miércoles, 29 de mayo de 2013

REVELACIONES HOMÉRICAS
La soledad solía angustiarle al principio. Pero después se calmaba con uno de esos ejercicios, probablemente placebos, de los budistas. Cuando su alma ya estaba tranquila, y los latidos de su corazón se confundían con la brisa matutina, empezó a caminar grácilmente por el camino.
Se encontraba en un camino estrecho, por el que apenas cabían dos personas más a su lado. Pero en ese momento no hacían falta personas, no hacían falta otras perspectivas; era el momento de la meditación. El joven Abril caminaba a paso lento, no tanto por la oscuridad que infundía miedo a su alma, como por no molestar a sus cavilaciones, que se dispersaban por el mínimo esfuerzo físico. A la derecha una hilera incesante de acacias se mecía con dulce movimiento. Sin duda es el viento –pensó- quien avisa a las acacias para que no me sean hostiles. A izquierda el panorama era más abstruso; incontables zarzos intrincaban la pretendida homogeneidad de un bosque que rompía el tópico infantil de los bosques. Aquel bosque era diferente; no era una vasta prolongación de árboles similares, sino que tenía unas zonas más nobles, mientras que otras eran feas y no merecían la atención de unos ojos solitarios.
Consternado por esta falsa apariencia de los bosques, cogió una rosa atrevida que parecía rebelarse contra todas sus amigas. Suavemente se la acercó y su aroma lo infundió de un algo inexplicable. Solía pasarle eso mismo con otros placeres. No sabía porque existían. De hecho oler una rosa o escuchar a Beethoven no eran cosas necesarias para vivir, aunque, y esto llegaba a su cabeza con cada fruición inesperada, había ciertos momentos en los que sentía morir de desesperación si no conseguía diluir un deseo.
Abril llegó a la conclusión de que aquello era un verdadero bosque. Pero cuanto más pensaba en lo que le habían dicho en la escuela y en lo que había leído en libros y visto en películas, más se convencía de que en verdad el terreno que pisaba retaba seriamente a los otros bosques. Aquel bosque no era ni a lo sumo parecido a los otros bosques; era laberíntico, no se apreciaban búhos, y además se alternaban zonas áridas con otras infestadas de acacias. Abril dudó por un instante de que los otros bosques sí que cumplieran las características que comúnmente se le atribuyen al “bosque”. “Algún día habré de hacer un viaje al cielo platónico, porque esta duda existencial no me deja esclarecer mis pensamientos”. El mundo inteligible era bastante inalcanzable, por eso Abril sintió rabia al descubrir que lo habían engañado. No existía ningún bosque en ningún sitio, y mucho menos aún todas las cosas que se puedan derivar de la idea de bosque. Más bien el “bosque” es un lugar que responde a ciertas necesidades de los humanos. El problema reside en creer que verdaderamente existe un recinto poblado de hadas y brujos encantadores, donde podemos acudir para hacer un alto en nuestra vida y rendirnos ante la inefable sabiduría humana. Entiéndase por inefable la no-posibilidad de un conocimiento certero de la realidad. “No se puede intentar validar el conocimiento de una realidad que ha sido nombrada y explicada por nosotros mismos y nuestra subjetividad” pensaba Abril “a mi modo de ver es como si un jugador de apuestas pudiera modelar el destino y ajustarlo al resultado que él ha predicho”.
Abril sentíase un héroe y podía llegar a compararse en sus momentos de mayor lucidez y arrogancia con el valiente Odiseo, quien venció a la maldad con astucia y obtuvo reconocimiento perpetuo. “La moral de los hombres nunca dejará de ser heroica, porque en cada uno de nosotros viven cautivadas mil ansias de eternidad. No nos equivoquemos, y no pensemos que hayamos cambiado tanto desde esos tiempos griegos. Todos anhelamos en algún momento la eternidad, algunos incluso la anhelan constantemente. Todos queremos ser héroes, la diferencia es que algunos lo intentan a partir de lo ya hecho. Los filósofos nadan a contracorriente, y su voluntad de eternidad es tenaz, abigarrada y sangrienta, y consiste en negar lo eterno, la esencia, lo inmutable; todo eso creado para legitimar un conocimiento demasiado oscuro”.
