección durante mucho tiempo. Pero a estas alturas necesito, deliberadamente, olvidarme de ti. Quizás porque sé que si me planteo tus doctrinas acabaré cayendo, y no me apetece. Voy a inventar mi “yo” optimista. Y esto no es ni una traición ni nada que se le acerque. Siempre sostendré que el ser humano no tiene identidad, o en el caso de tenerla es su constante cambio. Ergo, un cambio repentino de ser no es inmoral (otra palabra que me pincha los oídos y me absorbe el cerebro cada vez que la pienso… ¿qué es lo inmoral?) para mí.
Lo nuestro es pasar, lo mío, más bien, es pasar. Un pasar arduo, pesado, a veces insufrible. Pero al fin y al cabo un pasar más. Como el de todos los demás. Tan auténtico, tan incorregible, tan triunfante como el de todos los demás. Cuando la tristeza o el tedio te golpean es muy útil alejarte y ser un observador de ti mismo. Entonces me vienen a la cabeza esas palabras de Borges que he escuchado en alguna entrevista suya; ¿qué importa lo que pueda ocurrirle a este humilde chico de un pueblo de montaña, perdido en la inmensidad del tiempo y del espacio? ¿a quién le importa? Saludar a la vida, preguntarle cómo está, es algo que me complace muy a menudo. Así este verano, como toda mi vida, es un continuo discurrir de cosas, que ni han pasado ni pasarán, de cosas que pasan, simplemente. Hoy leo, mañana escucho música, al otro salgo a respirar el urbano aire de mi Castalla, al otro me envuelvo en divina embriaguez… y así va sucediendo mi vida y mi yo que ni se consume ni se nutre porque no existe.
A veces me vienen a la cabeza momentos de antaño. Situaciones ya ocurridas y que fueron muy placenteras para mí. Un olor peculiar, una melodía, un dejavu repentino que me recuerda el eterno retorno de Nietzsche, la sonrisa de algún amigo que incomprensiblemente despierta a la mía. Hace poco terminamos un campamento musical en plena montaña, apartados del mundo y de la ciudad. Más allá del encanto que por supuesto tiene siempre este denominado “Carrascal”, que ya ha cicatrizado en las almas de todos los nosotros, por su obvio componente musical, he visto allá en estos cinco días algo que siempre había puesto en entredicho y de lo que muchas personas se atreven a dudar; la fraternidad humana. En ese albergue viejo y montaraz, en el que no faltan leyendas misteriosas sobre los antiguos maristas que lo utilizaban, varias decenas de personas hemos convivido con honestidad, con alegría y con respeto. En cada despertar, en cada desayuno ambientado en el sopor matutino, en cada mirada de pura risa, yo, irresistiblemente, veía el sinsentido que es el hombre y lo inútil que es intentar acertar a describir con una palabra que es eso que ocurre cuando miras a otra persona y ríes si ella ríe, o te aturdes si ella llora. Son esos momentos en que te olvidas de lo que fue y de lo que será, y buscas con anhelo el ser del otro, para fundirte en amor recíproco.
Esto ocurre más veces de las que nos creemos, y tal vez los momentos de malestar o de miseria humana sean más llamativos por su excepcionalidad. Son éstos los momentos en que alguien falta a la virtud de la tolerancia, en que no se acepta la diferencia y la dignidad del otro queda rebajada injustamente. Hay que reivindicar la diversidad de opinión, de pensamiento y de acción. El respeto por el otro es lo único que nos puede salvar de la vileza humana y todas sus consecuencias.

Lo nuestro es pasar. Gracias, Machado, por brindarnos tanta sabiduría en unos centímetros de papel. Dejemos que todo quede, o que todo huya, pero alabemos el pasar y todo lo que ello contiene; el amor y el incomprensible fruto de la vida.