Conforme iba avanzando se alejaba más del pueblo; símbolo perfecto del engaño cultural. Ciertamente, para Abril en su pueblo se concentraba la gran falacia de la humanidad, trazada por la humanidad misma y que ha tenido en pocos humanos sus únicos detractores. “Los filósofos son niños eternos que han podido ver un poco de luz en una oscuridad cegadora”. Abril tenía guardada en su alma una gran aflicción, motivada por su ira hacia el pueblo. Ello es por los prejuicios decimonónicos que se procesaban por sus calles y sus habitantes. Si alguien descubría que un ciudadano, y menos de quince años, había tomado rutas peligrosas por las montañas colindantes, el infractor quedaba cuanto menos en consideración de loco o miserable. Además podía pagar su imprudencia con los azotes de su madre o una semana de servicios a la comunidad. “Todos ellos están confundidos, y ven en la civilización un producto acabado y en expansión. No saben de verdades, o de mentiras, quienes como Zaratustra no se lanzaron a las vicisitudes de la naturaleza, ese ingrávido campo virgen en contradicciones, que no entiende del bien y del mal, y permite con complicidad que destruyamos nuestra mente contra las rocas”.
Todos estos pensamientos los iba anotando Abril en un trozo de papel que se arrugaba cuando lo sacaba con poca delicadeza de sus vaqueros. Por miedo a que la lluvia no empapara sus ideas calientes, recién salidas de su interior, se refugió bajo los pinos de ese bosque inexistente. Le sabría muy mal que la naturaleza, cómplice de su disidencia con la humanidad, diluyera con gotas homicidas ideas tan reaccionarias. Al terminar con caligrafía pulcra su escrito, lo dobló cuidadosamente y lo escondió bajo unas hojas secas, a fin de que la tierra y el aire pudieran leer con atención su juramento. Era un buen regalo para la naturaleza, que a buen seguro agradecerá que le recuerden su imprescindible papel en el mundo, un papel protagonista, sin duda.
Abril salió del bosque figurado y se dirigió al pueblo, también figurado. Entró en su casa figurada y saludó a su familia, más figurada aún si cabe. Abril amaba a sus padres y a sus hermanos, y por ello los saludó con aladas palabras y les dio abrazos a cada uno. No obstante era consciente de que sus familiares eran unas ovejas más del rebaño, y que con cada palabra, cada acto que realizaban, contribuían a hacer más grande la espiral de la “gran falacia”. Después de haber cenado rico alimento, subió a su cuarto y se acostó sin dilación; necesitaba meditar su meditación.
Al día siguiente despertó con energía y enfadado porque no recordaba sus sueños. Posiblemente era un castigo del destino o de Dios por haber faltado el respeto a la humanidad. Abril consideró el castigo un poco excesivo, porque los sueños le encantaban, y tendía a valorarlos más que a la propia vida.
Esta última consideración se hizo tangible y se materializó, curiosamente, en otro trozo de papel de índole distinta al que él escribió un día antes. Abril abrió el buzón y no encontró cartas de la luz o el agua, ni siquiera las habituales penalizaciones de la escuela por no acudir a clase. La carta no tenía remitente, ni sello, y tampoco parecía una carta. Era un papel ajado y amarillento, como si detrás de él hubiera pasado iracunda toda la historia del universo. Tenía como título La misiva del desamor.
En ella un narrador anónimo, casi etéreo, con un lenguaje ancestral y un poco retórico, se dedicaba a proferir insultos hirientes contra Abril. El discurso, a modo de perorata incendiaria, aludía a una falta de amor por parte de Abril para con la sabiduría antigua y científica, y en último término un desprecio infinito por la vida y el valor humano. Por ello se asignaba al acusado, como decía en la carta: una muerte lenta y dolorosa en el bosque más cercano al pueblo, donde el criminal aseguraba encontrar su paz interior y su disidencia con el resto de la humanidad.
A Abril no le pareció extraña aquella acusación, y se resignó después de unos segundos. Y no es que quisiera imitar a Sócrates, es que había perdido sus esperanzas con la vida. Había descubierto que el rebaño del mundo se dirigía con firme autoridad, y esa autoridad provenía desde el alma de cada individuo. No sabía quién lo acusaba, ni le importaba. Tampoco le importaba seguir viviendo, aunque tenía opción: lo único a lo que puede apelar el criminal es jurar que nunca más volverá a visitar el bosque, a salir del pueblo, por prevenir así una infección de su espíritu… la negativa a esta determinación será inexcusable y se procederá entonces a su muerte lenta y dolorosa…

Oteado así el futuro que le esperaba, Abril consideró que no tenía sentido una vida sin meditación, sin poder salir a pasear al bosque. De hecho no llegó a albergar otra decisión hasta que se vio una cuerda atada al cuello. Aunque se asustó momentáneamente, todo pasó muy rápido. Así, su vida se fue extinguiendo bajo la mirada atenta de los ciudadanos, de amigos y familiares que no entendían nada y sollozaban enérgicamente. Su vida terminó en la mejor situación en que podía hacerlo, en un bosque figurado de un pueblo figurado, penetrado por fulgurantes miradas de incomprensión figurada.

jueves, 16 de mayo de 2013


EL ETÉREO SIGNIFICADO DE LA IDENTIDAD
Día tras día, ya sea en mi pueblo natal o en esa Valencia surcada por la tímida brisa del mediterráneo, me despierto ante la realidad con las mismas ansias de conocimiento. Pero la realidad, esa oscura y angustiada forma de presentarse la verdad ante nuestros ojos, me abruma a cada segundo mi ser, y esa sed de conocimiento se convierte en desesperación ante un Todo que se dilata con cada ínfimo avance de mi intelecto. Arduo camino es el de la sabiduría, aunque dulces, gratísimos sus frutos casi místicos. Nada existe equiparable a un descubrimiento intelectual. Nada tan intrincado, tan esquivo, como un descubrimiento intelectual.
Lo nuevo, la idea renovadora, eso que yace envuelto en no sé qué velo oscuro dentro de nuestro ser, es lo más bello a que puede aspirar nuestra alma. Más que a la alegría, más que al amor, más que al sexo. Porque el conocimiento es la vida, y la vida no es nada porque lo es todo. Su ser no admite dicción. La vida se enuncia, se deletrea cada grafía de que está compuesta; v-i-d-a. Pero no se diga que “es”. La vida. La vida. Quizás lo único que tenemos, ¡y qué grandioso, qué inabarcable, qué infinita sucesión de azares!
La vida, y su historia que la posibilita. La historia de la vida. ¿Es la vida sólo un ahora? ¿No forma parte también de ella el asesinato de Julio César, las bombas de Japón o el postrero aliento que hemos expulsado? ¿No incluiríamos también estas palabras? ¿Nos dejaríamos, osados de nosotros, los pensamientos sobre estas palabras? Pero entonces, ¿qué es lo que queda? Qué hay detrás del asesinato de Julio César, del postrero aliento, de estas palabras y de sus correspondientes pensamientos? ¿Estoy yo detrás? Pero, ¿no estoy escribiendo yo estas palabras? Entonces, ¿quién soy yo, estas palabras, sus pensamientos, u otro ente extraño y mezquino? Si soy esto último, ¡qué oscuro, cómo me escondo de mí mismo! Si soy estas palabras, ¡cuánto más oscuro, que sólo me desvelo en esporádicos arrebatos poéticos!
Parece que detrás de cada hito, de cada palabra, de cada sección indecible del tiempo, pervive silencioso y aterrador un “yo”. Un yo que presiento pero que no llego a sentir, porque se me antoja trágico, vil. ¿Quién serás tú? Si, tú, ese “yo” escondido de mis avatares por la historia. Porque mi cuerpo crece, se mueve, se desplaza imparable por el espacio y “es” inefable por el tiempo. Mis ideales parecen sólidos, pero son de un cristal falso que sin duda puede romperse. ¿Qué pretencioso sentimiento me lleva a afirmar un yo esencial? ¿Quién soy yo, si me muevo imparable? ¿Quién es Pere, si en mi profunda mocedad era un amasijo de células totalmente distinto al de ahora, si los ideales de entonces (en el caso de tenerlos) eran radicalmente opuestos a los de ahora? ¿Quién ha sido el vanidoso hado que ha creado un Pere sustancioso, una realidad inamovible y que no cambiará hasta que muera, como mínimo? Pere, Pere, Yo, Yo. ¿Quién soy yo? ¿El de ahora, el de antes, el de después? El de ahora se escapa, el de antes ya fue, el de después aún no ha sido… ¡Oh Yo Supremo! Revélate. Libra de este sufrimiento a quien te hace eterna sombra. Muestra tu dorado ser a quien te busca, sinceramente, cada segundo de su existencia.