jueves, 11 de julio de 2013

EL HOMBRE Y SUS ESPEJOS
Una habitación en penumbra
mojada por una tarde plateada
de esas de un abril lluvioso y lento.
En el centro una mesa y las sombras
de rostros que se aman con miradas…
(tras el cristal el sol se escapa soñoliento).
El viento húmedo está azorado
erra airoso por el espacio enclaustrado
mientras su moverse esponjoso
se hace eco del abril brumoso.
Sobre la mesa las manos se entrelazan
y los que algún día estarán muertos
persisten en reconocerse en sus recuerdos
(tras el cristal el sol ya muere entre lamentos)
Sus cuerpos son como agua y el pensamiento
de cada uno se complace en el del otro
brilla la alegría y el resentimiento
de puro inútil quedó obsoleto.
Un enigma remueve los sesos
al viento lento del abril lluvioso:
(el sol ya hace tiempo que escondió su rostro)
¿qué será ese mirar honesto
(dice el viento)
entre los hombres y sus espejos?

lunes, 24 de junio de 2013

LA EXPRESIÓN LITERARIA Y EL FIN DEL MUNDO
La “cólera”. Es esta la primera palabra de la literatura universal. Estoy persuadido de que durante los miles de versos que restaban a la Ilíada, Homero (o quien la escribiera) no pensó ni un solo segundo en explicarse. Simplemente quería expresarse. Resulta curioso que con esa simple expresión se estableciera el inicio, la base, el fondo, el suelo del gigantesco edificio en que se ha convertido nuestra cultura occidental. La lectura es creación y re-creación. Complementariamente, la escritura es expresión, precedida naturalmente de creación. El escritor no ha de intentar explicarse, su trabajo, sus deudas y sus dones han de limitarse a su pura expresión. Sobran, pues, las perogrulladas o las explicaciones palmarias. Y esto es aplicable tanto al prosista como al poeta, incluso al ensayista. Los grandes escritores se han explicado poco, porque con sus palabras bastaba. Véase, si no, la obra de Nietzsche o la de cualquier buen poeta.
Expuestas estas latas premisas, voy a intentar transmitir un pensamiento que, de golpe y sin esperarlo, se ha cernido sobre mis divagaciones. Voy a intentar, con mejor o peor fortuna, “expresarlo”. Además, lo voy a hacer con la esperanza de que estas palabras no queden escuetas ni prolijas, de que lo que pueda expresar se acerque en el mayor grado posible a lo que quiero expresar.
Tumbado sobre la cama, me adviene el nefasto pensamiento. Ya había pensado muchas veces en la terrible situación que significaría una ausencia universal de libros, de literatura, de filosofía… dejándome esto sumamente perplejo. Porque no tengo noticia de ningún modo de saber mejor qué es el hombre, qué es eso que se dice su “alma”, su personalidad, que la cultura literaria en su amplio concepto. ¿Qué ocurriría si todos fuésemos maquinas pre-fijadas, o no pre-fijadas, que vagáramos por la vida con el único objetivo de la supervivencia (que no es nimio), o de la explotación económica, por ejemplo? Esto equivale a interrogar: ¿qué pasaría si los seres humanos no aceptásemos la apuesta por el cambio? Porque, ¿qué es la literatura, si no una apasionada apuesta por el cambio? La invariabilidad de la opinión es lo que hace a las sociedades cerradas y, por ende, retrógradas. Y ese carácter estático del pensamiento se debe a una causa filosófica muy profunda; la creencia en la unidad del ser. La buena literatura es la que tiene conciencia de cambio, la que, por esto mismo, comprende mejor al hombre y a sus intrínsecas vicisitudes. El hombre es un ser que tiene por esencia, precisamente, el no tener esencia. Su sentido es el cambio, la “imprevisibilidad”. Sin este rasgo distintivo no existiría la Historia. Estamos hechos de historia, porque la historia narra el cambio social y los hombres son esencialmente cambio.
Aventuremos ahora una paradoja, pudiéndola calificar de apocalíptica en su más leve vituperio. Imaginemos que llega un día en que, por un designio inaccesible de los hados, o por una decisión consciente de los hombres, se decreta la extinción de la raza humana. El mundo, con sus populosas poblaciones, con sus culturas esparcidas de polo a polo, con su naturaleza gloriosa y cantada por los poetas, con los incontables misterios que acoge el planeta tierra. Lo primero que se nos ocurre es trazar una hercúlea elegía para llorar todo lo perdido, para denunciar la sordidez que asolaría nuestro hábitat común, en fin, para dejar una merecida huella sobre el género humano.
Reconozcamos que tal elucubración tiene su encanto. Uno puede llegar a estremecerse temiendo que algún día una comisión internacional o algo por el estilo decrete el fin de nuestros días. Pero, entre esta consternación (o estos sollozos para los más sensibles), hagamos un esfuerzo por pensar qué significaría realmente tal acontecimiento. No sé lo que diría un positivista al estilo Hobbes o Stuart Mill, posiblemente se complacerían pensando que el mundo, en tanto masa tangible formada por corteza, núcleo o fuerzas magnéticas, seguiría existiendo ajeno a la intervención humana. Pero presiento cuál sería la reacción de un idealista. Sencillamente, si desaparece el género humano, desaparece “necesariamente”, ipso facto, la Tierra. Y como la Tierra, el sol, todos los demás planetas, las estrellas, la Vía Láctea y el Universo todo. En efecto, si hacemos una laxa descripción del idealismo, podemos afirmar que postula una realidad desprendida de la imaginación del sujeto, de su “yo”. Así pues, todo es producto de su pensamiento, de sus “ideas”. Siempre me he atormentado por qué será ese “yo” del idealista, que al fin y al cabo lo es todo porque de él sale todo. Pero al igual que “yo” lo soy todo, “tú” también lo eres todo, y dos “todos” son difícilmente compaginables. Siempre nos queda la opción de confiar en que “tú” y tu “todo” sea el producto de mi imaginación, y “yo” y mi “todo” lo sea de la tuya.