viernes, 3 de mayo de 2013


EL FOC DEL CONEIXEMENT
Feia dies que el meu cos demanava rebentar. Ara, amb la còmplice intimitat de la nit, i amb eixe nerviosisme metafísic que em dona el café, expulse un fulgor espiritual que roman latent, mut, preparat per una eixida acceptable a la realitat.
Cada dia que passa em sorprén més el fet que no em canse d’aquesta vida reflexiva en la qual el meu cos no ofereix treva a la tímida elucubració, a la més mínima disquisició mental. Gràcies a sobtats descobriments, ací i allà, les meues ànsies de coneixement s’han exaltat fins a límits que mai hauria imaginat, tant quantitativa com qualitativament. La filosofia, que m’ha atrapat fins a l’infinit i m’ha fet testimoni absolut del seu decurs històric, s’ha convertit en un recurs peremptori del meu procedir diari. Ningun moment escapa a l’anàlisi, més metafísic que científic, més genèric que particular. Però és durant els últims dies quan els meus ulls s’han obert més si cap, i han descobert, benvinguda notícia, que l’erudició no és alguna mena d’entelèquia llunyana a la qual no puc aspirar. Els meus desitjos humanistes, en el sentit totalitari del terme, han dilatat les seues fronteres i han destapat la font de la ciència, eixa noble disciplina que fins fa poc mirava amb dubitativa displicència. Però fins ací hem arribat. Ara és el moment clau. Ara entenc el que he de fer. Ara m’adone del meu destí. Ara més que mai tinc clar què he de fer quan m’alce i veig el cel nuvolat, a què agafar-me quan els dimonis del passat m’atorrollen el pensament. Vaig a lliurar una guerra a camp obert contra el coneixement, i en tal edificant batalla sentiré amb tràgica tendresa els misteris de l’amor i de l’entitat personal. Açò, a risc de semblar una promesa intel·lectual, ho catalogaré com un record dels meus inicis. Del meu iniciar dubitatiu en aquesta cursa vital. (Pare un moment. Ho he d’escriure, ho sent. No obstant trencar el caràcter sòbriament literari d’aquest escrit, considere legítim descriure el meu rostre, que mentre mira atent les tecles del portàtil no pot evitar unes tímides llàgrimes que li enterboleixen dèbilment la visió). Ara ja puc seguir. I ho faig a instàncies del meu cos, que no em demana gitar-se a descansar, sinó que m’exhorta a insistir, i a eixa insistència del meu interior m’aferre. Tal volta surta algun aforisme rescatable...
Crec que la vida necessita de poques coses, però una d’elles ha de ser quelcom que t’arrele a seguir sent, a no tirar-te per la finestra en un atac de frustració o a no tallar-te les venes. La vida pot ser molt absurda si no hi ha res que la porti avant; un desig infantil, un projecte més o menys seriós, una esperança inabastable, un deliri del subconscient... qualsevol cosa abans que declarar-nos titelles submises del destí. El destí és atzarós, però entre mil atzars sempre pot alçar-se, amb merescuda exaltació, una meravella de la nostra voluntat. I allò que tremola entre l’atzar ha de ser la nostra guia, per no caure en la misèria o en el tedi profund. El tedi sempre apareix. El que hem d’aprendre és a superar-lo ràpidament. Seria imprudent negar el tedi. De fet, el tedi possibilita l’alegria, i ens prepara per eixa vaga sensació de felicitat.
No sé què té la nit. Però en el seu romandre melancòlic persisteix un soroll amagat, una força misteriosa que veu en la foscor un pretext idoni per insinuar-se. És en la nit quan el que sols era pura paradoxa passa a ser convicció. És quan la ment adquireix una estranya nostàlgia plena de certeses esquives. Alguna mena de “daimon” especial té la nit. I en aquest divagar apologètic no pretenc desxifrar-lo. Això seria molt mesquí. Deixem que allò vetllat romanga tal. Perquè en la seua obscuritat està la glòria. La glòria de mostrar-se amb una capa sedosa, daurada, i a l’instant variar a funesta i repel·lent. No sé què té la nit, i en aquest divagar impremeditadament poètic la seva foscor m’empara els raonaments, els quals per la seua part imiten eixe tret d’obscuritat.
Tampoc sé amb certesa si realment tinc alguna cosa que dir. Però és eixa sensació de vaguetat atractiva, quasi màgica. És eixe apropar-se al no-res que t’ajuda a acceptar la infinita ignorància i a soltar paràgrafs com si fossin llances de foc.
Té aquest escrit més de poètic que d’assertiu. Sincerament, poc d’assertiu té. Tal volta els textos que menys coses diuen siguen els més substanciosos. Perquè deixen via lliure a la imaginació, a eixe navegar per les paraules en busca d’un doble sentit, o en busca d’un sentit absurd que ens òmpliga l’ànima de satisfacció. Poques coses he viscut tan emocionants com sentir omplir-se el cor d’un “no sé què” vital i potencial. Són eixos moments de lectura atenta en què el sentit de la vista resta obsolet per absorbir tanta energia. No hi és prou, en aquests moments, tocar les fulles amb els dits o sentir l’olor agre del paper. Necessites més. Vols entrar en cada paraula, vols ser una idea entre tantes que habiten a eixe objecte flexible amb llom prometedor. El misteri d’una frase deliberadament perduda entre les fulles del llibre. El colp sobtat d’una paraula que sembla haver estat en eixe lloc tota la vida. Sembla ser anterior a l’autor i al llibre. Sembla ser sospirada per algun monstre de l’eternitat.
Totes aquestes són coses que ens lliuren de l’atzar. De l’atzar, de vegades insofrible, de vegades diví, que ens assola sense poder evitar-ho. M’agradaria dir que he trobat eixe dissident rebel de l’atzar. L’he trobat i ara vaig a tractar-lo amb cura perquè no escape. Al cap i a la fi és allò que ens persuadix que la vida no passa de llarg. És allò que ens guarda moments inoblidables de soledat i voluntat.

lunes, 29 de abril de 2013


SOBRE LA RELIGIÓN
Y los que digan que esto no les preocupa nada, o mienten o son unos estúpidos, unas almas de corcho, unos desgraciados que no viven, porque vivir es anhelar la vida eterna… MIGUEL DE UNAMUNO.

En esta disertación me propongo hablar de ese término tan difuso, debatido y problemático, que es nada y más y nada menos que la “religión”. Y voy a hacerlo desde una doble perspectiva. Primero ensayaré mi humilde visión sobre el tema. Luego haré una reivindicación a nivel social y político.

Siempre es difícil hablar de conceptos tan omnímodos. No sólo la historia del concepto “religión” se extiende hasta cotas que ahora mismo mi mente no alcanza, sino que su dimensión moral y abarcadora de tantas connotaciones sociales, políticas o filosóficas dificulta un trato limpio con el término. Afrontando este duro reto, y no sin cierta libertad premeditada, voy a exponer unos ligeros trazos de mi opinión al respecto.
Entiendo la religión como una dimensión moral. Pero no una dimensión cualquiera. Como su propio nombre indica, la religión nos hace estar “re-ligados” a algo, nos hace estar indisolublemente anclados a algo. A lo que nos re-liga es a nuestra transcendencia. Por el mero hecho (que no es baladí, ni mucho menos) de saberse existir, el hombre acepta la existencia de un hado, inaprensible a priori, que no puede aprehender, que le excede. Dudo mucho que haya una sola persona que no haya cavilado nunca su existir, preguntándose y consternándose acerca de la existencia de un ente que haya podido, si no crear, al menos subyacer a todo “ser” humano. Nótese que lo que estoy utilizando aquí por “transcendencia” es mucho más sencillo que lo postulado tradicionalmente en la escuela filosófica. Giordano Bruno negó la transcendencia divina, pero no me refiero a la transcendencia o inmanencia de un Dios (tema muy sugerente a tratar). Me refiero con transcendencia a algo cotidiano, casi trivial; al mundanal hecho de que todos nos preguntamos alguna vez, unos más lúcidamente que otros, por un “porqué” radical, una causa primera; algo que nos transciende.
Pues bien, la religión cumple ese ámbito reflexivo del ser humano. El cristianismo nos vincula a un Dios omnipotente y providencialista, y lo hace afirmando nuestra condición de “pecadores”. La discusión reside en el nivel de humanización de ese Dios. Sin duda, la idea de un alma universal que se despliega por todas las almas individuales, y que no es ella sin ellas, y que nos conforma hasta el punto de que somos más suyos que nuestros, no parece descabellada. Al contrario, me parece muy oportuna y elegante. Ahora sí que cabe resurgir a Bruno de sus cenizas; como ya he dicho, su idea de la inmanencia divina es de lo mejor que ha producido el Cristianismo (obviando ahora a San Agustín). No menciono el Judaísmo ni la religión musulmana, que en este sentido monoteísta y transcendente son similares al Cristianismo. Allá en el oriente no es menos destacable el Budismo, doctrina mucho más naturalista, aunque comparte con el Cristianismo ese carácter transcendente.
Lo que yo deseo es una mayor amplitud de miras con la religión, es decir, no limitar su ámbito al carácter divino o litúrgico, palabras demasiado cargadas de tradición peyorativa. Todos somos, en cierto sentido, religiosos. El hacer de ese desprecio a la religión un revulsivo social, o una virtud a nivel personal, me parece detestable. Una falta de pensamiento crítico. Moviéndome ahora en sensaciones personales, digo que detesto el típico ateo estúpido y engreído, tanto o más como el ministro que pretende hacer de la religión un adoctrinamiento social.
Hilando con esto último, es momento de hacer esa reivindicación antes referida. Más que una reivindicación, una denuncia. No son pocas las voces que piden un estado laico, una separación absoluta entre política y religión e incluso una disolución de las prácticas religiosas en lugares públicos. Secundando todas esas ideas, que acaso me satisfacen, quiero ir un poco más allá. Me propongo llegar al fondo de la cuestión.[1]
Toda religión propone una doctrina moral, encaminada a la vida de los individuos, con el fin de mejorarlas y hacerlas éticamente buenas. Esto creo que es indiscutible y basta de poca argumentación. Pero otra cosa que las religiones postulan es (y mucha gente lo olvida) una cosmogonía y una visión del mundo. El Cristianismo, por seguir con el mismo ejemplo, afirma que Dios es la causa primera y que lo que había antes de él es incuestionable puesto que él es lo primero y lo último. Además, de su providencia depende el resto de la humanidad de modo determinista. En una palabra, para los cristianos somos marionetas de Dios (caricaturizando un poco la cuestión) y nuestra conducta no responde a otras motivaciones que al dictamen divino. La historia es una redención del carácter pecador de todo lo humano, y el día del Juicio Final todo será devuelto al señorío y la totalidad de Dios, que lo es todo y en todo está. Esto que acabo de describir es una visión del mundo que abarca su origen, su decurso y su fin. Pero es “una” particular y, por supuesto, cuestionable. Hay muchísimas cosmologías. La ciencia la intenta desde un punto de vista puramente natural, mientras que las religiones lo hacen apelando a lo divino o sobrenatural.
El error en que incurren la mayoría de los Estados actuales es convertir esas cosmologías (el ejemplo más claro es la religión musulmana, en menor medida el Cristianismo), que son opcionales, en doctrinas inapelables para la educación. Los niños son seres sorprendidos constantemente con el mundo y sus misterios. Tienen una capacidad imaginativa sin límites y lo más importante; son flexibles en sus pensamientos. Conforme avanza la edad se hacen (nos hacemos) menos imaginativos y más dogmáticos. Pocas cosas hay tan miserables y crueles como negar a los niños esas inquietudes. Porque la religión cristiana (ahora concreto) es una teoría del cosmos, acabada y refrendada por dos mil años de historia, que solventa esas preguntas de los niños. No digo que el Cristianismo sea una mala propuesta (eso ni lo sé ni creo que sea importante), lo que denuncio es que se eche a perder esa fuente de imaginación que son los niños, adoctrinándolos de manera patética  con las Sagradas Escrituras. Eso ya tendrán tiempo de descubrirlo, cuando aclaren su pensamiento (si es que eso se puede aclarar) y tengan la capacidad de elegir qué les conviene más en su vida.
Por esta razón defiendo el estado laico. La educación es la creación de nuestro destino. Si la enfocamos con una pronta negación de lo que más nos inquieta, no nos queda más que dogmatismo y extremismos religiosos.