Un universo que no existe, porque ya no existe quien lo piense. Esto es, en resumen, lo que nos queda. Qué drama. Con qué facilidad podría el mundo desaparecer y volver a ese nihil espantoso. Sea como fuere, propongo lo siguiente: ¿y si el mundo ha desaparecido ya, y sólo existe un “yo” ultra-perpetuo que piensa al “yo” que pensaba al mundo?

miércoles, 29 de mayo de 2013

REVELACIONES HOMÉRICAS
La soledad solía angustiarle al principio. Pero después se calmaba con uno de esos ejercicios, probablemente placebos, de los budistas. Cuando su alma ya estaba tranquila, y los latidos de su corazón se confundían con la brisa matutina, empezó a caminar grácilmente por el camino.
Se encontraba en un camino estrecho, por el que apenas cabían dos personas más a su lado. Pero en ese momento no hacían falta personas, no hacían falta otras perspectivas; era el momento de la meditación. El joven Abril caminaba a paso lento, no tanto por la oscuridad que infundía miedo a su alma, como por no molestar a sus cavilaciones, que se dispersaban por el mínimo esfuerzo físico. A la derecha una hilera incesante de acacias se mecía con dulce movimiento. Sin duda es el viento –pensó- quien avisa a las acacias para que no me sean hostiles. A izquierda el panorama era más abstruso; incontables zarzos intrincaban la pretendida homogeneidad de un bosque que rompía el tópico infantil de los bosques. Aquel bosque era diferente; no era una vasta prolongación de árboles similares, sino que tenía unas zonas más nobles, mientras que otras eran feas y no merecían la atención de unos ojos solitarios.
Consternado por esta falsa apariencia de los bosques, cogió una rosa atrevida que parecía rebelarse contra todas sus amigas. Suavemente se la acercó y su aroma lo infundió de un algo inexplicable. Solía pasarle eso mismo con otros placeres. No sabía porque existían. De hecho oler una rosa o escuchar a Beethoven no eran cosas necesarias para vivir, aunque, y esto llegaba a su cabeza con cada fruición inesperada, había ciertos momentos en los que sentía morir de desesperación si no conseguía diluir un deseo.
Abril llegó a la conclusión de que aquello era un verdadero bosque. Pero cuanto más pensaba en lo que le habían dicho en la escuela y en lo que había leído en libros y visto en películas, más se convencía de que en verdad el terreno que pisaba retaba seriamente a los otros bosques. Aquel bosque no era ni a lo sumo parecido a los otros bosques; era laberíntico, no se apreciaban búhos, y además se alternaban zonas áridas con otras infestadas de acacias. Abril dudó por un instante de que los otros bosques sí que cumplieran las características que comúnmente se le atribuyen al “bosque”. “Algún día habré de hacer un viaje al cielo platónico, porque esta duda existencial no me deja esclarecer mis pensamientos”. El mundo inteligible era bastante inalcanzable, por eso Abril sintió rabia al descubrir que lo habían engañado. No existía ningún bosque en ningún sitio, y mucho menos aún todas las cosas que se puedan derivar de la idea de bosque. Más bien el “bosque” es un lugar que responde a ciertas necesidades de los humanos. El problema reside en creer que verdaderamente existe un recinto poblado de hadas y brujos encantadores, donde podemos acudir para hacer un alto en nuestra vida y rendirnos ante la inefable sabiduría humana. Entiéndase por inefable la no-posibilidad de un conocimiento certero de la realidad. “No se puede intentar validar el conocimiento de una realidad que ha sido nombrada y explicada por nosotros mismos y nuestra subjetividad” pensaba Abril “a mi modo de ver es como si un jugador de apuestas pudiera modelar el destino y ajustarlo al resultado que él ha predicho”.
Abril sentíase un héroe y podía llegar a compararse en sus momentos de mayor lucidez y arrogancia con el valiente Odiseo, quien venció a la maldad con astucia y obtuvo reconocimiento perpetuo. “La moral de los hombres nunca dejará de ser heroica, porque en cada uno de nosotros viven cautivadas mil ansias de eternidad. No nos equivoquemos, y no pensemos que hayamos cambiado tanto desde esos tiempos griegos. Todos anhelamos en algún momento la eternidad, algunos incluso la anhelan constantemente. Todos queremos ser héroes, la diferencia es que algunos lo intentan a partir de lo ya hecho. Los filósofos nadan a contracorriente, y su voluntad de eternidad es tenaz, abigarrada y sangrienta, y consiste en negar lo eterno, la esencia, lo inmutable; todo eso creado para legitimar un conocimiento demasiado oscuro”.