[1] Podría decirse que voy a tratar el tema de modo filosófico. Me gustaría dejar claro lo que entiendo por filosofía, porque creo que no hay término más ambiguo en el lenguaje castellano (si no en todo lenguaje existente). Lo que entiendo por filosofía es un saber radical. De forma rápida; cualquier tema puede tener distintos análisis, desde el más puramente científico, hasta un análisis histórico, psicológico, social o el que fuere. El análisis filosófico sería el que tiene una visión obligadamente heterodoxa sobre el tema, es decir, lo coge a oscuras. Cuando queremos filosofar, lo mejor es olvidarnos de todo lo que sabemos, porque posiblemente lo que sepamos sea muy poco o esté muy poco claro. Como diría Ortega, los saberes filosóficos, que son los fundamentales (con esto no digo ni mejores ni peores, sino eso mismo, fundamentales en tanto que causas radicales), están a la mano, y no hay que hacer excesivos esfuerzos de memoria para obtenerlos.

lunes, 22 de abril de 2013


EN TORNO A JESÚS DE NAZARET
     El hecho de la existencia de Jesús de Nazaret, aún poniendo en tela de juicio tantos datos biográficos como se presten a debate, creo que es indudable.[1] Sobre la fiabilidad de las pruebas se podría hablar largamente, pero no es asunto que ahora nos incumba. Aceptando estas premisas, vamos a suponer, porque de hecho lo creemos (yo al menos lo creo), que Jesús de Nazaret existió. Al igual que supongo, dicho sea de paso, que Platón, Alejandro Magno, Carlos V o Schopenhauer existieron.
     Cuando se aborda el alambicado tema de “la búsqueda del Jesús histórico” se clama hasta llegar a la histeria una dosis imparcial de objetividad, un tratar el tema con el máximo rigor histórico. Esto, en el caso de Jesús, conlleva tratar su vida al margen de cualquier relación con la religión cristiana, porque se supone que ésta tiene una visión determinada y dogmática sobre su figura, y por ende todo cristiano la tendrá igualmente. Parecería una contradicción pedir objetividad, y al mismo tiempo observar el tema desde una postura dogmática. Yo creo que no es en absoluto contradictorio. ¿Cómo abordar la figura de Jesús sin tener en cuenta su aspecto religioso? De hecho si Jesús no hubiera pensado lo que pensó ni hubiera dicho lo que dijo, dudo que dos milenios después un servidor estuviera perdiendo el tiempo consternándose sobre su figura.
     Se tienen muchas reticencias con los evangelios canónicos porque su redacción implicó sin duda una visión subjetiva y por efecto teológica de la vida de Jesús. Mateo, Marcos, Lucas y Juan afirmaban con toda rotundidad que Jesús era el Hijo de Dios elegido y enviado para realizar la redención universal. Lo que ocurre es que esta hipótesis, la secundemos o no (dato que creo bastante baladí), es la que defendía el propio Jesús. Entre sus múltiples aforismos destacan sus sentencias sobre su origen divino, sobre su Padre todopoderoso. Es, dadas las circunstancias, necesario abordar el proceso del Jesús histórico desde esta base, que Jesús era el Hijo del Padre. Porque sin ello no se entiende nada. El comportamiento de Jesús no es nada sin este fundamento. Dicho esto, el ateo, el creyente, el agnóstico o el indeciso en estas lides divinas, todos han de hacer un esfuerzo intelectual e imaginar a un Jesús divino y redentor.
     Y ahora que hemos hecho referencia a ello, no nos escondamos. Afrontemos el tema, morboso y apasionante, de la estrecha (o ancha) diferencia entre un ateo y un creyente. Lo primero que hemos de decir es que vamos a hacerlo des del punto de vista del cristianismo, para no complicar más aún la cuestión. Digamos que hay dos rasgos sobre la persona de Jesús que creo marcan esa diferencia; el que fuera de naturaleza divina y el que resucitara. Porque todo lo demás puede derivarse de estas dos afirmaciones. En consecuencia, el ateo, en sentido estricto de la palabra y en relación a Jesús, es el que no cree en ello. Haciendo un pequeño paréntesis, considero que aquí nos encontramos con el gran error del cristianismo, a saber: pretender elevar a dogma estos hechos que no superan el mero mito o la leyenda. El cristianismo tendría más fuerza de persuasión si presentara estos hechos como metáforas de un poder divino, pero no como hechos indudables. De hecho la religión griega asumía en cierta manera el marcado carácter mitológico de sus divinidades y sus relatos mágicos La divinidad es un sentimiento fervorosamente subjetivo del ser humano en tanto ser individual. La pretensión de hacer de la divinidad carne, de llevar a Dios al mundo, es tan osada como irreverente. Osada por ilógica. Irreverente por menospreciar al ser humano. Porque el ser humano ya tiene a su Dios dentro de él mismo. Dejemos que lo busque y lo alimente. Pero el cristianismo nos quiere vender un Dios ya hecho, acabado, con su ideología moral de abnegación y humillación hacia uno mismo.
     A pesar de todo esto, la figura de Jesús me parece de las más interesantes y enigmáticas del mundo antiguo. En el caso de que fueran ciertas todas las historias que se cuentan de él (los milagros, las curaciones mágicas, los exorcismos, su magna resurrección, su posible naturaleza divina o sus poderes sobrehumanos) nuestra admiración por el tema estaría justificada. Pero es que no es menos enigmática, en el caso de que su leyenda no fuera cierta, la causa de tanta profecía en nombre de Dios, de tantos oráculos que aseguraban la llegada de un Mesías, de tanto fervor que (según las Escrituras, destapó Jesús por Palestina). Incluso el rey Herodes Antipas quiso ir a conocer al que describían como el Elegido, el Ungido (Cristo) por Dios. A mí, personalmente, me inquieta hasta términos indecibles el porqué de todo este “mundo mágico” que se creó en torno a su figura. No estamos hablando de un profeta alocado que lanza una revelación y queda en el olvido. La tradición cristiana nos muestra gran cantidad de profetas que hablaron claro sobre sus supuestas revelaciones divinas. Por ejemplo, la famosa profecía que dice:
 He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo,
y le pondrán por nombre Emmanuel…
Y tú, Belén, tierra de Judá,
no eres, no, la menor entre los principales clanes de Judá;
porque de ti saldrá un caudillo
que apacentará a mi pueblo Israel.
Aquí el profeta anuncia tres cosas: que tendrá lugar una concepción inmaculada, que el lugar será Belén de Judea, y que el recién nacido será “alguien especial”. Luego, según nos narran los cuatro evangelios (con evidente y reseñable parcialidad, ya que los evangelistas tenía el único objeto de glorificar la figura de Jesús en tanto divina y enviada por Dios, por tanto no tenían una visión imparcial), Jesús nació por obra del Espíritu Santo en María, supuestamente en la aldea de Belén, y llegó a ser un líder espiritual para lo que en aquellos tiempos era una secta cristiana dentro del judaísmo. Aquí tenemos que lo dicho por un profeta, es secundado siglos después por unos evangelistas. Insisto, si todo lo sobrenatural que se nos cuenta no ocurrió y es una gran mentira, ¿qué motivación llevaría a esos evangelistas (y a muchos otros) a preocuparse por redactar unos escritos, indagando en numerosas fuentes y luchando por su pronta difusión? ¿Qué tendría el mensaje cristiano, que hizo, siglo tras siglo, a una proliferación incontable de creyentes amparar y difundir unas ideas racionalmente discutibles?
     Toda esta historia comienza en el Génesis, que según la tradición es un libro de inspiración divina. Después de milenios, el mensaje no se ha perdido. De hecho el mensaje ha creado la religión más seguida de la historia. Desde la Tierra Prometida a Abraham, en un relato donde se mezcla leyenda e historicidad, hasta hoy. Porque al final no se trata de ser o no creyente. Considero que el encanto de todo esto es meditar la causa de por qué el alma humana es capaz de seguir con tanto entusiasmo una doctrina revelada, y difundirla siglo tras siglo hasta hacerla universal.


[1] Aún así, no es ilícito adoptar la postura radicalmente escéptica de que todo lo ocurrido antes de un “ahora”, que por tanto uno no ha visto, puede no haber ocurrido, por tanto no existe nada sino un presente. Ésta es una postura divertida sobre el concepto de “historia”, pero ahora, poniéndonos un poco prácticos (que no serios), hemos de aceptar como real todos los acontecimientos históricos de que tengamos alguna prueba fehaciente.

miércoles, 17 de abril de 2013


LA GENERACIÓN DEL 98
En los albores del siglo XX muchos autores, movidos por una miscelánea imponderable de pretextos ideológicos y literarios, emprenden una escritura innovadora que trastoca el modelo de novela que se había desarrollado hasta entonces. Es la escritura de Baroja, Benavente, Valle-Inclán y otros muchos (no menos importantes por el hecho de no ser nombrados) prevalece una concepción literaria vital, filosófica y tremendamente subjetiva.
Un paradigma elemental lo conforman los libros de don Pío. En El árbol de la ciencia nos topamos de golpe, sin esperarlo, con un protagonista (Hurtado) atormentado y que busca desesperadamente una satisfacción vital, algo que le mueva a ser, a seguir viviendo. Al final el desgraciado decide suicidarse en medio de un huracán de sueños estéticos y barullos filosóficos. Es este un ejemplo perfecto, aunque esa búsqueda de la pasión mística por parte de Fernando Osorio en Camino de perfección no lo es menos. Estos libros que tratamos no responden a los cánones de la “novela clásica”, si es que esta denominación es legítima. En los textos de la Generación del 98 no seguimos una trama lineal, con personajes estereotipados cuyas vidas se entrelazan y conforman un argumento más o menos aceptable. Los dulces soñadores del 98 hacen un retrato de sí. Con el pretexto de una novela y de un personaje literario supuestamente ficticio trazan su rostro, lo exponen implícitamente para que el lector entienda qué es el hastío de la vida, el insoportable tedio de la existencia. Es una forma deliberada de dejar vía libre a la subjetividad del autor. Es más, los libros son la subjetividad del autor. No son un entorno aparte, son el autor. Con lo cual, la literatura acoge una revolución, creo, sin precedentes. Amparados en las ideas individualistas y terráqueas (el sentido de la tierra, del Superhombre en la tierra) de Nietzsche, cuya muerte adviene en pleno apogeo del estallido del 98.  La expresión artística cobra una dimensión tan personal que ya no se trata de denunciar una realidad injusta, de contar una historia separada de nuestra vida... el arte literario deja atrás el cumplimiento de un procedimiento objetivo de creación, se rebela contra esos principios ilustrados de objetividad. En pos de ello adviene el ser humano en su sentido trágico, en su decurso vital. El fervor religioso o la pasión amorosa importan más, por ser más inmediatos, que la injusticia social o la corrupción política.
Con esto último no se me debe malinterpretar. De hecho, una de los motivos más íntimos de los escritores a que nos referimos es esa pena por una España en decadencia. Una decadencia que encuentra su cenit en el desastre colonial del 98. La regeneración y la revisión política se convierten en necesidad acuciante. Lo que intento decir es, aludiendo ahora a esa irónica y un poco perversa frase de Hume (“No es extraño que me preocupe más mi dolor de muelas que la destrucción de la humanidad”), que la dimensión moral e individual del hombre, por su circunstancia (nada desdeñable) de hacer que el hombre “sea”, adopta la importancia que merece.
Los personajes que vagan errabundos por estas “novelas” (debe cogerse siempre este término con pinzas, incluso Unamuno decidió cambiar el nombre clásico y crear el suyo propio; las célebres Nivolas) resultan atractivos por muchas razones. Su vida casi ascética, su devoción contemplativa, cuando no religiosa, su afecto por el arte, por la filosofía, por la visión de la naturaleza, incluso por la ciencia. Son cosas que suenan anticuadas en la época en que nos movemos. Los constantes viajes, absurdos y sin objeto (considerando “objeto” como la consecución de un fin deliberado previamente, ya que la realización vital no es algo baladí, ni mucho menos), de Fernando Osorio o de Azorín (en esa patente autobiografía del prodigado en estos menesteres Antonio-Ruiz “Azorín”), nos transmiten con fascinante claridad los olores de un ambiente, el color de un ocaso o la textura del rocío matutino. Tienen la brillante capacidad de que nos identifiquemos con esa aciaga realidad que sufren los protagonistas.