Conforme iba avanzando se alejaba más del pueblo; símbolo perfecto del engaño cultural. Ciertamente, para Abril en su pueblo se concentraba la gran falacia de la humanidad, trazada por la humanidad misma y que ha tenido en pocos humanos sus únicos detractores. “Los filósofos son niños eternos que han podido ver un poco de luz en una oscuridad cegadora”. Abril tenía guardada en su alma una gran aflicción, motivada por su ira hacia el pueblo. Ello es por los prejuicios decimonónicos que se procesaban por sus calles y sus habitantes. Si alguien descubría que un ciudadano, y menos de quince años, había tomado rutas peligrosas por las montañas colindantes, el infractor quedaba cuanto menos en consideración de loco o miserable. Además podía pagar su imprudencia con los azotes de su madre o una semana de servicios a la comunidad. “Todos ellos están confundidos, y ven en la civilización un producto acabado y en expansión. No saben de verdades, o de mentiras, quienes como Zaratustra no se lanzaron a las vicisitudes de la naturaleza, ese ingrávido campo virgen en contradicciones, que no entiende del bien y del mal, y permite con complicidad que destruyamos nuestra mente contra las rocas”.
Todos estos pensamientos los iba anotando Abril en un trozo de papel que se arrugaba cuando lo sacaba con poca delicadeza de sus vaqueros. Por miedo a que la lluvia no empapara sus ideas calientes, recién salidas de su interior, se refugió bajo los pinos de ese bosque inexistente. Le sabría muy mal que la naturaleza, cómplice de su disidencia con la humanidad, diluyera con gotas homicidas ideas tan reaccionarias. Al terminar con caligrafía pulcra su escrito, lo dobló cuidadosamente y lo escondió bajo unas hojas secas, a fin de que la tierra y el aire pudieran leer con atención su juramento. Era un buen regalo para la naturaleza, que a buen seguro agradecerá que le recuerden su imprescindible papel en el mundo, un papel protagonista, sin duda.
Abril salió del bosque figurado y se dirigió al pueblo, también figurado. Entró en su casa figurada y saludó a su familia, más figurada aún si cabe. Abril amaba a sus padres y a sus hermanos, y por ello los saludó con aladas palabras y les dio abrazos a cada uno. No obstante era consciente de que sus familiares eran unas ovejas más del rebaño, y que con cada palabra, cada acto que realizaban, contribuían a hacer más grande la espiral de la “gran falacia”. Después de haber cenado rico alimento, subió a su cuarto y se acostó sin dilación; necesitaba meditar su meditación.
Al día siguiente despertó con energía y enfadado porque no recordaba sus sueños. Posiblemente era un castigo del destino o de Dios por haber faltado el respeto a la humanidad. Abril consideró el castigo un poco excesivo, porque los sueños le encantaban, y tendía a valorarlos más que a la propia vida.
Esta última consideración se hizo tangible y se materializó, curiosamente, en otro trozo de papel de índole distinta al que él escribió un día antes. Abril abrió el buzón y no encontró cartas de la luz o el agua, ni siquiera las habituales penalizaciones de la escuela por no acudir a clase. La carta no tenía remitente, ni sello, y tampoco parecía una carta. Era un papel ajado y amarillento, como si detrás de él hubiera pasado iracunda toda la historia del universo. Tenía como título La misiva del desamor.
En ella un narrador anónimo, casi etéreo, con un lenguaje ancestral y un poco retórico, se dedicaba a proferir insultos hirientes contra Abril. El discurso, a modo de perorata incendiaria, aludía a una falta de amor por parte de Abril para con la sabiduría antigua y científica, y en último término un desprecio infinito por la vida y el valor humano. Por ello se asignaba al acusado, como decía en la carta: una muerte lenta y dolorosa en el bosque más cercano al pueblo, donde el criminal aseguraba encontrar su paz interior y su disidencia con el resto de la humanidad.
A Abril no le pareció extraña aquella acusación, y se resignó después de unos segundos. Y no es que quisiera imitar a Sócrates, es que había perdido sus esperanzas con la vida. Había descubierto que el rebaño del mundo se dirigía con firme autoridad, y esa autoridad provenía desde el alma de cada individuo. No sabía quién lo acusaba, ni le importaba. Tampoco le importaba seguir viviendo, aunque tenía opción: lo único a lo que puede apelar el criminal es jurar que nunca más volverá a visitar el bosque, a salir del pueblo, por prevenir así una infección de su espíritu… la negativa a esta determinación será inexcusable y se procederá entonces a su muerte lenta y dolorosa…

Oteado así el futuro que le esperaba, Abril consideró que no tenía sentido una vida sin meditación, sin poder salir a pasear al bosque. De hecho no llegó a albergar otra decisión hasta que se vio una cuerda atada al cuello. Aunque se asustó momentáneamente, todo pasó muy rápido. Así, su vida se fue extinguiendo bajo la mirada atenta de los ciudadanos, de amigos y familiares que no entendían nada y sollozaban enérgicamente. Su vida terminó en la mejor situación en que podía hacerlo, en un bosque figurado de un pueblo figurado, penetrado por fulgurantes miradas de incomprensión figurada.

jueves, 16 de mayo de 2013


EL ETÉREO SIGNIFICADO DE LA IDENTIDAD
Día tras día, ya sea en mi pueblo natal o en esa Valencia surcada por la tímida brisa del mediterráneo, me despierto ante la realidad con las mismas ansias de conocimiento. Pero la realidad, esa oscura y angustiada forma de presentarse la verdad ante nuestros ojos, me abruma a cada segundo mi ser, y esa sed de conocimiento se convierte en desesperación ante un Todo que se dilata con cada ínfimo avance de mi intelecto. Arduo camino es el de la sabiduría, aunque dulces, gratísimos sus frutos casi místicos. Nada existe equiparable a un descubrimiento intelectual. Nada tan intrincado, tan esquivo, como un descubrimiento intelectual.
Lo nuevo, la idea renovadora, eso que yace envuelto en no sé qué velo oscuro dentro de nuestro ser, es lo más bello a que puede aspirar nuestra alma. Más que a la alegría, más que al amor, más que al sexo. Porque el conocimiento es la vida, y la vida no es nada porque lo es todo. Su ser no admite dicción. La vida se enuncia, se deletrea cada grafía de que está compuesta; v-i-d-a. Pero no se diga que “es”. La vida. La vida. Quizás lo único que tenemos, ¡y qué grandioso, qué inabarcable, qué infinita sucesión de azares!
La vida, y su historia que la posibilita. La historia de la vida. ¿Es la vida sólo un ahora? ¿No forma parte también de ella el asesinato de Julio César, las bombas de Japón o el postrero aliento que hemos expulsado? ¿No incluiríamos también estas palabras? ¿Nos dejaríamos, osados de nosotros, los pensamientos sobre estas palabras? Pero entonces, ¿qué es lo que queda? Qué hay detrás del asesinato de Julio César, del postrero aliento, de estas palabras y de sus correspondientes pensamientos? ¿Estoy yo detrás? Pero, ¿no estoy escribiendo yo estas palabras? Entonces, ¿quién soy yo, estas palabras, sus pensamientos, u otro ente extraño y mezquino? Si soy esto último, ¡qué oscuro, cómo me escondo de mí mismo! Si soy estas palabras, ¡cuánto más oscuro, que sólo me desvelo en esporádicos arrebatos poéticos!
Parece que detrás de cada hito, de cada palabra, de cada sección indecible del tiempo, pervive silencioso y aterrador un “yo”. Un yo que presiento pero que no llego a sentir, porque se me antoja trágico, vil. ¿Quién serás tú? Si, tú, ese “yo” escondido de mis avatares por la historia. Porque mi cuerpo crece, se mueve, se desplaza imparable por el espacio y “es” inefable por el tiempo. Mis ideales parecen sólidos, pero son de un cristal falso que sin duda puede romperse. ¿Qué pretencioso sentimiento me lleva a afirmar un yo esencial? ¿Quién soy yo, si me muevo imparable? ¿Quién es Pere, si en mi profunda mocedad era un amasijo de células totalmente distinto al de ahora, si los ideales de entonces (en el caso de tenerlos) eran radicalmente opuestos a los de ahora? ¿Quién ha sido el vanidoso hado que ha creado un Pere sustancioso, una realidad inamovible y que no cambiará hasta que muera, como mínimo? Pere, Pere, Yo, Yo. ¿Quién soy yo? ¿El de ahora, el de antes, el de después? El de ahora se escapa, el de antes ya fue, el de después aún no ha sido… ¡Oh Yo Supremo! Revélate. Libra de este sufrimiento a quien te hace eterna sombra. Muestra tu dorado ser a quien te busca, sinceramente, cada segundo de su existencia.