Y entre todo este tumulto de desorientación vital, hastío, pasión amorosa reprimida... la filosofía subyace latente como la lava en la inminencia de una erupción. Una filosofía de fuerte carácter (en el fondo la filosofía no es más que una forma de afrontar la vida, y por ello el carácter que adopte ésta será el carácter de aquella), de corte pesimista, individualista y explícitamente shopenhaueriano. El título del libro de Azorín, La voluntad, no es sino un pequeño homenaje a ese inmortal filósofo alemán que dejo claro cuál era la condición primera del hombre, además de la causa primera de todas sus acciones; una voluntad (si es que este fenómeno admite nombre alguno) ciega y brutalmente animal, que nos incita a movernos con el único fin de nuestra supervivencia. Esto produce ese hombre nihilista, porque ciertamente no se encuentra valores, a no ser convencionales y absurdos, donde sólo existe el puro egoísmo (amparado en esas ansias de sobrevivir) y representación individual de una realidad. El mundo, además de nuestra voluntad, es la representación que de él tenemos. Representación tamizada por ese “velo de Maya”. El profundo “qué” del mundo nos está prohibido, más que prohibido, velado. Así que no cabe cualquier pretensión de universalidad, por no decir que los conatos cientificistas constituyen una auténtica insensatez. La ciencia, como diría Ortega, es una disciplina, una actividad que hacemos los hombres mientras vivimos. Es decir, precede un primario y vulgar “vivir” a toda acción del hombre, incluso a la noble tarea del filosofar. Es absurdo intentar explicar radicalmente el mundo a través de la ciencia. Lo que no le resta a ésta ni una pizca de su honorable condición. Pero dicha condición ha de ser necesariamente utilitaria y de análisis sosegado del mundo natural, lo que nos puede ser de mucha ayuda para saber más sobre esa nuestra “representación”, pero en ningún caso para llegar ni siquiera a ese “nóumeno” kantiano.
Con todo esto, tenemos en el 98 a unos protagonistas marcados inexorablemente por estas premisas filosóficas. El hecho de vivir se convierte en una satisfacción de necesidades primarias que fluctúan entre lo corporal y lo mental. Porque esa “voluntad” existente en todo ser vivo trasluce a golpes intempestivos. Se muestra sin prejuicios morales y se nos ofrece como un capricho divino. ¿Qué ha de hacer el pobre Osorio cuando, contemplando con atención un cuadro del Greco, siente esa pasión mística que le brota por la sangre? ¿No es ese un delirio de la voluntad? ¿No es eso algo que nace desde su más íntimo ser y que ha de ser necesariamente satisfecho? Porque la ética no es más que el deber con uno mismo. El deber puede ser una palabra horrorosa cuando se la pronuncia en sentido universal o social. Pero en este caso hablo de honestidad, de ser fiel a uno mismo. Y uno mismo es el conjunto de sus ideales. ¿Qué hay más lastimero que un ser humano hipócrita, sin autonomía moral y que tiene su actitud prefijada por una serie de repelentes preceptos morales? En este sentido los protagonistas del 98 son la excelencia. Esto ha sonado un poco ambiguo, porque con “protagonistas” puedo referirme a los escritores o a sus personajes. A estas alturas del texto mi querido lector ya habrá entendido que son lo mismo (ahora me viene a la cabeza, irremisiblemente esa audaz peripecia de Borges, por la cual el lector y el escritor se confunden. Todo lo escrito pudiera ser un desvarío o una noble ocurrencia de algún hado oscuro, escondido a los tiempos, y que se muestra en pequeñas dosis a través de las almas. Por ello, hablemos de ese lector/escritor). Esos perspicaces escritores/lectores/personajes no hacían otra cosa que escribirse al tiempo que escribían obras para el gran público. Ellos se escribían, dibujaban su rostro con tenues trazos negros. Eran honestos con su ser y esperaban con indiferencia ese motor que, al igual que llamamos vida, llamamos muerte.