viernes, 3 de mayo de 2013


EL FOC DEL CONEIXEMENT
Feia dies que el meu cos demanava rebentar. Ara, amb la còmplice intimitat de la nit, i amb eixe nerviosisme metafísic que em dona el café, expulse un fulgor espiritual que roman latent, mut, preparat per una eixida acceptable a la realitat.
Cada dia que passa em sorprén més el fet que no em canse d’aquesta vida reflexiva en la qual el meu cos no ofereix treva a la tímida elucubració, a la més mínima disquisició mental. Gràcies a sobtats descobriments, ací i allà, les meues ànsies de coneixement s’han exaltat fins a límits que mai hauria imaginat, tant quantitativa com qualitativament. La filosofia, que m’ha atrapat fins a l’infinit i m’ha fet testimoni absolut del seu decurs històric, s’ha convertit en un recurs peremptori del meu procedir diari. Ningun moment escapa a l’anàlisi, més metafísic que científic, més genèric que particular. Però és durant els últims dies quan els meus ulls s’han obert més si cap, i han descobert, benvinguda notícia, que l’erudició no és alguna mena d’entelèquia llunyana a la qual no puc aspirar. Els meus desitjos humanistes, en el sentit totalitari del terme, han dilatat les seues fronteres i han destapat la font de la ciència, eixa noble disciplina que fins fa poc mirava amb dubitativa displicència. Però fins ací hem arribat. Ara és el moment clau. Ara entenc el que he de fer. Ara m’adone del meu destí. Ara més que mai tinc clar què he de fer quan m’alce i veig el cel nuvolat, a què agafar-me quan els dimonis del passat m’atorrollen el pensament. Vaig a lliurar una guerra a camp obert contra el coneixement, i en tal edificant batalla sentiré amb tràgica tendresa els misteris de l’amor i de l’entitat personal. Açò, a risc de semblar una promesa intel·lectual, ho catalogaré com un record dels meus inicis. Del meu iniciar dubitatiu en aquesta cursa vital. (Pare un moment. Ho he d’escriure, ho sent. No obstant trencar el caràcter sòbriament literari d’aquest escrit, considere legítim descriure el meu rostre, que mentre mira atent les tecles del portàtil no pot evitar unes tímides llàgrimes que li enterboleixen dèbilment la visió). Ara ja puc seguir. I ho faig a instàncies del meu cos, que no em demana gitar-se a descansar, sinó que m’exhorta a insistir, i a eixa insistència del meu interior m’aferre. Tal volta surta algun aforisme rescatable...
Crec que la vida necessita de poques coses, però una d’elles ha de ser quelcom que t’arrele a seguir sent, a no tirar-te per la finestra en un atac de frustració o a no tallar-te les venes. La vida pot ser molt absurda si no hi ha res que la porti avant; un desig infantil, un projecte més o menys seriós, una esperança inabastable, un deliri del subconscient... qualsevol cosa abans que declarar-nos titelles submises del destí. El destí és atzarós, però entre mil atzars sempre pot alçar-se, amb merescuda exaltació, una meravella de la nostra voluntat. I allò que tremola entre l’atzar ha de ser la nostra guia, per no caure en la misèria o en el tedi profund. El tedi sempre apareix. El que hem d’aprendre és a superar-lo ràpidament. Seria imprudent negar el tedi. De fet, el tedi possibilita l’alegria, i ens prepara per eixa vaga sensació de felicitat.
No sé què té la nit. Però en el seu romandre melancòlic persisteix un soroll amagat, una força misteriosa que veu en la foscor un pretext idoni per insinuar-se. És en la nit quan el que sols era pura paradoxa passa a ser convicció. És quan la ment adquireix una estranya nostàlgia plena de certeses esquives. Alguna mena de “daimon” especial té la nit. I en aquest divagar apologètic no pretenc desxifrar-lo. Això seria molt mesquí. Deixem que allò vetllat romanga tal. Perquè en la seua obscuritat està la glòria. La glòria de mostrar-se amb una capa sedosa, daurada, i a l’instant variar a funesta i repel·lent. No sé què té la nit, i en aquest divagar impremeditadament poètic la seva foscor m’empara els raonaments, els quals per la seua part imiten eixe tret d’obscuritat.
Tampoc sé amb certesa si realment tinc alguna cosa que dir. Però és eixa sensació de vaguetat atractiva, quasi màgica. És eixe apropar-se al no-res que t’ajuda a acceptar la infinita ignorància i a soltar paràgrafs com si fossin llances de foc.
Té aquest escrit més de poètic que d’assertiu. Sincerament, poc d’assertiu té. Tal volta els textos que menys coses diuen siguen els més substanciosos. Perquè deixen via lliure a la imaginació, a eixe navegar per les paraules en busca d’un doble sentit, o en busca d’un sentit absurd que ens òmpliga l’ànima de satisfacció. Poques coses he viscut tan emocionants com sentir omplir-se el cor d’un “no sé què” vital i potencial. Són eixos moments de lectura atenta en què el sentit de la vista resta obsolet per absorbir tanta energia. No hi és prou, en aquests moments, tocar les fulles amb els dits o sentir l’olor agre del paper. Necessites més. Vols entrar en cada paraula, vols ser una idea entre tantes que habiten a eixe objecte flexible amb llom prometedor. El misteri d’una frase deliberadament perduda entre les fulles del llibre. El colp sobtat d’una paraula que sembla haver estat en eixe lloc tota la vida. Sembla ser anterior a l’autor i al llibre. Sembla ser sospirada per algun monstre de l’eternitat.
Totes aquestes són coses que ens lliuren de l’atzar. De l’atzar, de vegades insofrible, de vegades diví, que ens assola sense poder evitar-ho. M’agradaria dir que he trobat eixe dissident rebel de l’atzar. L’he trobat i ara vaig a tractar-lo amb cura perquè no escape. Al cap i a la fi és allò que ens persuadix que la vida no passa de llarg. És allò que ens guarda moments inoblidables de soledat i voluntat.